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Mario J. Paredes

Voces

03 septiembre, 2026

7 min

La alegría de rescatar un nombre

Cardenal Marc Ouellet: la búsqueda inquebrantable de la verdad, la reparación del honor y la restauración del liderazgo cristiano desde la fe

La alegría de rescatar un nombre

Me he criado toda la vida en el seno de la Iglesia. A lo largo de los años, he sido testigo de las luces más deslumbrantes y de las sombras más profundas de la humanidad que la compone. He visto la fragilidad, el pecado, la grandeza y la santidad caminar de la mano en los pasillos de nuestras parroquias y diócesis. Pero en cada una de esas realidades humanas, en cada rostro, ya sea el que ríe o el que llora, he encontrado siempre algo de Cristo. Desde ahí, desde esa certeza inquebrantable de que la gracia actúa en medio de nuestro barro, es desde donde elijo caminar, mirar al mundo y escribir estas líneas.

Deseo celebrar públicamente al Sr, Cardenl Ouellet, en esta hora. Estoy alegre porque lo he acompañado y apoyado durante todo este proceso. Es un gran sacerdote, misionero, educador nato y un gran teólogo y líder en pensamiento en nuestra Iglesia. Ocupo grandes puestos y siempre se esmeró por servir amando la verdad y la tradición de nuestra Iglesia.

Hoy nos enfrentamos a un terreno que es tan sagrado como dolorosamente herido. Es innegable que los juicios por acciones contra el voto de castidad —y de forma mucho más aguda y desgarradora cuando estos hechos afectan a menores de edad— representan uno de los temas más debatidos, lacerantes y sensibles en la historia reciente de la Iglesia. Es una herida abierta en el Cuerpo de Cristo que nos duele a todos. Como comunidad de creyentes, tenemos el deber moral y evangélico de escuchar a las víctimas verdaderas, de purificar nuestras instituciones y de erradicar sin contemplaciones cualquier sombra de abuso. Esa búsqueda de justicia y de «tolerancia cero» no es una simple concesión a las exigencias de la sociedad moderna, sino un mandato directo del Evangelio.

Sin embargo, en medio de este justísimo y necesario celo por proteger a los más vulnerables, hemos de tener mucho cuidado para no convertir la presunción de inocencia en un daño colateral irreparable. Hay un viejo proverbio que describe a la perfección la dinámica implacable de nuestro tiempo: «El árbol hace ruido cuando cae, pero no cuando crece». Cuando una figura pública es acusada de este tipo de actos, el estruendo mediático es colosal. La condena social, alimentada por la inmediatez de nuestra era, suele ser automática y feroz. Pero, ¿qué sucede cuando la tormenta pasa y la justicia demuestra que no había nada? ¿Qué hacemos con las personas que han sido absueltas, cuyos casos judiciales caen por su propio peso porque se demuestra que no tienen sustancia alguna? El silencio mediático que sigue a una absolución suele ser hiriente, porque no buscan la verdad, sino el morbo de la noticia del árbol caído.

Este es el dramático escenario sobre el que nos invita a reflexionar la reciente noticia del cardenal de Canadá, Marc Ouellet. Una figura de altísimo relieve eclesial que fue objeto de graves acusaciones y que, tras someterse al escrutinio de los tribunales, ha quedado libre de ellas. La justicia civil ha dictaminado a su favor en la demanda por difamación, señalando con contundencia que las acusaciones de la mujer que lo señaló carecían de fundamento y que su testimonio no era «ni creíble ni fiable». El tribunal fue aún más allá al determinar que las alegaciones eran simplemente falsas.

Al observar el caso de Mons. Ouellet, uno no puede evitar hacerse una pregunta profunda: ¿la fama, la identidad íntima y pública de una persona, puede ser verdaderamente reparada tras una acusación como esta? El juez del caso señaló un aspecto devastador: el daño al honor del cardenal se vio agravado porque su caso fue incluido en una demanda colectiva dirigida principalmente contra religiosos pedófilos. Esto equiparó injustamente al cardenal, a los ojos del ciudadano común, con un grupo de individuos condenables, a pesar de que las acusaciones contra él no involucraban a menores ni tenían sustento.

