20 junio, 2026

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La «Santa Oreja» y el arte de la réplica: Sanar relaciones en la era de la sordera

El efecto "Emaús". Del monólogo compartido a la revolución de la ternura: tres claves de la tradición eclesial para comunicar con el corazón, hablar con gracia y aconsejar sin juzgar

La «Santa Oreja» y el arte de la réplica: Sanar relaciones en la era de la sordera

Existe una vieja y sabia máxima en la tradición espiritual que nos recuerda que Dios, en su diseño, nos dotó con dos oídos y una sola boca por una razón puramente matemática: para que escuchemos el doble de lo que hablamos. Sin embargo, en la era de las pantallas y los impactos digitales, el mundo padece una suerte de sordera selectiva. Todos buscamos el altavoz, pero casi nadie quiere ser el receptor.

Como señalaba el Papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, «estamos perdiendo la capacidad de escuchar a quien tenemos delante». Escuchar no es simplemente un acto biológico o un ejercicio de cortesía; es una disposición del alma, un acto de hospitalidad espiritual y el primer paso indispensable para que cualquier diálogo humano se convierta en un espacio de encuentro y sanación.

Escuchar: El arte de hacer espacio al otro

San Agustín, con su habitual lucidez, explicaba que la palabra que pronunciamos nace primero en el interior del corazón. Pero para que esa palabra sea fecunda y constructiva, es necesario cultivar previamente el silencio.

Escuchar con atención no consiste en esperar pasivamente a que el interlocutor termine de hablar para soltar nuestro propio discurso —lo que en psicología se denomina «monólogo compartido»—. Escuchar, en clave cristiana, es un ejercicio de ascesis y generosidad donde silenciamos el ego para recibir la realidad del prójimo.

Cuando se escucha de verdad, no solo se perciben conceptos, sino también los anhelos, heridas y esperanzas que subyacen en el relato. Es el modelo que Jesús nos dejó en el camino de Emaús: Él, que poseía todas las respuestas, dedicó el trayecto a preguntar a los discípulos desanimados y a acoger sus inquietudes antes de iluminar su realidad.

Hablar: El filtro de la caridad y la verdad

Una vez que el oído ha realizado su labor, corresponde el turno a la palabra. El apóstol Santiago, en su epístola, advierte con realismo sobre los peligros de la lengua, describiéndola como un miembro pequeño pero capaz de encender grandes fuegos si no se gobierna con sabiduría.

Para que el habla sea verdaderamente constructiva, la Iglesia propone el filtro de la caridad analítica. Santo Tomás de Aquino recordaba que la verdad sin amor puede volverse cruel, mientras que el amor desprovisto de verdad corre el riesgo de caer en la sensiblería.

Hablar con profundidad y un sano sentido de la alegría humaniza los vínculos. Las palabras deben actuar como la sal: dar sabor y preservar, no escocer en las heridas abiertas; deben iluminar el camino, no deslumbrar ni cegar al interlocutor. Un lenguaje positivo no nace de un optimismo ingenuo, sino de la capacidad de nombrar las dificultades abriendo siempre una ventana a la esperanza.

Aconsejar: Acompañar la libertad sin suplantarla

El tercer peldaño de esta tríada es el consejo, considerado por el Catecismo de la Iglesia Católica como una de las obras de misericordia espirituales y, a su vez, un don del Espíritu Santo.

La pedagogía cristiana enseña una gran paradoja: el mejor consejero no es aquel que impone respuestas prefabricadas, sino quien ayuda al otro a formularse las preguntas correctas. San Ignacio de Loyola, maestro del discernimiento, sugería que quien acompaña a un alma no debe empujarla ni condicionarla, sino respetar el espacio para que el Creador actúe directamente con su criatura.

Ofrecer una orientación constructiva exige tres actitudes fundamentales:

  • Humildad: Reconocer que no poseemos el control absoluto sobre la vida ajena.
  • Respeto sagrado: Descalzarse ante la conciencia del hermano, sabiendo que se pisa terreno sagrado.
  • Realismo esperanzador: Proponer metas viables y pasos cortos, huyendo de moralismos asfixiantes y señalando siempre la grandeza a la que el ser humano está llamado.

Una brújula para la vida cotidiana Ante la próxima conversación de su jornada, intente aplicar esta regla de oro: mitigue las distracciones, mire a los ojos, ensanche la capacidad de acogida y recuerde que la persona que tiene enfrente es un misterio que se revela, no un problema que resolver. Quien aprende a escuchar con el corazón, adquiere la sabiduría para hablar con gracia y la prudencia para aconsejar con acierto.

Ramón Ortiz de Gayena

Exaudi Redacción

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