22 septiembre, 2026

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Más allá de mi metro cuadrado

Una llamada urgente a romper el individualismo y apostar por los pequeños gestos que transforman el mundo

Más allá de mi metro cuadrado

¿Hasta dónde llega nuestra capacidad de mirar hacia otro lado? Vivimos atrapados en la paradoja de la hiperconectividad: la tecnología derriba distancias geográficas en segundos, pero nuestras relaciones humanas se vuelven virtuales, frágiles y distantes. Nos estamos acostumbrando peligrosamente a delegar en fríos algoritmos decisiones que corresponden exclusivamente a la conciencia humana.

En esta cómoda ciénaga del aislamiento, el Papa León XIV, durante la Audiencia General celebrada este miércoles 16 de septiembre de 2026 en la Plaza de San Pedro, ha lanzado una sacudida frontal a nuestras conciencias. Tomando como brújula el capítulo segundo de la Constitución pastoral Gaudium et spes, el Pontífice nos arranca de nuestro metro cuadrado —esa burbuja asfixiante donde solo cuentan nuestros intereses y nuestro bienestar particular— para sacarnos a la intemperie de la verdadera fraternidad.

Porque nos guste o no admitirlo, las crisis sociales de gran calado rara vez se afrontan con valentía; con demasiada frecuencia, los poderes y los corrillos mediáticos agitan viejos fantasmas para desviar la atención, resucitando debates trampa como el de la eutanasia —que hoy vuelve a golpear con fuerza en España— o preparando cumbres y cónclaves ideológicos, como el previsto para el próximo mes de octubre en Barcelona en torno al aborto. Se busca el atajo, la solución cosmética y rápida para tapar los agujeros de un sistema incapaz de acompañar el dolor.

Pero la realidad, cuando se mira sin filtros ideológicos, interpela con una dureza insoportable. Contemplo con estupor cómo se pretende vender la eutanasia como un acto de progreso. Por mi propia experiencia, sé bien que nadie quiere de verdad quitarse o que le quiten la vida; semejante deseo no es libertad, sino un grito de desesperación tan brutal que ciega por completo la interiorización personal de la dignidad inalienable que uno posee como ser humano. Por eso, ante un intento de suicidio, la sociedad entera, la familia y las instituciones claman, se movilizan y hacen todo lo posible para que no ocurra y para proteger la vida.

¿Por qué esa misma sociedad enmudece y legisla el abandono cuando el grito proviene de la enfermedad, el dolor, la soledad o la vejez?

Frente al abismo de estas situaciones límite, urge abrazar con convicción una teología y una cultura del cuidado que se adelanten al sufrimiento. Cuidar no es aplicar soluciones terminales, sino tejer redes de acompañamiento médico, humano y espiritual que eviten que cualquier persona se sienta tan sola, desamparada o descartada como para desear desaparecer.

Y ocurre exactamente lo mismo cuando nos adentramos en el abismo del aborto, presentado interesadamente como un derecho y convertido, en realidad, en el mayor fracaso de nuestra civilización al ir directamente contra el más débil: aquel que ya es, pero aún no ha nacido.

Podríamos pasarnos horas pedaleando en círculos estériles sobre debates puramente ideológicos acerca de cuándo comienza la vida. Pero la ciencia es testaruda y desmantela cualquier coartada: ahí están los admirables esfuerzos neonatales para salvar a los prematuros extremos, las complejas cirugías intrauterinas que aseguran la supervivencia del bebé, o el desgarrador proceso de duelo que atraviesan los matrimonios tras un aborto espontáneo. Tampoco podemos silenciar la honda cicatriz psíquica y la precariedad emocional con la que tantas mujeres cargan de por vida tras pasar por un aborto.

Si sumamos la magnitud global de esta masacre silenciosa, las cifras marean: estamos ante un genocidio de proporciones infinitamente más grandes que las cometidas por Hitler y Stalin juntos en el siglo XX. Pretender resolver el sufrimiento humano borrando al sujeto no es compasión; es pisotear la dignidad para acallar nuestra propia mala conciencia.

Ante panoramas tan desoladores, es fácil caer en el desánimo y pensar que nuestras fuerzas son insuficientes. Sinceramente, dudo que nosotros solos podamos hacer algo más que poner pequeños parches frente a gigantescos dramas globales. Sin embargo, para quienes un día estudiamos física, resulta inevitable pensar en el famoso efecto mariposa: el aleteo de una simple mariposa en un rincón del planeta puede desencadenar un huracán al otro lado del mundo. Cada pequeño gesto, cada parche colocado con amor y convicción, importa de manera inconmensurable.

Si somos capaces de mantener en nuestra cabeza y en nuestro corazón al mundo entero para lograr el bien común, estaremos poniendo en marcha una cadena de consecuencias imprevisibles y brillantes que transformen realidades mucho más allá de nuestras fronteras.

Nuestra mirada no puede detenerse en los límites estrechos de nuestro país; exige una amplitud universal, porque el dolor humano en cualquier rincón del planeta nos atañe a todos.

Frente a esta cultura del descarte y del repliegue cobarde, el Concilio Vaticano II —y el Papa León XIV con la fuerza de su magisterio— nos recuerda que el bien común no es una entelequia ni la mera suma aritmética de egoísmos particulares. Es el conjunto de condiciones sociales que permite a cada persona alcanzar su plenitud. Nos exige levantar la mirada, dejar de contemplarnos el ombligo y asumir que las necesidades de los demás nos incumben de manera radical. No hay salvación individual ni bienestar verdadero en una sociedad fragmentada donde cada cual camina por libre.

El futuro de la humanidad no se decide en los despachos de los algoritmos ni en leyes que huyen del compromiso con el vulnerable, sino en la valentía cotidiana de cada uno de nosotros para colaborar con Dios y con los hermanos en la construcción de un mundo auténticamente humano. Es hora de demoler los muros de nuestro metro cuadrado. La dignidad de la persona, la teología del cuidado y la defensa incondicional de la vida —desde los confines locales hasta las dimensiones globales del efecto mariposa— no admiten excepciones, recortes, ni medias tintas.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.