11 agosto, 2026

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Tomasa Calvo

Voces

11 agosto, 2026

12 min

Descubrir el eclipse del sentido común

La paradoja de nuestra sociedad actual: entre el avance científico y la pérdida de la capacidad para juzgar razonablemente la realidad.

Descubrir el eclipse del sentido común

El próximo 12 de agosto, miles de personas dirigirán sus ojos al cielo para contemplar un eclipse solar. Durante unos instantes, la luz del día parecerá desaparecer y la sombra ocupará el lugar que habitualmente pertenece a la claridad.

La ciencia lleva años estudiando estos fenómenos y hoy somos capaces de predecirlos con una precisión extraordinaria. Sabemos cuándo ocurrirán, dónde podrán contemplarse mejor y qué medidas deben adoptarse para disfrutar de ellos con seguridad. También sabemos que un eclipse moviliza mucho más que nuestra curiosidad: desplazamientos, alojamientos, servicios sanitarios, dispositivos de seguridad, prevención de incendios y numerosos recursos destinados a garantizar que todo transcurra con normalidad.

El eclipse se convierte así en acontecimiento científico, turístico, económico y social.

Pero mientras pensamos en cómo contemplar mejor un eclipse que durará apenas unos minutos, quizá deberíamos preguntarnos por otros eclipses mucho más prolongados y, sobre todo, mucho más difíciles de reconocer.

Porque también existen eclipses que no oscurecen el sol. Son eclipses que oscurecen la razón, la conciencia, la responsabilidad y, en último término, el sentido.

El eclipse del sentido común

Nuestra sociedad parece vivir una época paradójica. Nunca hemos tenido tanta información, tantos conocimientos, tantos instrumentos tecnológicos para interpretar la realidad y tantas posibilidades para comunicarnos. Y, sin embargo, cada vez resulta más frecuente escuchar una expresión aparentemente sencilla: “Esto es de sentido común”.

Quizá porque el sentido común empieza a escasear.

Podríamos hablar del eclipse de la responsabilidad política, del eclipse de la autoridad de los padres, del eclipse de la autoridad docente, del eclipse de la responsabilidad social o del eclipse de la conciencia medioambiental. Son eclipses diferentes, pero quizá todos tengan un origen común: el debilitamiento de nuestra capacidad para distinguir lo razonable de lo absurdo, lo conveniente de lo perjudicial, lo verdadero de lo falso y, en definitiva, el bien del mal.

Chesterton expresó esta paradoja con una de esas frases que parecen sencillas hasta que uno descubre su profundidad: “Llegará un día en que habrá que demostrar que el pasto es verde”. Tal vez ese día no esté tan lejos.

La Real Academia Española define el sentido común como la “capacidad de entender o juzgar de forma razonable”. Es una definición aparentemente modesta, pero encierra una cuestión esencial: juzgar razonablemente la realidad.

El sentido común no es simplemente saber muchas cosas. Tampoco consiste en repetir lo que piensa la mayoría. Es la capacidad de relacionar lo que sabemos con la realidad concreta, de valorar las consecuencias de nuestras decisiones y de actuar de acuerdo con una razón práctica que no haya perdido el contacto con la experiencia.

Por eso el sentido común es práctico, porque nos ayuda a afrontar los problemas cotidianos; intuitivo, porque nos permite reconocer determinadas situaciones sin necesidad de complicados razonamientos; compartido, porque se alimenta de la experiencia acumulada por la sociedad; y lógico, porque exige cierta coherencia entre lo que pensamos, lo que hacemos y las consecuencias de nuestros actos.

En definitiva, el sentido común nos mantiene vinculados a la realidad.

Y quizás ese sea precisamente uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: hemos acumulado herramientas para conocer la realidad, pero no siempre conservamos la capacidad de reconocerla.

Cuando lo evidente deja de serlo

El sentido común nos dice que antes de cruzar una calle debemos mirar; que no debemos adentrarnos imprudentemente en un lugar peligroso; que debemos proteger nuestra intimidad; que robar es injusto; que la corrupción perjudica al bien común; que los niños necesitan padres presentes y responsables; que la educación requiere esfuerzo y exigencia; que no toda dificultad propia de la maduración humana constituye necesariamente una enfermedad; que los gobernantes deben rendir cuentas; que los servicios públicos necesitan recursos adecuados; que nuestros bosques y nuestros ríos deben ser protegidos; que una sociedad debe cuidar especialmente a quienes son más vulnerables.

Son afirmaciones sencillas o quizás demasiado sencillas. Y, sin embargo, en algunas de ellas parece que hemos llegado al punto de necesitar largas discusiones para defender lo que durante generaciones se consideró evidente.

