Cardenal Arizmendi: Atención a las adicciones
La compleja realidad de las adicciones —desde sustancias ilícitas hasta el alcohol y las pantallas— y propone una respuesta integral basada en la prevención familiar, la empatía y el acompañamiento pastoral
El cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ofrece a los lectores de Exaudi su artículo.
HECHOS
Hace muchos años, en Chiapas, una joven me confió que andaba en las drogas y ya se quería salir, pero que los líderes la amenazaban que, si se salía, se atuviera a las consecuencias, tanto para ella como para a sus familiares, incluido su asesinato. Por fin, logró escapar y me decía que cayó en ese mundo primero por experimentar lo que se siente, luego por gusto y por negocio, pues sacaban buen dinero con andar vendiendo drogas. ¡Qué difícil es salir de ese mundo!, sobre todo cuando están dentro por adicción propia o por el negocio que eso significa. A dos de nuestros seminaristas, que estudiaban la Preparatoria en una escuela pública, les estaban obligando a vender droga en la misma institución; tuvimos que intervenir ante los maestros para que tomaran cartas en el asunto. Se liberaron de esa presión.
En muchos lugares hay los que llaman “anexos”, donde hay cientos de jóvenes y mayores de edad adictos al alcohol o a las drogas, en un proceso de recuperación. Hay casos en que, después de varios meses, salen y se mantienen sobrios; pero otros vuelven a caer, porque son muy profundas las heridas que llevan dentro. Un grupo de sacerdotes de Toluca, desde hace tiempo, tienen un centro de rehabilitación con la finalidad de ayudar a quienes han caído en esas adicciones. Hay miles de historias de todo signo.
Una adicción muy común es el exceso en bebidas embriagantes, sin excluir a mujeres. Son personas trabajadoras y cumplidas en su hogar, pero también con necesidades profundas, como ser reconocidos por parte de otros que tienen la misma inclinación, o por el gusto de reunirse y formar un grupo dizque de amigos, o por compensar complejos y frustraciones; también dicen que es para relajarse de tantas responsabilidades y problemas que tienen.
Otra adicción más actual es la dependencia excesiva de las pantallas, sea de televisión, de celulares, de tabletas y otros medios modernos. Una cosa es saberlos utilizar, pues tienen sus grandes ventajas, y otra hacerse sus esclavos.
ILUMINACION
El Papa León, en una reunión con personas del CELAM, de la OEA y de Dicasterios Pontificios, expresó: “Las adicciones son un fenómeno complejo que pone de manifiesto el fracaso de un mundo deshumanizado. El sufrimiento de los jóvenes nos reclama respuestas integrales: prevención comunitaria, atención científica, justicia con rostro humano y acompañamiento pastoral cercano. Nuestra contribución tiene que ir dirigida al cuidado, la presencia y la reconstrucción del tejido comunitario.
Me complace constatar cómo, en este encuentro, convergen cuatro puentes que representan otras tantas vías de colaboración en este ámbito.
El primer puente es entre la Iglesia y los organismos internacionales, ya que nadie puede enfrentar solo el problema de las drogas. El segundo puente es entre la ciencia y la fe. El tercer puente es dentro de la Iglesia que peregrina en los distintos continentes. El cuarto puente es ecuménico.
Pero permítanme detenerme un instante en una institución que recorre nuestro trabajo de manera transversal: la familia. La familia, que el Concilio Vaticano II la llamó justamente «iglesia doméstica», es el lugar donde se cultiva la vida, donde se la cuida y proyecta. No hay mejor prevención contra las drogas que una buena familia.
Actualmente, somos testigos del dolor de muchas familias rotas, ya sea por el consumo de drogas, la violencia, el reclutamiento criminal de un hijo, la pobreza o la falta de oportunidades que empujan al costado del camino. San Juan Pablo II nos pidió hacer de la Iglesia «la casa y la escuela de la comunión». Y el Papa Francisco nos recordó que Jesús quiere que «toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás». Aquí queda expresado el núcleo de la misión que ustedes llevan adelante: que la Iglesia sea una familia, incluyendo especialmente a las personas que sufren.
Finalmente, quisiera expresarles un deseo: que la Iglesia sea la familia de todas las personas que se quedaron al margen del camino. Como el samaritano, que se hizo prójimo del hombre caído, no pasemos de largo; construyamos una Iglesia que se detiene, se acerca, se conmueve, unge las heridas, alimenta y se convierte en hogar” (27-VIII-2026).
ACCIONES
En vez de sólo menospreciar, juzgar y ofender a quienes han caído en alguna de estas esclavitudes, esforcémonos por tratar de descubrir la causa de sus adicciones. Quizá en la propia familia no han recibido el aprecio y el cariño que todos necesitamos. Quizá lleven en el alma heridas muy profundas, puede ser que desde su niñez. Quizá van arrastrando complejos emocionales que les hacen refugiarse en estas compensaciones momentáneas. No sólo los condenemos. Tratemos de darles atención respetuosa y ofrecerles los medios apropiados para su liberación.

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