El Encuentro
(Oxígeno para el caminante)
Estamos en el camino
y para el encuentro.
Hemos sido soñados.
Queremos llegar al Encuentro para siempre…
Ante una generación que huye
parece que huye el que va en sentido contrario.
Hace falta convicción y fortaleza para remontar el rio hacia su fuente
como lo hace el salmón.
Hoy hay mar de fondo
y lo que parece, no es;
y lo que es, no parece.
La sociedad no es que haya dejado de hablar de la persona.
La ha convertido en objeto de lectura, gestión y rendimiento.
Pero la persona no es un bloque aislado que luego entra en relación.
Se constituye relacionalmente.
Necesita del otro para sobrevivir.
El ser humano se hace humano en el encuentro, desde el momento en que es concebido.
LA PREGUNTA OLVIDADA
¿Qué sabe esta sociedad de la persona que la habita?
Es visible, visibilidad sin conocimiento
Es información, sin hospitalidad.
Diagnóstico sin implicación.
Aquí nace una soledad nueva pero igual de heladora.
No es falta de compañía.
Sino ausencia de una mirada que
no clasifique,
ni etiquete.
Una mirada
pausada,
serena,
que no invade.
Una mirada que simplemente ame.
no reduce
no administra
no coloniza
NOMBRA.
Somos abrazo compartido al que sabemos renunciar porque somos mirados y reconocidos.
Es fundamental en la niñez y en la ancianidad.
El abrazo, el tacto humano, no invade,
confirma.
Le recuerda al otro que no es una “abstracción”, es una persona,
es un cuerpo habitado,
vulnerable,
irrepetible.
No es un adorno afectivo,
es arquitectura humana.
Estar presente no significa compartir espacio, sino atención para que el otro no quede reducido a “interrupción”.
En la infancia, esa presencia moldea, alimenta, vincula.
En la vejez sostiene, sostiene el vínculo y acompaña.
Sin presencia la persona se vuelve dato.
Administrable, tal vez.
Pero desconocida.
LA PRECARIEDAD DE LA INTEMPERIE
Quien es frágil -por edad, salud o soledad- no necesita que le expliquen su fragilidad.
Necesita no ser abandonado en ella.
El arte de cocinar para alguien ofrece una imagen potente y precisa de lo humano.
Cocinar es transformar:
- materia en cuidado.
- tiempo en alimento
- alimento en relación.
No es casual que en los primeros vínculos el cuerpo importe tanto.
La voz, la mirada y el tacto transmiten seguridad antes incluso que las palabras.
Y tampoco es casual que, en la vejez, cuando la persona puede quedar más aislada, el contacto humano adquiera un peso decisivo.
El derecho a ser sostenido sin ser degradado.
Hoy más que nunca, no todo lo que hacen todos es lo que todos tienen que hacer.
Existe una violencia silenciosa que vacía de sentido y de propósito. la vida humana.
La cultura del éxito, la utilidad y la autosuficiencia convierte la diferencia en sospecha.
Quien no corre.
Quien cuida.
Quien envejece con alegría.
Quien reza.
Quien se detiene.
Quien no vive sometido a la rentabilidad útil.
Es el que no somete la capacidad a la lógica social.
Y esta sociedad quiere, con frecuencia,
rechazar a los que no encajan en esa velocidad del rédito útil volviéndolas sujetos de limosna e invisibles.
Las personas mayores, enfermas o con discapacidad se vuelven invisibles.
Se las tolera mientras no interrumpan.
Se las celebra como memoria, pero se las margina como presente.
“Nadie da gracias
al cauce seco del rio,
por su pasado”
(Rabindranath Tagore)
LIBERTADES HERIDAS
La libertad herida no necesita farmacología de última generación y de alivio rápido. Necesita una antropología del perdón.
El perdón debe evitar dos anclajes que lo enferman: la dependencia y la ingenuidad.
No libera el perdón que se apega a la herida. Tampoco libera quien disculpa la herida por falta de intención. Ésta siempre es responsabilidad personal
Perdonar es dejar de estar gobernado por la herida,
aunque tarde en dejar de sangrar.
Es abrir un espacio donde la verdad no se clausura ni se maquilla.
El resentimiento deja de decidir.
La capacidad de perdonar, elevando la dignidad de todos los implicados, es una gracia de Dios que hay que pedir continuamente para imitar al crucificado:
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”
Hay un interrogante que nos enfrenta con nosotros mismos
¿Qué tipo de presencia estamos dispuestos a ser?
Este mundo, -que es el nuestro y, no tenemos otro-, no se humaniza por acumulación de datos,
análisis,
discursos…
Se humaniza por densidad de encuentros.
Y cada encuentro comienza cuando alguien deja de mirar al otro como
función,
problema,
residuo
o estorbo
y se atreve a recibirlo como MISTERIO.
Esta interpelación es simple y exigente,
¿A quién estás mirando de verdad?
¿A quién estás nombrando con justicia y caridad?
¿A quién abrazas con respeto y ternura?
¿Para quién cocinas con mimo?
¿A quién devuelves libertad mediante el perdón?
Si estas preguntas incomodan es buena señal. Si la herida pica, tal vez esté empezando a curar.
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