22 septiembre, 2026

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La justicia que desborda el cálculo

Los tiempos y la generosidad de Dios

La justicia que desborda el cálculo

Hay un detalle fascinante en la parábola de los obreros de la viña (cf. Mt 20,1-16) que el Papa León XIV subraya con agudeza en su reciente Ángelus: el dueño de la mies no se limita a contratar al amanecer, sino que sale una y otra vez a diferentes horas del día —a media mañana, al mediodía, por la tarde y casi al caer el sol— para buscar trabajadores.

Esto nos revela el rostro de un Dios que nunca se cansa de salir a nuestro encuentro, buscándonos incluso en los momentos más imprepredecibles o tardíos de nuestra vida. Ninguna hora es tarde para Él; siempre hay un puesto en su viña para quien se deja llamar.

Sin embargo, el corazón del texto se despliega en el momento de la paga, donde choca nuestra mentalidad humana y surge el gran interrogante sobre la virtud de la justicia.

El escándalo de la gracia y el peso del día

A los ojos de nuestra lógica estricta —marcada por el mérito y la retribución proporcional—, pagar lo mismo a los últimos que a los primeros parece injusto. Los obreros de la primera hora soportaron el peso del trabajo y del sol con toda su crudeza, mientras que los últimos apenas trabajaron unos minutos. ¿Dónde queda la justicia?

El Papa nos advierte que el problema radica en oponer resistencia «a una justicia más generosa y a un amor mayor». Dios no actúa según el frío cálculo de la balanza comercial, sino desde la superabundancia de su misericordia. El amo cumple estrictamente su palabra y su pacto con los primeros, pero decide mostrar su bondad desbordante con los últimos ante los ojos de todos. Es más, el detalle de mandar pagar «desde los últimos hasta los primeros» es completamente intencional: busca derribar la pretensión de quienes se creen superiores o acreedores de derechos adquiridos por sus propios méritos.

Dios no se deja ganar en generosidad: el ciento por uno

¿Significa esto que quienes han entregado su vida entera desde el principio salen perdiendo? En absoluto. Dios no se deja ganar en generosidad. Como Jesús mismo prometió en otro pasaje evangélico, aquel que lo deja todo por su Reino recibe ya «el ciento por uno aquí en la tierra y, en el mundo futuro, la vida eterna».

Los trabajadores de la primera hora —entre los que están aquellos que Dios llama al sacerdocio, a la vida religiosa o al celibato apostólico— tienen el inmenso privilegio de haber permanecido junto al Amo durante todo el día, compartiendo su fatiga pero también su intimidad, su jornada y su compañía constante. Esa entrega prolongada es ya, en sí misma, una recompensa incalculable. La paga final —el cielo, la comunión plena con Dios— es un don gratuito para todos, porque la meta del Padre no es saldar cuentas, sino hacernos partícipes de su misma vida.

Construir el Reino: de la justicia divina al día a día

Ese mismo don gratuito y desbordante es el que nos interpela a todos. Como constructores llamados a levantar el Reino de Dios —ya sea desde la consagración total o desde la entrega ordinaria—, no podemos quedarnos en meros espectadores: estamos llamados a procurar que esta justicia divina se alinee de igual modo con su omnipotente misericordia en nuestra vida diaria.

Y esto, ¿cómo se traduce?

No hace falta buscar grandes escenarios. Si te detienes a pensarlo, ¿cuál es tu ámbito de responsabilidad? No necesitamos irnos muy arriba para asumir un papel protagonista. La inmensa mayoría de los fieles cristianos son padres y madres de familia. Es ahí, en el fragor de lo cotidiano, donde se nos pide poner imaginación y creatividad para encarnar esta justicia misericordiosa. Con los pequeños-grandes gestos de cada día —con paciencia, perdón, comprensión y entrega desinteresada— se puede lograr construir hogares verdaderamente cristianos y alegres, capaces de desafiar la fatiga y las asperezas de la rutina.

Una justicia transfigurada por el amor

Al final, trabajar en la viña del Señor —ya sea en la entrega total del sacerdocio, de la vida consagrada, del celibato apostólico o en el latido diario del hogar y el trabajo— no es un contrato mercantil, sino una gracia desbordante. Es una vocación; es responder a la llamada de Dios a cualquier hora del día.

Comprender que la justicia de Dios no anula nuestro esfuerzo humano, sino que lo purifica del veneno de la envidia y del orgullo, transforma radicalmente nuestra manera de vivir la fe.

Como señala León XIV, «todos obtenemos alegría, sabiduría y un futuro cuando la ley del amor interrumpe la del cálculo, la experiencia de la misericordia amplía la del mérito y el don de la paz suspende las rivalidades». Todo ello nos libera de mirar al prójimo con recelo y nos invita a alegrarnos de que la misericordia de Dios alcance a todos por igual, demostrando que la verdadera justicia no consiste en aplicar estériles matemáticas, sino en dejar que el amor de Dios desborde nuestro corazón y empape cada rincón de nuestra vida.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.