05 octubre, 2026

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Amar al mundo, no rechazarlo

La obra de Chantal Delsol y los peligros de la emancipación radical frente al valor del arraigo y el cuidado de lo real

Amar al mundo, no rechazarlo

Chantal Delsol, filósofa francesa, escribe con claridad y franqueza cuando les toma el pulso a los avatares de nuestro tiempo. En El odio del mundo. Totalitarismo y posmodernidad (IES, Santiago de Chile, 2026) señala que el afán emancipador es una de las claves -con sus luces y sombras- de la modernidad y de la actual posmodernidad. Un afán torrencial orientado a construir una nueva humanidad, socavando las raíces del tronco cultural heredado. Es búsqueda impaciente de futuro que, con la consigna de “todo se puede”, arrasa con lo que encuentra a su paso en aras del “bien absoluto” al que aspira.

El agente emancipador asume el papel de demiurgo, creando la realidad a su medida. Este demiurgo quiere conseguir el hombre nuevo para cuyo fin se propone desatar al hombre de toda atadura, es decir, despojarlo de su condición social, su pertenencia a las sociedades pequeñas (familia, comunidad), sus querencias. Para este hacedor de la nueva humanidad, no hay nada dado o recibido que deba respetarse. La voluntad humana se erige en ley para sí misma y hace las leyes que modelan la nueva sociedad. ¿Qué queda de la persona de a pie, del hombre común en términos chestertonianos? Queda el mero individuo sin adherencias originarias, sin vínculos. Un individuo reducido a puro devenir, sin arraigo alguno familiar, comunal e, incluso, sin gramática natural que deba ser respetada.

Marx -haciéndole eco a la modernidad- escribió en la onceava tesis sobre Feurbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Adiós a la actitud de respeto inicial a lo dado (admiración, asombro). Se aboga, desde entonces, por una transformación revolucionaria, nervio de los totalitarismos nazi y comunista del siglo XX. Afán transformador que aún pervive en la posmodernidad y subvierte la condición humana y sus querencias.

Esta mentalidad totalitaria sigue campeando en gran medida en nuestro tiempo, su afán emancipador, avasallador, se coloca -en muchos casos- “más allá del bien y del mal”. Sus nuevos demiurgos se consideran los representantes de una gran mayoría de la que se autoproclaman su vanguardia. Piensan en lugar del pueblo, porque creen conocer mejor que éste su propio bien (cfr. p. 213). Iluminados los hubo antes y los hay ahora, también.

¿Qué plantea Delsol? Volver a mirar toda la realidad en su ser más íntimo y constitutivo. Se trata de distinguir sin separar, pues el ser humano necesita arraigo y emancipación, raíces y libertad. “No es la Modernidad -manifiesta la autora- la que está en cuestión, sino sus excesos. Ni tampoco la emancipación en sí, sino el deseo persistente, inicuo y, en última instancia, inútil -pues la empresa es imposible- de eliminar todo arraigo para dar con una emancipación absoluta, triunfante y sin barreras (p. 68)”. Son los excesos, la hybris de la modernidad la que ha de cubilarse adecuadamente.

La propuesta de Chantal Delsol asume una mirada comprensiva de lo real. No estamos en el mejor de los mundos posibles, desde luego, pero nuestro mundo es perfectible. Tiempo al tiempo, sin impaciencias destempladas, pues “el mensaje moral es una promesa que se traduce día a día en gestos sin gloria, que vuelve a comenzar en cada generación, pero no puede espirar a realizarse definitivamente por orden de una circular oficial (p. 56)”. Para reconciliarse con la realidad, se ha de empezar por amar al mundo y no por rechazarlo o demolerlo. Hay que restañar, reparar, agregar con la actitud propia del jardinero, quien limpia, abona, siembra, cuida el mundo que encontró al llegar (cfr. p. 276).

También, se requiere la actitud de Nehemías, cuyo “relato muestra cómo la ciudad [Jerusalén] renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras (León XIV, Magnifica Humanitas, n 8)”. Lo primero es lo primero y el inicio está en la centralidad de la persona humana y sus vínculos, luego vienen las piedras. Afirmar el arraigo, mejorar el entorno, elevar a la persona, fomentar las relaciones sociales son actitudes que manifiestan el amor al mundo: labor de jardineros, no de demiurgos.

Francisco Bobadilla

Francisco Bobadilla es profesor principal de la Universidad de Piura, donde dicta clases para el pre-grado y posgrado. Interesado en las Humanidades y en la dimensión ética de la conducta humana. Lector habitual, de cuyas lecturas se nutre en gran parte este blog. Es autor, entre otros, de los libros “Pasión por la Excelencia”, “Empresas con alma”, «Progreso económico y desarrollo humano», «El Código da Vinci: de la ficción a la realidad»; «La disponibilidad de los derechos de la personalidad». Abogado y Master en Derecho Civil por la PUCP, doctor en Derecho por la Universidad de Zaragoza; Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Piura. Sus temas: pensamiento político y social, ética y cultura, derechos de la persona.