24 agosto, 2026

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Babel: la uniformidad deshumanizante

El peligro de reducir la dignidad humana y la diversidad al lenguaje único de la eficiencia y el control informático

Babel: la uniformidad deshumanizante

La encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV ofrece una serie de esperanzadoras reflexiones para abordar los problemas que enfrentamos en este tramo de la historia. Uno de los desafíos que hemos de enfrentar es el síndrome de Babel, un creciente trastorno social que implanta “la uniformidad que aplana las diferencias”, busca “un lenguaje único -incluso digital- con la pretensión de “traducirlo todo, incluso el misterio de la persona en datos y rendimientos (…): una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico (N° 10)”.

Cuando esta aplanadora uniformidad se introduce en los sistemas de las empresas, universidades, colegios, convierte a los colaboradores (empleados, profesores) en meras piezas del engranaje en la cadena productiva, sin más función que la de repetir una y otra vez lo establecido por el sistema: adiós a la creatividad, al aporte personal, al ejercicio inteligente y libre de las acciones, elementos esenciales de la dignidad humana. Es un retroceso al mecanicismo de la película Tiempos modernos (1936) de Charles Chaplin o a la presencia de los “hombres grises” -ladrones del tiempo- descritos en la novela Momo (1973) de Michael Ende. El problema es el mismo, sólo que ahora tiene un rostro informático. Lo que tendría que ser un instrumento al servicio del progreso integral de la persona, puede convertirse en amenaza para el florecimiento humano.

El síndrome de Babel, con su afán homogeneizador de la actividad humana, tiene como bandera la meta de una mayor eficacia, eficiencia y optimización de resultados. La tentación es muy grande, pues ¿podemos ser aún más eficaces? Por supuesto. Se pueden optimizar los rendimientos, reducir las mermas, mejorar las máquinas herramientas, potenciar los sistemas de control, etc. Cuando los procesos se homogenizan, la cadena productiva fluye, la información corre a velocidades de vértigo: se gana tiempo. El sueño del cero error se hace extensivo a toda actividad: bancos, colegios, universidades, supermercados, hospitales… Los ladrones del tiempo -quién lo diría- ha conseguido su objetivo. La eficacia se ha convertido en un ídolo en cuyo altar se sacrifican, tantas veces, las dimensiones más auténticas de la condición humana.

Babel necesita, asimismo, un lenguaje único para funcionar; no sabe qué hacer con la diversidad. O mejor, sí sabe lo tiene que hacer con la singularidad: ¡borrarla, ignorarla! Es la burocracia y sus protocolos -en su momento pensada para poner orden y seguridad en los procesos- que ahora se erige como una “intocable” al que tienen que adaptarse las personas: “lo dice el reglamento y punto”. Hemos pasado de la inocente expresión “hablar el mismo lenguaje para entendernos” al imperativo de vivir, pensar, hablar con el lenguaje único inventado por el iluminado de turno. Esta pretensión puesta en práctica, por ejemplo, en las universidades lleva a que los profesores de la misma asignatura enseñen, digan y utilicen idénticos materiales didácticos. Es el precio que se paga para acceder a la acreditación académica, un sistema que, a fuerza de homogeneizar, empobrece el proceso de enseñanza/aprendizaje propio de los saberes liberales. El modelo del lenguaje único convierte a la actividad educativa en un paquete de enlatados comerciales sin pena ni gloria.

Babel, señala León XIV, esconde un profundo engaño, pues promueve la uniformidad, eliminando la diversidad; elige la homogeneización, relegando la comunión; sacrifica la dignidad de la persona (saberse actora) en aras de la eficiencia (cfr. N° 7). Pretensión orgullosa la de Babel que, muy a pesar suyo, no consigue la unidad buscada y más bien genera dispersión, exclusión, angustia. ¿Qué hacemos? No se trata de darle la espalda a la técnica, es volver a ponerla al servicio de la persona en su integridad (no somos un número o un algoritmo), la cual se resiste a quedar atada por la camisa de fuerza de la eficacia y el lenguaje único.

Me pregunto, ¿podrá Momo lidiar con los nuevos hombres grises y evitar que roben la calidad de vida y el tiempo a las personas en este nuevo escenario cibernético? Tengo la esperanza de que Momo, con la sabiduría de los pequeños y la inocencia de los niños, pondrá en evidencia que la orgullosa de Babel es una estructura gigantesca, pero apoyada en pies de barro.

Francisco Bobadilla

Francisco Bobadilla es profesor principal de la Universidad de Piura, donde dicta clases para el pre-grado y posgrado. Interesado en las Humanidades y en la dimensión ética de la conducta humana. Lector habitual, de cuyas lecturas se nutre en gran parte este blog. Es autor, entre otros, de los libros “Pasión por la Excelencia”, “Empresas con alma”, «Progreso económico y desarrollo humano», «El Código da Vinci: de la ficción a la realidad»; «La disponibilidad de los derechos de la personalidad». Abogado y Master en Derecho Civil por la PUCP, doctor en Derecho por la Universidad de Zaragoza; Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Piura. Sus temas: pensamiento político y social, ética y cultura, derechos de la persona.