08 octubre, 2026

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El santo arte de llegar tarde: por qué el amor y el alma necesitan lentitud

Vivimos atados al reloj de la hiperproductividad, incapaces de mirar a los ojos sin culpa. Recuperar el valor de detenerse es la única vía para rescatar la atención, el cuidado y la verdadera vida interior

El santo arte de llegar tarde: por qué el amor y el alma necesitan lentitud

Vivimos bajo el yugo invisible pero implacable de un capataz moderno: el cronómetro. En la sociedad de la hiperconectividad, el tiempo ya no se contempla como el don gratuito de la Creación para ser cultivado y santificado, sino como un recurso escaso que hay que exprimir hasta la última gota. Cada minuto no optimizado se vive como una pérdida; cada pausa, como un acto de pereza; cada respiro, como una culpa silenciosa. Hemos convertido la velocidad en una virtud moral y la eficiencia en el nuevo becerro de oro. Sin embargo, este vértigo constante esconde una trampa mortal para el espíritu: la dictadura de la prisa.

Frente a esta apisonadora utilitarista, la auténtica tradición espiritual y el humanismo cristiano nos recuerdan una verdad tan luminosa como olvidada: el amor no sabe de urgencias. Como bien señaló el Papa Francisco en su encíclica Laudato si’, «el tiempo es superior al espacio», y pretender controlarlo y acelerarlo todo destruye las condiciones básicas de la vida humana. El amor real —ese que refleja el modo en que Dios nos mira— requiere gratuidad, pausas y, sobre todo, tiempo lento. No hay encuentro verdadero si la mente está en la siguiente tarea; no hay escucha fecunda si los ojos continúan desviándose hacia la pantalla del móvil; no hay acogida al prójimo cuando el corazón marcha a revoluciones imposibles.

La prisa, en su esencia más íntima, es la gran enemiga de la atención y del amor. Cuando todo urge, el otro deja de ser una persona sagrada a la que contemplar y se convierte en un obstáculo para nuestro rendimiento. San Bernardo de Claraval advertía ya a sus contemporáneos contra la «ocupación desordenada» que disipa el alma y seca el afecto. La prisa nos vuelve ciegos a lo cotidiano, sordos al dolor silencioso de los nuestros e incapaces de percibir la presencia de lo eterno en lo pequeño.

Por eso, redescubrir el valor de llegar tarde a algunas cosas —entendido no como irresponsabilidad, sino como una sabia y deliberada resistencia a la tiranía del reloj— es un acto de salud espiritual. Significa elegir la mejor parte, como María de Betania aos pies del Maestro, frente al activismo estéril de Marta. Supone atreverse a desobedecer las sirenas del rendimiento infinito para consagrar tiempo al asombro, al silencio y a la mirada franca.

Aceptar que no podemos ni debemos llegar a todo es, en realidad, el primer paso para empezar a llegar a lo que verdaderamente importa. Porque el alma humana no se alimenta de la velocidad con la que cruzamos la meta, sino de la hondura con la que sabemos detenernos en el camino.

Miguel Morales Gabriel

Soy un jubilado empresario católico, esposo devoto, padre esforzado, abuelo cariñoso y amigo leal; fundador de su empresa familiar donde lideró con integridad durante décadas generando empleo y desarrollo local, siempre guiado por su fe, la solidaridad comunitaria y el amor incondicional a su esposa, hijos y nietos, viviendo con el lema de servir con humildad.