La experiencia de los últimos años debería habernos recordado la importancia de la prudencia, la previsión y la responsabilidad. La pandemia de covid-19, la erupción del volcán de La Palma, la DANA de Valencia, los incendios forestales, los accidentes ferroviarios o las dificultades relacionadas con la seguridad y la protección de las fronteras nos muestran que la realidad no siempre se adapta a nuestros deseos.

La realidad existe. Y, cuando la ignoramos, tarde o temprano termina imponiéndose.

El eclipse digital

A esta pérdida de contacto con la realidad se añade un fenómeno relativamente nuevo: la progresiva colonización de nuestra vida por el mundo digital.

La tecnología no es el problema. Al contrario, es una expresión de la inteligencia humana que debe ponerse al servicio de la persona, de la ciencia, de la educación y del progreso. El problema puede aparecer cuando la herramienta comienza a sustituir a la persona.

Las redes sociales pueden convertir la emoción en criterio de verdad y el impacto en criterio de valor. Un “me gusta” puede llegar a tener más importancia que una conversación real. Una imagen puede parecer más verdadera que la propia experiencia. Un insulto escrito en una pantalla puede parecer menos grave que el mismo insulto pronunciado cara a cara.

Y así, poco a poco, podemos terminar viviendo una realidad en la que lo virtual adquiere más peso que lo real.

El eclipse aparece también cuando una persona pone en riesgo su vida para conseguir una fotografía, cuando alguien graba un accidente antes de ayudar a la víctima, cuando se utilizan las redes sociales para humillar a alguien que ni siquiera conocemos o cuando se delega nuestra capacidad de juicio en un buscador, un algoritmo o una herramienta de inteligencia artificial.

El GPS es extraordinariamente útil, pero no puede sustituir nuestros ojos.

Una aplicación puede proporcionarnos información, pero no puede sustituir nuestra conciencia.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a pensar, pero no puede asumir nuestra responsabilidad moral.

La tecnología puede ampliar nuestras capacidades. Lo que no puede hacer es sustituir nuestra libertad.

El eclipse de la responsabilidad

Otro de los grandes eclipses de nuestro tiempo es el individualismo. Una sociedad individualista corre el riesgo de convertir al otro en un obstáculo. Basta observar comportamientos cotidianos: ocupar un asiento reservado para una persona mayor o embarazada; ignorar a quien necesita ayuda; utilizar un espacio común como si fuera exclusivamente nuestro; mirar una pantalla mientras alguien nos habla.

Son pequeños gestos. Pero los pequeños gestos también construyen una sociedad.

La misma lógica aparece en las redes sociales cuando la polarización convierte al que piensa diferente en enemigo. Ya no necesitamos conocer a una persona para juzgarla. Basta con colocarla dentro de una categoría, atribuirle una etiqueta y cancelar su voz.

La conversación desaparece. Y cuando desaparece la conversación, desaparece también una parte esencial de la vida democrática: la capacidad de escuchar al otro.

El sentido común nos recuerda algo elemental: podemos estar en desacuerdo con una persona sin dejar de reconocer su dignidad.

El eclipse de la política

Quizá uno de los eclipses más visibles de nuestro tiempo sea el que afecta a la política.

La política debería ser una de las expresiones más nobles de la responsabilidad humana: la búsqueda del bien común, la protección de los más vulnerables, la administración responsable de los recursos y la creación de las condiciones necesarias para que las personas puedan desarrollar una vida digna.

Sin embargo, cuando la política queda sometida al oportunismo electoral, al interés partidista o a la ideología entendida como criterio absoluto, puede perder de vista aquello que debería justificarla: la persona.

La ciudadanía percibe, en ocasiones, una distancia creciente entre las instituciones y los problemas concretos de la vida cotidiana. Mientras determinados proyectos públicos pueden consumir enormes cantidades de recursos, existen servicios sanitarios, educativos, infraestructuras de transporte o cuerpos encargados de garantizar la seguridad que reclaman más medios.

Algo semejante ocurre cuando la burocracia deja de estar al servicio del ciudadano y termina convirtiendo al ciudadano en servidor de la burocracia.

La digitalización puede facilitar extraordinariamente nuestra vida. Pero si una persona mayor, alguien con discapacidad o un ciudadano sin competencias tecnológicas no puede acceder a un servicio porque todo el sistema presupone que sabe manejar una pantalla, entonces la herramienta ha dejado de estar al servicio de la persona. Y eso tampoco es sentido común.

Las leyes, por su parte, deberían partir de la realidad y tratar de mejorarla. Para ello necesitan conocimiento, experiencia, diálogo y prudencia. Las normas que afectan al medio ambiente, al campo, a la educación, a la discapacidad, a la familia, a la protección de la vida o a la seguridad de las fronteras no pueden elaborarse ignorando la experiencia de quienes conocen directamente esas realidades.

