Virgilio, el ser humano ayer y hoy
La comprensión del trabajo, la misión y la gloria
Después de tiempo, vuelvo a leer la Eneida (Gredos, 1992) de Virgilio (70-19 a. C.), poeta grande de las letras latinas. Ronald Knox (1888-19957) cuenta su conversión del anglicanismo al catolicismo en su libro A Spiritual Aeneid. Su recorrido espiritual no es una Odisea, es una Eneida, pues, el lugar de arribo es la Roma Eterna, no el hogar anglicano en el que se formó. Este es el sentido de la misma Eneida virgiliana: Eneas, sobreviviente a la destrucción de Troya, con los objetos de culto y los Penates de su hogar, sale en busca del gran recinto que fundará, “después de andar errante por el mar”.
Eneas ha de cumplir con su destino y, ni siquiera el amor de Dido, lo puede detener. Los dioses le han encomendado su misión. Le dice a Dido: “ahora mismo el mensajero de los dioses que acaba de mandarme el mismo Júpiter, lo juro por tu vida y por la mía, ha bajado a transmitirme su orden a través de las auras volanderas. Yo mismo he visto al dios a plena luz del día entrar por las paredes y he aspirado con mis mismos oídos sus palabras (…). No voy a Italia por propia voluntad”. Eneas debe realizar su misión, llegar a Italia y fundar Roma como se lo recuerda su padre Anquises: “Tú, romano, recuerda tu misión: ir rigiendo los pueblos con tu mando. Estas serán tus artes: imponer leyes de paz, conceder tu favor a los humildes y abatir combatiendo a los soberbios». Eneas tiene su misión, cada uno de nosotros, igualmente, tiene su propia misión, un encargo no buscado, sino entregado por otro, interpelándonos para insertar en el personal proyecto de vida, el encargo dado: misión y proyecto de vida se entrelazan.
Theodor Haecker, a quien me he referido en otras entradas de este blog, considera que Virgilio es el padre de Occidente (Virgilio. Padre de Occidente. EPESA, 1945), pues en sus Bucólicas, Geórgicas y, de modo particular, en la Eneida, aparece el alma naturalmente cristiana del poeta y pensador latino. La Eneida trasluce un modo de entender al ser humano en sus constantes permanentes a lo largo de la historia. Acompañamos al héroe latino en sus lágrimas y dolores ante la destrucción de Troya, la muerte de su padre y amigos; en la esperanza de encontrar nuevas tierras y un nuevo hogar. Es el héroe cumpliendo su hado y buscando la gloria humana propia de la cultura antigua greco-romana. Antesala, dirá, Haecker, del santo cristiano que trenza en su biografía entre libertad y Providencia procurando la gloria de Dios.
Es muy sugestiva la reflexión de Haecker sobre el trabajo, a propósito de Virgilio. Anota: “¿Quién en la antigüedad hubiera podido escribir la máxima: Labor vincit omnia, labor improbus: “Todo lo vence el trabajo, el trabajo con el sudor del rostro”; en la antigüedad, en una economía basada en la esclavitud, cuando todo noble sólo en el otium veía algo noble y no en el negotium, cuando nadie pensaba siquiera en la posibilidad del moderno extravío, que considera el trabajo, ya en sí, como una especie de religión? Ningún griego, ningún pueblo marinero, ningún pueblo comerciante o consagrado a la rapiña, o, aunque sólo fuera guerrero o de pastores, sino únicamente un pueblo agricultor, podía llegar a un pleno conocimiento de la esencia del trabajo (p. 85)”. Trabajo, por un lado, y trabajo esforzado, de otro lado.
“En Eneas se da algo completamente nuevo -continúa afirmando Haecker- que lo distingue de todos los héroes homéricos: que debe cumplir una misión y sabe que debe cumplirla. Es cierto que no sabe cómo, y sólo oscuramente todo su contenido; pero sabe inconmoviblemente, con una seguridad tan pronto atormentadora y angustiosa como sublime y feliz, que debe (p. 114)”. Es la misma vida, con sus encargos y proyectos; cargas y gozos y qué bueno que no perdamos de vista el azul del cielo en medio de los afanes de cada jornada.

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