Sembrar Alegría
Descubre el camino hacia una vida plena, optimista y con sentido a través del amor, la resiliencia y el legado de C.S. Lewis
Cada uno somos únicos, singulares, con unas cualidades especiales. Y nuestra vida es, o debe ser, una lucha por llegar a ser aquello que estamos «llamados a ser». Una lucha ilusionada por lo mejor, que rezuma alegría. Si uno no lucha, y se deja vencer por la “horizontal”, ya ha perdido…
La ilusión es primordial para no envejecer el alma. Necesitamos sueños y metas concretas a las que aspirar, y «estrellas» que nos iluminen y orienten en el camino. Y esa lucha por dar lo mejor de cada uno nos torna la vida entusiasmante, por no dar las cosas por supuestas, ni por perdidas.
Cuando uno se esfuerza por ideales nobles valora más las cosas, y como consecuencia está contento y agradecido. Las buenas acciones dan contenido que enriquece la vida, y nos hacen sentir dichosos. Los que piensan en los demás tienen algo que atrae y arrastra, y apetece imitarles en eso.
La alegría está muy relacionada con el optimismo y el buen humor, y muchas veces tiene sus raíces en forma de sacrificio gustoso por quienes amamos. No se trata tanto de tener sentimientos en ese sentido, sino un hábito, una actitud ante la vida. Uno se puede entrenar en pequeñas cosas, como sonreír, ver lo bueno de una situación, ser amable, descubrir talentos, pensar detalles para alegrar a otros… De ese modo, cada persona «se hace» optimista y alegre, pensando en los que le rodean.
Y tantas veces esa dicha es consecuencia de una vida plena, con sentido, por intentar adquirir virtudes que ayudan a ser mejores personas. Por ejemplo, atentos, afables, empáticos, serviciales, generosos, trabajadores, leales…, y otras que dejo a tu imaginación.

Porque, las verdaderas virtudes no son tristes, ni pesadas, ni algo antiguo o arduo, sino amablemente alegres… Son «fuerza», que eso significan, en nuestro caminar. Y la alegría debe ser parte integrante del camino. Anima, hace ver la vida en positivo, da energía, y aporta una personalidad radiante, atrayente, capaz de querer.
Cada persona necesita ese cariño para ser ella misma, y poder mejorar. Lo propio de ella es amar: para eso ha sido creada. Y en ello encuentra la felicidad, señalan grandes humanistas. Con palabras de Tomás Melendo, la felicidad es directamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras. El pensar en los seres queridos siempre es motivador, alegra y da sentido a cuanto hacemos y vivimos.
Algo que siempre ayuda es tener una visión trascendente de la vida: da perspectiva, incluso en medio de las dificultades, aportando más relieve y colorido. La persona se trasciende a sí misma, y ahí encuentra sentido y propósito. Porque, la alegría es algo hondo que llega a las profundidades del ser, a la esencia de la persona, aunque en la superficie haya contrariedades, sufrimiento, y a veces tempestades…
Un gran sabio decía: cada hogar, cada familia, debe ser un remanso de paz en el que, por encima de esas contrariedades, se perciba un cariño hondo que da ánimo y seguridad a cualquier edad. Y es fruto de esa visión con más perspectiva y relieve, que aporta un sentido singular a la vida, entrelazada con los demás.
Saber ver lo bueno, tanto de las personas como de las circunstancias esponja el alma, facilita las relaciones personales y anima. Y nos hace buenos amigos, leales, comprensivos, optimistas. Mucho más importante en el trato en pareja, origen de todas las demás relaciones.

