¿Y tú de quién eres?
La tiranía de las etiquetas: más allá de nuestra identidad social
En el pueblo, Vélez Rubio, (Almería) , tenían un sistema de clasificar a sus habitantes que no era precisamente el de los apellidos. se solía tener un mote familiar. En caso de que el mote se refiriera a un apellido, como podía ser “los Girona” se conservaba el mote, aunque se hubiera perdido el apellido. Y el que no, era porque todavía no había habido ocasión. Entonces se recorría a la ubicación de la vivienda, o a la posesión de algún vehículo, o a los estudios realizados, aunque no se ejerciera.
Había además otras denominaciones complementarias que hacían referencia a la “nacionalidad”. Los que emigramos hacia el norte, a Barcelona, en concreto, éramos los catalanes, Terminología que se invertía al llegar a Cataluña, allí no éramos catalanes sino andaluces. Esa clasificación permitía no solo identificarte, sino que, de alguna manera hacía referencia a la personalidad de la familia entera. No eran necesarios buscadores, ni listines, cada anciano o anciana sobre todo era un compendio de historia. Con el tiempo, debido al crecimiento de la población y a la falta de socialización colectiva, se va perdiendo esa clasificación. Por entonces, en un pueblo pequeño, donde todos se conocían, un “forastero”,era una incógnita caminante que requería tener controlada mediante el etiquetaje. El primer ítem del cuestionario era la pregunta: ¿y tú de quién eres? Que traducido quería decir: ¿a qué familia perteneces? Si respondes con los apellidos, lo único que se conseguía era alargar el interrogatorio. Normalmente ganaban los nombres y conceptos despectivos: “el cojo”, “la tuerta”…
Etiquetar es controlar.
Esa necesidad de clasificar para controlar no se pierde, al contrario, necesitamos ubicar al otro para ubicarnos nosotros. Esto que puede sonar mal, no deja de ser una manera de manejar las relaciones, de saber con quién estamos hablando, y de interpretar lo que nos dicen según la clave de interpretación de quien es el que nos habla. El problema está, cuando en la necesidad de controlar etiquetando, nos equivocamos. Se puede decir que siempre nos equivocamos. Simplemente, por muy acertada que estuviera una etiqueta, nunca, un concepto no puede explicar toda la persona. Somos más que una etiqueta.
Ese mensaje lo transmite el santo padre en su visita a Barcelona, en concreto a la cárcel. Con los abrazos del Papa en su visita a la prisión de Brians, rompían toda clasificación peyorativa. Es más, les otorgó una nueva dignidad. Montse, la reclusa que encontró la fe dentro de la cárcel, gracias a la labor del mercedario p. Jesús Roy, conmovió al papa y se fundieron en un abrazo saltándose todas las etiquetas.
Las etiquetas, o clasificaciones, no dejan de ser proyecciones de nuestra personalidad, no tanto por lo que somos, sino por lo que los demás necesitan que seamos para sentirse ellos más seguros. Es lo que llamamos complejo de superioridad.
Los sacerdotes más jóvenes necesitan reforzar su estatus frente al mundo. Se sucede la vestimenta clerical y la vuelta de la sotana. El reconocimiento que esperan de los demás está claro.
A nivel nacional también las etiquetas son indicativas de la identidad que se quiere imponer a los demás. Durante años, ser cristiano, católico o religioso era signo de veracidad y superioridad. Se hablaba en “cristiano”, cuando se usaba la lengua que entendíamos todos, por ejemplo.
Ahora llegamos al ridículo conceptual, en el que se prohíben los símbolos religiosos. Me comentaba una niña, qué en su escuela, la maestra, les había dicho de elaborar una felicitación de Navidad, destinada a regalársela a un compañero de clase, al azar. Pero que estaba prohibido poner figuras religiosas.
A principios de los 90, con el SIDA en pleno auge existía pánico incontrolado que llevaba a conductas absurdas.
Pasábamos por las escuelas y por los centros que solicitaban, unas informaciones sobre el contagio, y al final les hacíamos el test de las caras. Donde se trataba de adivinar, por el aspecto físico, quienes padecían la enfermedad del VIH. Evidentemente hoy en día no caeríamos en la trampa de responder. Sabemos que el aspecto externo no es indicativo de poseer la enfermedad.
A su vez, las etiquetas personales no son de un solo concepto, son tan múltiples y tan variadas que incluso pueden ser contradictorias. Las más típicas son las de las personas que provienen de un cierto status social y pretenden dar la imagen de pobres, de militantes proletarios. Con honrosas excepciones, la mayoría acaban volviendo a los parámetros de la comodidad de su verdadera clase social.
Pero además presuponen que ser pobre es tener una determinada adscripción política. Por qué se vota a partidos de ultraderecha en barrios marginales, se preguntan. Como dice un chiste parodiando la ideología de género: “soy un rico que nací en un cuerpo de pobre” Y al revés, querer aparentar opulencia o riqueza, puede ser símbolo de pobreza. Cuando aparece una limusina en la parroquia, normalmente se han hipotecado para la boda o primera comunión.
Pero no pretendo hacer un análisis social, ni tampoco un estudio observacional de las adscripciones a las que nos vamos subiendo a lo largo de la vida. ¿quién no ha sido contestatario de jóven y ha acabado conservador de mayor?
Siempre hay la etiqueta centinela, que es aquella que afecta a todas las otras. Tanto puede corresponder a la que nos colocan los demás o a las que nosotros nos colocamos. Por ejemplo, los curas obreros, para los demás eran curas, y para ellos eran obreros, por poner un ejemplo. No es lo mismo pensar y relacionarse con alguien que sabes que es sacerdote, que con un obrero que hace de sacerdote. Cuando trabajaba de terapéuta, muchos clientes venían a la parroquia para cerciorarse de que era sacerdote. Se realizaba el reajuste de etiquetas. A partir de aquel momento el trato era diferente.
Las etiquetas que hacen alusión a los pueblos o naciones, también son significativas. Tenemos al papa norteamericano, que se siente peruano. Así se presentó el obispo de Chiclayo, hablando en español con acento inglés en el balcón de la plaza de san Pedro del Vaticano. O el cardenal Cristóbal López Romero, con doble nacionalidad, española y paraguaya, que no duda en ponerse la camiseta de la selección del Paraguay y aparecer en las redes sociales.
Cuanta más necesidad de etiquetar o etiquetarnos, mayor es el complejo de superioridad.
La sociedad de Jesús estaba totalmente etiquetada: fariseos, publicanos, samaritanos, saduceos, levitas, hombres, mujeres, leprosos, ciegos, paralíticos, extranjeros, rabinos, etc. Era tan imposible romper ese orden, que el que Jesús ponga como ejemplo el samaritano, está rompiendo la etiqueta despectiva, como el santo padre en la cárcel catalana. El abrazo con Montse fue una concreción visible del Evangelio.
Rompe las fronteras discriminatorias.
Su encíclica MAGNIFICA HUMANITAS va en este sentido. “Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último”.

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