13 abril, 2026

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Rosa Montenegro

09 septiembre, 2025

4 min

El Empedrado…

¿Rehén de tu dolor?

El Empedrado…

Nuestra sociedad contemporánea vive una paradoja inquietante: hemos elevado el bienestar a categoría de absoluto, pero al mismo tiempo hemos perdido la capacidad de dar sentido al sufrimiento. El dolor, que podría ser maestro, ha quedado reducido a enemigo del que huir.

El victimismo, tan presente en el discurso público y privado encierra al sujeto en sus propias heridas, lo convierte en rehén de su dolor. Y el presentismo absoluto, alimentado por la inmediatez digital y la lógica del consumo, clausura la memoria y silencia toda apertura a lo eterno. Solo importa el ahora: placer instantáneo, desahogo en redes. En este clima, la esperanza se diluye porque no tiene raíces: no responde a la memoria de dónde venimos ni se proyecta hacia dónde vamos.

Dos miradas, una misma verdad

(Antonio Machado y Viktor Frankl)

Dos voces, separadas en el tiempo, convergen en una misma intuición: el dolor, lejos de ser únicamente destrucción, puede convertirse en memoria fecunda y apertura a la trascendencia.

El dolor: herida y posibilidad

Para Machado, la melancolía nace de la conciencia del dolor humano: la fugacidad de la vida, la soledad, el fracaso de los sueños. En Soledades escribe:

“La primavera ha venido,
nadie sabe cómo ha sido.”

Tras la aparente sencillez late el desgarro de un tiempo que pasa sin retorno.

Para Frankl, el dolor alcanzó su expresión extrema en los campos de concentración. Allí descubrió que, incluso cuando todo es arrebatado, el hombre conserva una libertad última: elegir su actitud.

“Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, tendrá que aceptar su sufrimiento como su tarea; su tarea única e irrepetible.”
(V. E. Frankl, El hombre en busca de sentido)

Así, tanto en Machado como en Frankl, el dolor aparece como herida que revela lo esencial, puerta hacia la hondura del ser.

Las Raíces, memoria y salvación

La melancolía machadiana se nutre de la memoria. El recuerdo de la infancia sevillana, del patio luminoso o del huerto claro, es más que nostalgia: es raíz de identidad.

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero…

Mi historia, algunos casos que recordar no quiero”
(A. Machado, Retrato, Campos de Castilla)

La memoria rescata lo vivido, preserva lo perdido y otorga al presente una profundidad única.

También Frankl halló en la memoria un sostén: el rostro de su esposa, contemplado interiormente, fue su fuerza en medio del horror.

“La salvación del hombre está en el amor y a través del amor. El hombre que ha conocido su destino sabe que alguien lo espera.”
(V. E. Frankl, El hombre en busca de sentido)

Memoria que salva: en Machado, hecha poesía; en Frankl, hecha fortaleza interior.

La Trascendencia, apertura al sentido

Otro vértice de esta experiencia es la trascendencia. Machado, desde su hondura espiritual, abre su poesía a un horizonte que desborda lo inmediato:

“Anoche cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.”
(A. Machado, Proverbios y cantares)

Frankl formula lo mismo en clave existencial: el hombre se realiza solo cuando se trasciende, cuando vive para una causa o una persona más grande que él mismo.

“El éxito, como la felicidad, no se puede perseguir; debe sobrevenir… como efecto secundario de la entrega a una causa mayor o a otra persona.”
(V. E. Frankl, El hombre en busca de sentido)

Ambos coinciden: el sufrimiento, abierto a lo trascendente, deja de ser absurdo y se convierte en camino hacia la plenitud.

Dolor y sufrimiento

El corazón suele confundirlos. Como bien apunto en “El yo y sus metáforas”:

 

“Comprender que la muela duele, pero no sufre, es parte de la ubicación personal.”
(El yo y sus metáforas)

Tristeza y alegría

La tristeza puede devorar el alma como “la boca de un león” (El arte del buen combate). Pero también, en su versión positiva, se convierte en don divino que conduce al arrepentimiento y a la conversión.

La alegría, en cambio, es fruto de una decisión profunda, no de un instante efímero:

La falsa alegría es efímera, como “una goma de mascar, dos minutos de sabor y después nada”.
-La verdadera alegría es el resultado de un recorrido que conoce la pobreza, el hambre y el llanto, pero que se transforma en acción de gracias ante la adversidad.

“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres.”
(Flp 4,4-5)

Liberarse de las cadenas no significa eliminar el dolor, sino aprender a integrarlo como maestro. La memoria y la trascendencia nos muestran que el sufrimiento puede transformarse en sentido, la tristeza en conversión y la alegría en plenitud.

Rosa Montenegro

Pedagoga, orientadora familiar (UNAV) y autora del libro “El yo y sus metáforas” libro de antropología para gente sencilla. Con una extensa experiencia internacional en asesoramiento, formación y coaching, acompaña procesos de reconstrucción personal y promueve el fortalecimiento de la identidad desde un enfoque humanista y transformador.