Descubrirnos como personas
Claves para comprender el valor único de cada persona, cultivar relaciones auténticas y alcanzar la plenitud desde la introspección y el afecto
Te contaba en otro artículo que cada persona es única, singular, insustituible, un «chispazo» de amor, con sus cualidades y fortalezas, con anhelo de belleza y de sentido, capaz de iluminar un universo entero. Creada por amor, y para amar.
Una persona tiene un valor casi infinito en sí misma, «por el sublime hecho de «ser» persona», señala el gran experto Tomás Melendo. Su dignidad es tan alta que, por sí misma, gracias a su libertad, puede alcanzar su plenitud como persona. Es un ser libre con capacidad de ser protagonista de su propia vida. Algo para asombrase y agradecer siempre, pues la persona es un misterio, y el misterio nos abre a lo bello, a lo infinito.
Y lo específico suyo son las buenas relaciones con otras personas…, especialmente en la propia familia, esa institución natural tan antigua como la vida misma, donde se nos quiere por quienes somos, origen y fuente de todo lo demás.
Saborear la belleza de las relaciones personales, de las habilidades de la comprensión y empatía, pues en ellas cuenta el corazón. Volvamos a la calidez de los abrazos, saber mirar a los ojos y llegar al corazón, sonreír, ser amables, hacer la vida agradable a los que nos rodean.
Porque, la humanidad y talante de una persona está en su corazón, en su calidez, en su comprensión y empatía para con otros. No se puede entender al ser humano sin su capacidad de amar y ser amado, que además nos da mayor plenitud personal. Tenemos un corazón que ama y se conmueve: la característica más específica del ser humano.
* Un corazón para querer
El trato y la convivencia hacen que surja el afecto y el cariño entre las personas. Conectar con los demás, poner en juego la afectividad, que construye relaciones. Tenemos un corazón para amar, y en ello cada uno encuentra su sentido y plenitud, y por tanto su felicidad.
Conversar, crear una relación genuinamente personal: de persona a persona, de corazón a corazón. Muy especialmente en la relación en pareja, que debemos construir día a día, como algo vivo llamado a crecer, de la que se despliegan todas las demás relaciones.
En este ambiente, es importante no quedarse en la superficie de las cosas. Profundizar motivos, ver los porqués donde se sustentan. Usar el pensamiento profundo y las capacidades superiores que nos han sido regaladas.
Todo esto ayuda a la introspección, a «estar» con uno mismo, a descubrir pensamientos, ideas y convicciones, quizá algo ocultas, y a conocerse. De ese modo poder apuntar a metas nobles que ilusionan a cada uno, partiendo de las propias cualidades personales y talentos, únicos.
La persona posee un espacio íntimo, con silencio interior, donde está en su propia “casa”, donde se “posee” en el origen. Recuperemos ese silencio y esa intimidad personal que nada ni nadie nos puede arrebatar.
En ese interior, uno es libre, puede pensar por cuenta propia y ser esa persona singular que cada uno es. No condicionada por los demás, por el entorno, u otras expectativas…
Somos algo muy valioso, y mucho más que lo que se pueda apreciar desde fuera. Nuestro motor siempre estará en el interior, y el crecimiento personal también. Porque, lo exterior atrapa, pero lo interior da autoconocimiento y libertad para ser uno mismo, y nos construye y mejora.
Por eso, qué necesario es hacer «islas de silencio» en nuestro interior para pensar. En ese espacio secreto se forjan las ideas y convicciones que dan forma a la personalidad y a la vida interior. Y se piensa el proyecto de la propia vida, desde lo más singular, propio y especial de cada uno. Así ser a fondo quienes somos, ver hacia dónde apuntar, descubriendo el sentido de la propia vida, como nos legó el doctor Victor Frankl.
El silencio interior ayuda a reflexionar, a decidir cómo actuar, o cómo responder a las circunstancias, y a relacionarse mejor con los demás. Viendo si es bueno dejarse llevar de unas emociones, porque conducen a expresar el cariño y construir relaciones, o uno debe filtrar esos impulsos mediante el pensamiento, y la voluntad entrenada, porque sean dañinas o se “desboquen»… Incluso si no es momento, o el ámbito apropiado para expresarlas.
Así, con ese entrenamiento cotidiano, ser capaces de tener paz interior, de pensar por cuenta propia y apuntar alto, con entusiasmo, buscando la excelencia y el optimismo en lo que tengamos entre manos. Ver “semillas” de eternidad en las pequeñas cosas que pasan desapercibidas…
La buena convivencia precisa espacios de calma para que fluyan conversaciones, en las que cada persona es importante, y donde se aprende a confiar, a comprender, a ver las necesidades de los demás a la luz del cariño.