Necesitamos una actitud optimista, de comenzar y recomenzar para apuntar alto, convertir imposibles en posibles, y dar lo mejor de uno. Y aprovechar para hacer buen ambiente: que todos se sientan queridos, en círculos concéntricos, desde los más cercanos.
Me viene a la imaginación un autor, C.S. Lewis, y su libro biográfico: «Cautivado por la alegría», que te recomiendo. Cuenta su vida desde niño, con su hermano Warnie, su búsqueda de belleza, y cómo, ya un poco mayor, gracias a sus amigos, encuentra esa alegría indescriptible que sana su corazón. Y queda sorprendido y «deslumbrado» por ella…, como le ocurriera a G.K. Chesterton. Su vida es una búsqueda incesante de ese anhelo: la alegría.
En su infancia tuvo mucho dolor. Cáncer y más cáncer…
Habla de la serenidad que le transmitía la familia de su madre, pues eran de carácter más constante, con paz y alegría honda. Sin embargo, la familia de su padre, eran muy distintos: con altibajos emocionales, desde la ira y el enfado hasta la ternura… Muy emotivos y fluctuantes, poco dados a ser felices…
Su madre falleció cuando él tenía 9-10 años, y toda esa serenidad se fue a pique. Además, llegó a tener un poco de recelo respecto a las emociones, con esos vaivenes menos controlables. Y su corazón quedó lesionado con tanto dolor. Añoraba el cariño alegre y sereno de su madre. Con ella, desapareció de su vida la felicidad estable, la serena alegría, y la seguridad. Luego tendría «ráfagas» de alegría, como él las llamaba, pero no esa antigua serenidad que le sustentaba y alegraba la vida.
Y se preguntaba: ¿cómo lograr esa alegría, sentir esas ráfagas de nuevo? Y buscaba rehacer esas circunstancias… Pero no daba resultado. Pensó que sería mejor buscar la causa de ello. Creyó que la alegría sería consecuencia de algo distinto, y es lo que tenía que buscar. Sentía en su interior un anhelo insaciable que no le abandonaba. Quizá por ahí la encontrara…

Él reflexiona: «los libros o la música, en los que pensamos que se halla la belleza, nos traicionarán si depositamos nuestra confianza en ellos: la belleza no estaba en ellos, únicamente nos llegaba a través de ellos, y lo que nos llegaba era la nostalgia«. Pensaba: “Sólo son el aroma de una flor que no hemos encontrado, el eco de una melodía que no hemos escuchado»…
Más tarde, en 1926, en Oxford conoce a J.R.R. Tolkien, y serán buenos amigos. Se animarán mutuamente en sus creaciones literarias. En unos años, Lewis, ateo profundo desde su juventud, dice que comienza a derretirse cual muñeco de nieve bajo el sol, “cae de rodillas”, y reza a Dios. Y al tiempo se convierte al cristianismo, en parte por una conversación con amigos sobre los mitos.
A raíz de esos pensamientos escribe “Mero cristianismo”, y luego sus “Crónicas de Narnia”, a la vez que Tolkien va desarrollando su legendario lleno de belleza e historias conmovedoras. Ambos se van relatando y “criticando” sus historias creativas tan espectaculares en el grupo literario de amigos de “Los Inklings”. Y se rescatan de tanto sufrimiento, entorno a una chimenea…
“Se trataba de juntarse al calor de un buen fuego e intercambiar perspectivas sobre los más variados temas en tertulias que se prolongaban hasta bien entrada la noche, y muy divertidas, llenas de ideas chispeantes e ingeniosas”, apunta E. Segura en “el mago de las palabras”.
Por esos años le llegan correspondencias de una escritora y poetisa americana, Helen Joy Gresham, muy sensible y aguda, que sabía muy bien sus escritos. Viaja desde Nueva York con su hijo para conocer personalmente a Lewis. Se hacen amigos, y se enamoran. Ella le cuestiona todo, le enseña a repensar las cosas, le abre perspectivas. Y le ayuda a querer: a poner el corazón en las personas aunque pudiera sufrir; a tener en cuenta la experiencia personal y los sentimientos. Es decir, a dejarse querer, a pesar de hacerse vulnerable. Al tiempo se casan: corría el año 1956…
Pero pronto llega de nuevo el dolor. Te lo cuento en mi blog en: «Tierras de penumbra”. Sin embargo, a pesar del sufrimiento, en medio de él, hasta el último momento disfrutaron de estar juntos, estrechamente unidos, y quererse… Cuando muere, más dolor, más impotencia, y reflexiona para ver cómo compaginar ese dolor con su cristianismo. El dolor nunca se comprende, pero a veces regala lecciones que sólo se aprenden por la experiencia.
Las dificultades de la vida, que nos «acrisolan», también son ingredientes de la felicidad. El dolor señala al amor: la otra cara de la «moneda». Duele porque se ama, pero siempre compensa y sana. Y no destruye esa alegría honda, con raíces profundas.
Y el buen humor, complemento de la alegría, para no tomarse demasiado en serio a uno mismo, quitar hierro a asuntos peliagudos, amortiguar golpes, o consolar con una broma. Un poco de humildad nos ayuda a ser sencillos, a querer, y a disfrutar de la vida.
Decía el gran Viktor Frankl: «En el momento en el que el paciente se ríe, aunque tan sólo sea internamente, habrá ganado el juego. Porque esa risa, como todo sentido del humor, crea distanciamiento, hace que se distancie de su neurosis».
Nunca nada está perdido… Siempre se puede volver a tener paz y alegría en el corazón. ¡Nunca te rindas! Siempre hay esperanza.

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