Gobernar no consiste en imponer una idea sobre la sociedad. Gobernar consiste en servir a la sociedad.

El eclipse de la razón

Pero quizás nos estemos quedando todavía en la superficie. Porque el eclipse del sentido común no puede explicarse únicamente por la política, la tecnología, la educación o las redes sociales.

Hay algo más profundo. El sentido común presupone que existe una realidad que podemos conocer. Presupone que la razón humana es capaz de acercarse a la verdad y que nuestra conciencia puede reconocer el bien.

Y aquí aparece la cuestión decisiva.

¿Qué ocurre cuando dejamos de creer que existe una verdad?

¿Qué sucede cuando cada persona considera que puede construir su propia realidad?

¿Qué queda de la conciencia cuando ya no existe un bien objetivo al que orientar nuestras decisiones?

El resultado puede ser una sociedad extraordinariamente informada y, al mismo tiempo, profundamente desorientada.

Podemos saber cómo llegar a cualquier lugar y no saber hacia dónde vamos.

Podemos comunicarnos instantáneamente con miles de personas y sentirnos profundamente solos.

Podemos disponer de una cantidad inmensa de información y no saber qué merece la pena conocer.

Podemos prolongar la vida y no saber para qué vivir.

Podemos conquistar una libertad casi ilimitada y no saber para qué queremos ser libres.

Ese es, quizás, el eclipse más profundo.

El eclipse de Dios

Desde la perspectiva del humanismo cristiano, detrás del eclipse del sentido común puede existir un eclipse todavía mayor: el eclipse de Dios.

Cuando Dios desaparece del horizonte del hombre, no desaparece únicamente una creencia religiosa. Se oscurece también una determinada concepción de la persona.

Si el hombre ya no es criatura, sino únicamente individuo; si deja de ser alguien para convertirse en algo; si su dignidad depende de sus capacidades, de su utilidad, de su autonomía o del reconocimiento de los demás, entonces resulta mucho más difícil responder a las preguntas fundamentales.

¿Quién soy?

¿Por qué mi vida tiene valor?

¿Qué debo a los demás?

¿Qué significa realmente ser libre?

¿Qué es el bien?

¿Existe una verdad que no dependa de mis preferencias?

El cristianismo ofrece una respuesta radical a estas preguntas: el ser humano posee una dignidad que no le concede el Estado, ni la sociedad, ni la mayoría, ni siquiera él mismo. Su dignidad procede de haber sido creado a imagen de Dios y amado por Él.

Por eso el humanismo cristiano no consiste en colocar a Dios frente al hombre, sino en descubrir que cuando Dios ilumina al hombre, el hombre puede comprender mejor quién es.

La fe no apaga la razón. La ilumina.

Y la razón, cuando permanece abierta a la verdad, puede conducirnos hasta las preguntas últimas que la técnica, la política o la economía nunca podrán responder por sí solas.

Después del eclipse

El próximo 12 de agosto miraremos al cielo.

Durante unos minutos, la luz quedará parcialmente oculta. Pero sabemos que el sol seguirá ahí. El eclipse no destruye la luz; simplemente se interpone entre ella y nuestros ojos.

Tal vez esta imagen pueda ayudarnos a comprender nuestra propia época.

Quizá la verdad no haya desaparecido.

Quizá el bien no haya dejado de existir.

Quizá Dios no se haya alejado.

Quizá seamos nosotros quienes hemos permitido que demasiadas sombras se interpongan entre la realidad y nuestra mirada.

Por eso, contemplar un eclipse puede convertirse también en una invitación.

Una invitación a recuperar el sentido común.

A recuperar la prudencia.

A recuperar la responsabilidad.

A recuperar el valor de la palabra, del diálogo y de la verdad.

A recuperar una educación que enseñe no solo a saber, sino también a discernir.

A recuperar una política entendida como servicio.

A recuperar una tecnología sometida a la persona y no una persona sometida a la tecnología.

Y, sobre todo, a recuperar la capacidad de levantar la mirada.

Porque quizá el mayor peligro de nuestro tiempo no sea que la luz desaparezca.

El verdadero peligro es acostumbrarnos a vivir en la oscuridad.

Y quizá por eso, detrás de todos los pequeños eclipses de nuestra época, haya una pregunta que sigue esperando respuesta:

¿Qué luz estamos buscando para volver a encontrar el sentido?

Tomasa Calvo

Matemática y doctora en Informática. Defensora de la verdad, del bien y de lo bello y, cómo no, de la libertad, entendida como la facultad que nos ayuda a hacer el bien. Su espíritu inquieto le llevó a promover el evento cultural "Conversaciones con Luz Propia" en Teruel.