Además, mediante esas conversaciones se crea un ambiente familiar cálido que une y reconforta, donde sentirse muy a gusto, pues hay confianza, alegría y libertad. Y los hijos se sienten queridos, absorbiendo ese ambiente optimista y alegre por inmersión.
Por tanto, se trata de contar con el corazón: poner cariño en cada detalle, en cada tarea y conversación, con cada persona. Es la forma de hacer de las pequeñas acciones, hábitos y virtudes, pensando en los demás, y disfrutando cada vez más de ello. Ya lo decía Aristóteles. No es un cada vez más difícil, sino un disfrute mayor. Y esos hábitos conquistados son como los “ladrillos” para construir la personalidad de cada uno…
Porque, la propia pareja, o los hijos, no están para completar nuestros deseos o proyectos. Son personas: merecen ser amadas por sí mismas. Esto implica una salida constante de uno mismo: de la comodidad, del egoísmo, del deseo de control, de la necesidad de tener razón, del cansancio que debilita… Pero, en esa salida de uno hacia el otro hay escondido un “secreto” grande: que también uno crece, mejora, disfruta, al quererlos, queriendo su bien, pero el suyo.
Es decir, el cariño en familia, vivido con hondura y coherencia personal, a todos nos hace mejores personas, más auténticamente humanos. A quien ama, y a quien se siente amado. Y ese ambiente entrañable y cálido se difunde por donde pasamos…
Colaboramos en plenificar el mundo con los talentos que hemos recibido, gratuitamente, específicamente, para ponerlos “en funcionamiento” y crear belleza. Muy en concreto en familia, con cada vida humana que se estrena: el mayor milagro posible en esta planeta, gracias al amor.
* Conocerse como personas…
Volviendo a las conversaciones, en familia, con amigos…, es importante resaltar lo bueno y positivo de los otros. No quedarse atrapados en las pequeñas faltas o descontentos, que saltan a la vista y todos tenemos, o, en lo que nos disgusta personalmente por nuestra forma de ser. Cada uno somos muy distintos. Valorarlo y agradecerlo.
Ser capaces de ser comprensivos, alegres y empáticos, trabajadores, ordenados, responsables, generosos… Así como descubrir lo valioso de ayudar a los demás y la alegría que conlleva.
Es más, la persona se torna comprensiva y acogedora cuando hace suyas convicciones nobles, y da apoyo a quien se acerca a ella… señala la gran pedagoga Jutta Burggraf. “Es como un árbol con raíces profundas, que da sombra, apoyo y alivio a quien lo busque.” Todos queremos tener cerca personas con esa “talla” humana.
Es necesario detenerse en la belleza de los gestos y atenciones de cariño: son «el pulso del amor»… Es más, de este modo nos descubrimos como personas, y también descubrimos a los demás en sus mejores actuaciones. Nos quedamos con lo mejor de cada uno, que es el modo de conocerlos a fondo, en su propia singularidad.
Y todo esto se reflejará en la convivencia, en las conversaciones y anécdotas que se cuentan en tertulias animadas, donde cada uno se siente importante, querido, y protagonista de su propia epopeya… Porque, “la alegría, sentir la propia valía, ser apreciado y amado por otros, sentirse útil y capaz de producir, son factores de gran valor para el alma humana”, decía la doctora María Montessori.
Se trata de conocerse y conocer a los demás en las mejores actuaciones… Porque, en lo bueno hay que poner intencionalidad y esfuerzo, y las propias cualidades cultivadas. Lo más mediocre “sale solo» con dejarse llevar de la horizontal. Y a partir de ahí, desde los propios talentos, apuntar alto.
Por tanto, luchar por conquistar un ambiente alegre, optimista, con una comunicación empática y entrañable, y una grata convivencia, al compartir vivencias, ilusiones, trabajo en equipo, detalles y atenciones concretas, hasta preocupaciones, que de ese modo se confían y aligeran.
Aprender a ceder, a confiar, a ser flexible, a mostrar el cariño en cada ámbito. La afectividad es muy rica, pues aumenta la capacidad de amar de una persona: le hace sentir la dicha de hacer felices a los demás.
Así llegar al fondo del alma de las personas queridas, descubriendo la dicha de caminar juntos hacia una meta entusiasmante, que deseamos desde del fondo del corazón. Estamos hechos con anhelos de belleza e infinito…, nuestro corazón se siente apelado y lo busca.
Para acabar, una cita de G.K. Chesterton en Ortodoxia: «El hombre es mas él mismo, el hombre es mas humano, cuando la alegría es lo fundamental en él y la aflicción es superficial.”

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