La llamada que lo cambia todo
La fragilidad que revela lo esencial
¿Qué pasa cuando de repente tu vida se reduce a una llamada de teléfono? ¿qué pasa cuando en un minuto, sin estar previsto, tus preocupaciones se ven limitadas a lo que te diga una voz al otro lado del móvil? ¿qué te pasa cuando caes en la cuenta de tu fragilidad, de tu finitud, de tu vulnerabilidad?
En estos días a una persona importantísima para mí le han hecho una biopsia de un bulto. En una revisión rutinaria, de esas a las que vas por poner un check en tu lista de pendientes, le vieron algo que era mejor analizar, y hecho el análisis, había que esperar unos días a que le llamaran del hospital para conocer el diagnóstico.
Gracias a Dios todo ha ido bien, pero todo esto me ha hecho pensar bastante en cómo puede cambiar en un segundo tu vida. Así como en esa fragilidad que nos constituye y que no nos gusta admitir. En la finitud de la vida y en nuestra vulnerabilidad.
Y aun viviéndolo desde la confianza y en la esperanza de que todo iba a ir bien, cuando me lo contó fue como si un ladrón hubiera aparecido de la nada para quitarme algo de grandísimo valor sin mi permiso: la seguridad de tenerlo todo bajo control y mi querer saber siempre lo que vendrá después y después y después.
Pensaba en la cantidad de cosas que doy por supuestas, como si vinieran de serie en cada acontecimiento o ya estuvieran impresas en la realidad, quitándolas ese enorme valor que tienen de don.
Pensaba en el valor del presente. Del hoy. De cada minuto y segundo de cada día.
Y te das cuenta de que no controlas casi nada o mucho menos de lo que te creías, y de cómo, de forma automática sin pensarlo, tus preocupaciones e inquietudes cotidianas, cambian. Así, esas aspiraciones laborales que tanto tiempo ocupaban en tu día, en un segundo, son insignificantes. Ese cambio de coche que querías hacer, aparece, también, como insignificante, y el llegar la primera o tener razón, ahora, ya no es lo más importante ni de lejos.
Y pensaba en la cantidad de cosas que posponemos o que yo misma pospongo. En esos mensajes que no envío nunca o en esos encuentros que llevo tiempo queriendo tener, pero sin mover un dedo para hacerlos realidad. Me daba cuenta de cómo escalaban posiciones en mi mente. Sentía cómo ese rato en la cena despacito y sin prisa disfrutando de la conversación con mi familia, era lo más valioso de mi día, y de cómo esos “lo siento” o “te quiero”, que tanto posponía, no hacían otra cosa sino intentar salir de mi boca a gritos.
Y caes en la cuenta de que estás muy preocupada por cosas vanas. Que caminas un poco dispersa y sin poner tu atención en aquello de lo que quieres llenar tu vida. Que atender es amar y amar atender, y que el tiempo es el bien más preciado que tienes.
Y oyes de repente en tu interior una voz que te dice: Marta, Marta andas preocupada por muchas cosas y solo una es importante….
Porque cuando nos vayamos de aquí lo que permanecerá será el amor que hemos dado. Algo que estamos hartos de escuchar y que parece una frase hecha de taza de Mister Wonderful, pero que, cuando estás esperando esa llamada, ves que es real. Porque no piensas en el coche, en tu ascenso o en el éxito de tu presentación. Piensas en personas concretas con sus nombres y sus rostros. Porque lo material se gasta y se pierde, pero en el amor, cuando más das, más tienes.
Paralelamente, en estos días, ha sido el funeral por las víctimas del accidente ferroviario en Córdoba. 46 vidas segadas en un segundo. 46 rostros. 46 corazones que ya no latirán más en este mundo y 46 familias rotas de dolor. Se me ponían los pelos de punta al escuchar las palabras de Liliana, hija de una de las fallecidas. Unas palabras llenas de dolor y de verdad y que te invito, querido lector, a que escuches o leas si puedes hacerlo.
“Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos. Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro de este mundo, que ahora no vale nada, por poder mover las agujas del reloj tan sólo 20 segundos”
Otra vez, la fragilidad de esta vida hacía acto de presencia en mi pequeña cotidianeidad. En mi pequeño metro cuadrado. Una fragilidad que me recordaba de nuevo lo maravilloso del regalo de cada día. Del don de la vida.
Una vida que pasa rápido y más si no la habitas. Si solo te limitas a lo superficial. La rutina vivida desde la indiferencia, el ruido y la rapidez del mundo en el que vivimos hace que, muchas veces, bajemos los ojos para solo ver el corto plazo, lo inmediato y lo material. Eso que solo es perceptible por los sentidos, olvidándonos de levantar la mirada, para posibilitar a nuestro corazón ver eso que solo puede ver él. Eso que no puede pesarse ni medirse con las métricas del mundo pero que, cuando falta, sabes que hay un vacío enorme.
Un vacío que intentamos llenar de cosas que nunca nos llenarán porque estamos hechos para algo mucho más grande. Porque nuestro deseo profundo de bien, bondad y de belleza, eso que nuestro corazón anhela y que llamamos felicidad, no está en el tener y en el acumular. Sino en el amor. En el amar y ser amado. En el amor que pones y das. En cada encuentro. En cada sonrisa. En cada acto de entrega.
Porque no todo vale ni todo es lo mismo, e importa mucho cómo decidas vivir cada día. Cómo decidas responder ante lo que acontece, muchas veces no elegido. Porque importa y mucho de qué quieres llenar tu vida, y cómo decides ponerte en relación con ese otro con el que caminas. Importa y mucho, tu entrega y tu acogida. Importa y mucho habitar el presente. Eso que cada día recibimos como un regalo.

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