¿Obreros o francotiradores?
Sanar la Iglesia con el amor y la palabra desarmada
Basta echar un vistazo rápido a cualquier foro, grupo de WhatsApp o tertulia eclesial para comprobar que el deporte nacional —incluso entre quienes pretendemos servir a Dios— se ha convertido en opinar de todo y de todos con una ligereza pasmosa. Vivimos con el cuchillo dialéctico entre los dientes, contagiados por un clima de sospecha permanente donde parece que el bando propio siempre acierta y el ajeno merece la descalificación.
Frente a esta deriva, el Papa León XIV nos recordaba recientemente en el Ángelus una verdad tan sencilla como incómoda: «La viña que debemos cultivar con justicia es la Iglesia, que edificamos o dañamos con nuestras decisiones». A las puertas del octavo centenario de la muerte de san Francisco, conviene pararse a pensar si con nuestro ruido diario estamos construyendo comunidad o si más bien nos comportamos como jornaleros díscolos que estropean la cosecha.
Hoy en día, todos los fieles sin excepción —sacerdotes, consagrados y laicos— estamos extraordinariamente expuestos a un alud diario de informaciones, noticias y opiniones que rara vez están debidamente contrastadas. La cultura digital actual nos empuja, de manera casi inconsciente, a la opinión rápida, visceral y polarizada. Nos jugamos mucho en ello. ¿De qué fuentes nos estamos alimentando intelectual y espiritualmente cada día? Conviene detenerse y examinarnos con rigor. Hoy circulan en el ecosistema informativo contenidos para todos los gustos e ideologías, pero el peligro de naufragar en la desinformación o en el juicio temerario es altísimo.
¿No deberíamos preguntarnos con honestidad si las plataformas o boletines que consumimos buscan construir la comunión o, por el contrario, alimentan la sospecha permanente contra la Iglesia?
El fiel católico no puede ni debe perder jamás ese olfato sobrenatural —el sensus fidelium— que le capacita para discernir la verdad con sencillez de corazón. En este terreno no todo vale: nunca es legítimo ni compatible con la fe católica ir contra la doctrina, ni socavar la autoridad del Papa y de los obispos bajo la coartada de una pretendida ortodoxia superior. Al dejarnos arrastrar por corrientes de opinión desleales, podemos caer fácilmente en la trampa sutil de la calumnia y la difamación, sembrando una cizaña que se aparta por completo de la auténtica caridad cristiana y de la verdad que nos hace libres.
La parábola de los viñadores nos enseña que, a pesar de los rechazos y de las crisis, «¡Dios jamás abandona nuestras vidas!», transformando milagrosamente el mal en redención. Nosotros somos solo trabajadores en esa viña; no sus dueños ni sus jueces supremos. La fecundidad de la Iglesia nu depende de nuestras refriegas en redes sociales ni de nuestras estrategias humanas, sino de nuestra unión con Cristo. Como señaló el Papa al recordar al santo de Asís —a quien el Señor encomendó reparar su Iglesia—, nuestra tarea debe empezar en los cimientos invisibles del espíritu. Francisco levantó su vida sobre el cimiento de Cristo, compartiendo su pobreza y su cruz.
El santo de Asís no curó las divisiones de su época a base de mítines, algaradas ni alimentando los corros y los dimes y diretes, sino siendo un hombre de oración ferviente y de caridad ardiente, cuyo riguroso ascetismo con los primeros compañeros fue la condición auténtica para la verdadera reforma. Sanó las grietas de la discordia con el testimonio vivo del amor fraterno. Su figura nos devuelve a una evidencia incómoda: antes de señalar con el dedo las imperfecciones y miserias ajenas, debemos dejar que Cristo examine y purifique nuestro propio corazón, ayudándonos a levantarnos de nuestras caídas cotidianas.
En esta misma línea, el Santo Padre nos insiste en la urgencia de cuidar las actitudes y el lenguaje en el seno de la comunidad. Al celebrar con gozo este Año Jubilar Franciscano, el Papa nos anima a pedir por la paz y a construir la armonía entre los pueblos, lo cual empieza, sin duda, por eliminar la beligerancia verbal en nuestras relaciones eclesiales. Necesitamos unas palabras que sean pacificadoras, desarmadas y profundamente desarmantes. Alejarnos de los corrillos y de los enfrentamientos estériles no es debilidad evangélica, sino la única manera de que el Evangelio llegue limpio. El lenguaje verdaderamente cristiano no busca ganar discusiones dialécticas ni aplausos fáciles en la trinchera, sino ganar almas para la caridad.
Cultivar la viña del Señor en el tiempo presente exige, por tanto, asumir con valentía una doble tarea.
Por un lado, una profunda renovación interior a través de la oración asidua y la entrega cotidiana —la renuncia personal y el sacrificio oculto— unidos íntimamente a Jesucristo.
Por otro, un compromiso testimonial en el trato diario y en nuestro consumo informativo, cribando con rigor evangélico aquello que leemos, escuchamos y compartimos, para que nuestras palabras destilen siempre la verdad, la paz y la concordia que este mundo herido tanto necesita.
Seamos, sencillamente, buenos, fieles y humildes trabajadores en la viña del Señor. Que nuestra oración constante sostenga a la Iglesia en las horas de prueba, que nuestro sacrificio cotidiano limpie y rectifique nuestras intenciones más íntimas, y que nuestra palabra —mansa, limpia y fraterna— sea un reflejo vivo y luminoso del amor de Cristo en medio del mundo.

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