El trigo y la cizaña en la sociedad
Frente a las promesas del mesianismo político, la lección de Blaise Pascal nos recuerda la necesidad de actuar como jardineros sociales para cuidar el imperfecto orden humano
Somos conscientes de las imperfecciones e injusticias que se encuentran en la sociedad, en la nuestra: municipio, región, país, mundo. Estas deficiencias toman protagonismo cuando los partidos políticos lanzan sus campañas para acceder al poder constituido. Ante la presencia de los males sociales, se presentan las propuestas reformistas o revolucionarias para cambiar el orden social y mejorarlo con medidas de impacto moderado o disruptivo. Al respecto, la lectura que Pierre Manent -filósofo político francés- hace del pensamiento de Blaise Pascal (1623-1662) en su libro Pascal y la propuesta cristiana (Rialp, 2025, Kindle edition) resulta pertinente para aclararse un poco en el empeño de mejorar la sociedad.
Pascal distingue tres órdenes en la sociedad. El orden de la carne se mueve por la codicia y el goce de los placeres sensoriales. Su acción consiste en tomar: riquezas, poder, prestigio, lucimiento, alabanzas. El orden de la caridad, por el contrario, arranca de raíz esta actitud de tomar y se basa en un corazón puro y humilde, atento a la voluntad de Dios. Entre ambos, se abre paso el orden de la mente el cual no se instala en la voluntad, ni en la propia ni en la de Dios, sino en el entendimiento. Este orden lleva a respetar la realidad de los hechos establecidos, a honrar las proposiciones demostradas, los principios indemostrables propios del espíritu de geometría (cfr. pp. 94-98). Como se ve, sin caridad, el poder aplasta al servicio.
Realizadas estas distinciones, Pascal señala que este orden humano, “por imperfecto que sea, por inseparable que sea del imperio de la fuerza o del reino de la concupiscencia, es la condición y el marco de la vida humana y de los innumerables bienes que comporta. Además de ser el lugar de la injusticia, es también la condición y, por así decirlo, el sujeto de la justicia tal como es accesible a la humanidad. Es imposible para el hombre separar claramente el trigo de la paja en este campo donde crecen confusamente juntos”. En este orden de ideas, el cristiano sabe que “el trigo y la cizaña crecen juntos y que es imprudente, por decirlo suavemente, y sin duda impío, dar al hombre el mandato social de realizar aquella discriminación que está reservada a la justicia divina (p. 156)”.
Esta visión pascaliana de la mejora social no lleva a incendiar la pradera para lograr los cambios radicales que la sociedad requiere. No es un mesías político -un iluminado convencido de ser portador de la solución eficaz para el cambio social- lo que la sociedad requiere. Hacen falta, más bien, jardineros sociales que siembren, abonen, cuiden la fragilidad del campo. El mesías político desprecia el orden social y político. Está dispuesto a pasar por encima de toda regla, le falta la paciencia del jardinero que ha de esperar a que la naturaleza haga su propio trabajo. A este mesías le falta fineza de espíritu, uno de cuyos componentes es la paciencia, es decir, fortaleza de ánimo para esperar -sin desesperar- la lenta cocción por las que pasan las reformas en su debida sazón. Mal asunto es ignorar “el hecho de que la gracia y el pecado son inseparables en el orden humano, y que se debe un respeto especial a esta mezcla, condición de la vida y el drama humanos”.
La antropología pascaliana reconoce el doble movimiento que anida en el corazón humano, el amor a sí mismo y el amor al ser. Son los amores propios de la perspectiva cristiana abierta, no sólo a la supervivencia en la ciudad de hombre, sino también a la divinización en la ciudad de Dios.

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