En el corazón del mundo
Trabajo, progreso y santidad cotidiana a la luz del Concilio Vaticano II
El lugar de encuentro con Dios no se halla al margen de la realidad ordinaria, sino precisamente en el tejido vivo de las ocupaciones de cada día. A partir de las enseñanzas de la Constitución pastoral Gaudium et spes recordadas en la Audiencia General de este miércoles 23 de septiembre, la Iglesia nos invita a redescubrir una verdad consoladora: «para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo».
Esta llamada universal a la santidad impregna el trabajo profesional, la convivencia familiar y las relaciones sociales, convirtiendo los afanes de cada día en auténticos caminos de cercanía y comunión con el Creador.
La Eucaristía y las manos laboriosas del hombre
Ese esfuerzo diario y callado no flota en el vacío, sino que encuentra su fuente y su culmen en la liturgia. Así, esta unión tan natural entre lo humano y lo divino halla su máxima expresión en la misa, donde «el fruto del trabajo humano, representado por el pan y el vino, se coloca cada día sobre el altar para ser transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo».
Nada de lo humano queda al margen: la labor diaria no queda anulada ni apartada por el encuentro con Dios, «sino más bien asumida en su totalidad; y sigue siendo, en Cristo, libre y laboriosa: efectivamente, en Él encuentra la verdad y la libertad plenas».
Dios ha querido poner en las manos del hombre y de la mujer una creación «todavía in statu viae —es decir, en camino, en crecimiento— para que ellos la conduzcan a buen término por medio de su sabia actividad».
Lejos de constituir una ofensa al Creador, los logros humanos son asumidos con otra mirada: «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio».
Derribando mitos: fe, ciencia y progreso no son enemigos
Ese encargo divino de cultivar el mundo contrasta fuertemente con los prejuicios culturales que han marcado la época contemporánea. A lo largo del tiempo, algunas corrientes de pensamiento han intentado enfrentar la fe y la razón. Bajo esta idea equivocada, «el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el hombre debería emanciparse de Dios». El precio de este error es altísimo: al negar la relación con Dios, al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana.
Frente a esta falsa idea de enfrentamiento, el Concilio Vaticano II afirma con claridad que «la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios».
La Iglesia nunca se ha mostrado contraria al desarrollo de los pueblos, ni a los avances de la ciencia o de la tecnología.
Al contrario, el progreso temporal, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios», de modo que «todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados».
Un progreso animado y orientado por la caridad
Para que este despliegue de la técnica y el conocimiento sea un verdadero avance —es decir, un progreso «de todo el hombre y de todos los hombres»—, el Papa subraya que «debe estar animado y orientado por la caridad». Solo de esta forma el ingenio humano se empleará «siempre para defender la dignidad del hombre y promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más desfavorecidos».
Esta orientación del progreso hacia la caridad no puede quedarse en una teoría abstracta; exige inevitablemente poner rostro a los más vulnerables y mirar de frente las heridas reales de nuestro mundo.
Precisamente en el marco de sus enseñanzas, el Santo Padre quiso dirigir la atención hacia los menores que se ven obligados a abandonar su tierra. Los niños y adolescentes migrantes son los más vulnerables: enfrentamientos a menudo con sufrimientos indescriptibles, violencia, explotación y rutas trágicas donde muchos pierden la vida.
Frente a esta cruda realidad, el llamamiento nos interpela a todos: no podemos permanecer indiferentes. Es tarea de todos aunar esfuerzos, inteligencia social y sensibilidad para buscar soluciones imaginativas y realistas que permitan que cada uno de estos jóvenes sea siempre tutelado, asistido y protegido en su dignidad.
En definitiva, las enseñanzas del Concilio nos lanzan una invitación vibrante a «compartir el pan del saber y del saber-hacer, para que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios, un futuro mejor».

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