30 julio, 2026

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Oraciones sin armadura

León XIV clama en Montserrat contra la violencia que divide, mientras la cadencia lírica del rosario desarma los prejuicios

Oraciones sin armadura

Subir a Montserrat siempre tiene algo de iniciación. La montaña recorta el cielo con sus dedos de piedra, la música de la Escolanía flota en las naves del monasterio milenario y, allí arriba, la Moreneta espera con su eterna sonrisa de madera oscura. Durante la reciente e histórica visita del Papa a Barcelona, la santa montaña no fue solo un destino litúrgico; se convirtió en el epicentro de una vibrante geografía espiritual donde las fronteras de los idiomas se diluyeron en el aire frío de la abadía.

El Papa León XIV llegó a clausurar el milenario del monasterio dispuesto a dejarse empapar por esa «antena permanente de la buena nueva» que es el pueblo catalán, como bien recordó el abad Manel Gasch. Y el encuentro tuvo la fuerza de lo auténtico. Lejos de limitarse al protocolo, el Pontífice fue intercalando con absoluta naturalidad el catalán y el castellano, tejiendo un puente bilingüe para abrazar a los niños, a los monjes y a una marea de peregrinos que abarrotaba el templo y las plazas exteriores. Había un gozo limpio en sus palabras al recordar que la Virgen de Montserrat no le es ajena: la traía cosida al alma desde sus lejanos años como párroco en Trujillo, Perú.

En medio de esa atmósfera cargada de historia, el Santo Padre recordó que los muros de ese recinto no son piedras mudas. Esas paredes custodian innumerables historias de devoción, gratitud y esperanza, de la misma forma que han sido testigos de la sangre derramada por amor a Jesucristo. En ellos, como en un cofre eterno, han quedado guardados los gozos y las lágrimas de tantos fieles, arropados por las voces celestiales del canto de la Escolanía más antigua de Europa.

Esa herencia viva nos conecta directamente con el verdadero milagro de la jornada, que no ocurrió en los grandes titulares, sino en la música de las palabras.

Cuando comenzó el rezo del Santo Rosario, las cuentas empezaron a desgranarse en catalán. Y ahí se obró una de esas pequeñas y maravillosas epifanías que justifican el viaje. Un testigo, madrileño de pura cepa, no pudo evitar contagiarse de la magia del momento. Tras haber aprendido las oraciones en Barcelona durante unas largas estancias médicas en los años ochenta, confesaba emocionado cómo el Pare Nostre y el Ave Maria poseen en esta lengua una cadencia única. «A mis amigos les digo que me gusta rezar, aunque sea un madrileño 100%, en catalán, porque me parece que las oraciones tienen una cadencia mucho más poética». Y tiene toda la razón. Hay una musicalidad íntima y lírica en el catalán que convierte el rezo en un bálsamo, en un poema susurrado al oído de la Madre. Ver a un Papa —que integró ambas lenguas— y a un madrileño rindiéndose al unísono ante la belleza de esa cadencia es la prueba definitiva de que la fe une lo que la política a veces se empeña en distanciar.

León XIV recogió ese testigo poético en su discurso e invitó a afinar la mirada hacia los detalles de la célebre talla románica. Como había recordado el Abad Gasch, el orbe y la piña que sostienen la Virgen y el Niño representan al universo entero en un gesto de acogida universal. El Papa alcanzó este simbolismo con una alusión directa y conmovedora: consideró cómo la Virgen María, en su mano derecha, sostiene la esfera del mundo como signo inequívoco de su cuidado materno. Un recordatorio crucial en los tiempos que corren, pues en el corazón de la Madre todo el mundo tiene cabida. A través de esa esfera, nos invita a reconocernos como hermanos y hermanas, un espacio sagrado donde nadie quede excluido y donde la comunión sea siempre más fuerte que toda división.

Frente a esa soberanía protectora, el Niño Jesús descansa en su regazo. En su mano izquierda sostiene la piña —símbolo de unidad y de vida fecunda—, mostrándose ante el peregrino como un ser indefenso y desprovisto de escudos. El mensaje de León XIV fue un dardo directo a las corazas que nos ponemos a diario: la crítica que humilla, la condena que destruye y la agresividad que divide. Frente a un mundo atrincherado tras armaduras ideológicas, el Pontífice nos llamó a deponer el egoísmo e imitar la entrega de ese Niño que, más tarde en la cruz, se abandonaría al Padre para «salvarnos con la fuerza desarmada y desarmante del amor».

Asomado después al balcón de la Abadía, improvisando bajo el sol, el Papa se despidió agradeciendo a Cataluña su capacidad histórica de integrar a todos en una única familia y lanzó un potente mensaje: «Gracias a cada uno y a todos vosotros que estáis aquí esta mañana para recordar al mundo que la fe da vida, y la fe da esperanza».

Al bajar de la montaña, con el eco del rosario aún resonando, quedaba claro que la verdadera paz no se firma en los despachos. Se siembra en lugares como Montserrat, se comparte en una sola mesa, se contempla en la universalidad de un mundo sostenido por la Madre y se reza con la cadencia poética de un idioma que sabe hablarle al corazón.

Eloy Asenjo Carpintero

Nacido en Madrid (1965). Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988). Profesor de Enseñanzas Medias (especialidades de Informática, Matemáticas y Física) desde 1988 hasta la actualidad. Durante un periodo de cuatro años, trabajé como consultor especializado en la implantación de Nuevas Tecnologías en la Educación y e-learning. En la actualidad, ejerzo la docencia en el Colegio María Teresa de Alcobendas (Madrid). Paralelamente, me encuentro desarrollando material didáctico interactivo que cubre de forma integral el currículo académico de Matemáticas y de Física y Química para Secundaria y Bachillerato.