Los costos humanos, psicológicos, espirituales y económicos de estos procesos son absurdos y rompen vidas enteras. Una acusación infundada es capaz de destruir en un titular de periódico el prestigio pastoral y la entrega de toda una vida. En medio de esta intemperie, surge, además, una pregunta espiritual insoslayable: ¿Dónde queda la relación con Dios y la autoridad de aquellos que son acusados impunemente?

La autoridad en la Iglesia no es un ejercicio de poder terrenal, sino un servicio fundamentado en la credibilidad moral, en el testimonio ético y en el amor. Cuando un pastor es difamado, su credibilidad, su herramienta principal para evangelizar, su papel como pastor, es mutilada. Ante el mundo, su autoridad parece perdida para siempre bajo la niebla de la sospecha. ¿Cómo se puede reconstruir una autoridad destruida de esta manera?

Desde la luz del Evangelio, sabemos que esta autoridad no se recupera mediante costosas campañas de relaciones públicas ni alzando la voz con prepotencia. Se reconstruye desde el misterio mismo de la Cruz. El creyente acusado falsamente atraviesa una «noche oscura», experimentando el mismo abandono y escarnio que sufrió Jesucristo cuando fue difamado y condenado por los tribunales de su época. Es en ese silencio sufriente donde la relación con Dios se acrisola, haciéndose más íntima y verdadera. La autoridad, entonces, se restaura desde la mansedumbre y desde la paz de una conciencia intacta.

El cardenal Ouellet nos ha dado un testimonio luminoso de cómo se reconstruye el liderazgo cristiano tras el calvario de la difamación: ha anunciado que los 100.000 dólares de indemnización ordenados por el juez serán donados íntegramente a organizaciones que luchan contra el abuso real que sufren los pueblos indígenas en su país. De este modo, la herida de una acusación injusta se transforma en un acto de caridad concreta. La autoridad moral se levanta de nuevo, no desde el rencor o la revancha, sino desde la misericordia evangélica.

Debemos ser sumamente prudentes y equilibrados con este asunto. Celebrar una absolución jamás debe interpretarse como una falta de empatía hacia el dolor inmenso de las víctimas reales. Sin embargo, ese respeto sagrado por el sufrimiento ajeno no debe impedirnos vivir y proclamar la alegría de rescatar un nombre. Devolver el honor a quien se le había arrebatado de manera injusta es una obra de caridad suprema y un deber de justicia.

Rescatar un nombre es reconocer que la verdad, aunque a veces llegue con paso lento, tiene la última palabra. Jesús nos prometió que «la verdad os hará libres». Cuando la justicia prevalece, toda la comunidad cristiana debería alegrarse, porque se sana un miembro del Cuerpo de Cristo que había sido lacerado por la mentira.

La Iglesia está llamada a caminar siempre abrazando la justicia y la verdad, condenando el pecado con firmeza, protegiendo a los más pequeños, pero defendiendo con la misma fuerza el honor y la presunción de inocencia de nuestros hermanos. A pesar de nuestras sombras, de nuestra miseria, la gracia de Dios sigue creciendo en silencio y desbordándose. Y en ese bosque silencioso de hombres y mujeres de fe que caminan en el amor a Cristo, cada nombre restaurado, cada verdad que sale a la luz, es un brote fresco de esperanza para toda la humanidad.

Mario J. Paredes . Presidente . Academia Internacional de Lideres Católicos

Más información sobre el caso Ouellet

Mario J. Paredes

Presidente ejecutivo de SOMOS Community Care, una red de 2,600 médicos independientes -en su mayoría de atención primaria- que atienden a cerca de un millón de los pacientes más vulnerables del Medicaid de la Ciudad de Nueva York