El peligro de esperar el perdón perfecto
Perdonar no es borrar el dolor de un plumazo; es el arte urgente de firmar la paz con nuestras propias heridas y atreverse a dar el primer paso.
Sin perdón es imposible la paz. Una verdad tajante y evidente que no solo se alza como el gran reto de los conflictos geopolíticos que ensangrientan el planeta, sino que se juega cada día, sin tregua, en las pequeñas cosas: en la trinchera invisible de la convivencia familiar, en la rutina laboral, en las aulas de los colegios y en los afectos más cercanos.
El papa León XIV, en su rezo del Ángelus dominical de este 13 de septiembre, recordaba cómo el Evangelio nos sitúa de patitas en la realidad ante este valor fundamental de la vida cristiana. Todo nace de aquella pregunta punzante de Pedro: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?».
La respuesta de Jesús, exigiendo ir más allá de todo cálculo humano hasta «setenta veces siete», dinamita cualquier contabilidad o plazo de caducidad.
El perdón es la condición de oxígeno sin la cual la convivencia asfixia. Como advierte el Papa, allí donde el rencor y la venganza echan raíces, «se destruyen las relaciones, se dividen las familias y se desencadenar guerras».
Frente a esa maquinaria de destrucción, el perdón irrumpe como «un viento favorable» capaz de barrer «incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol».
Pero no nos engañemos: el camino está minado de escollos. Tropezamos a diario con malentendidos, susceptibilidades y, a veces, con heridas tan profundas que nuestra frágil naturaleza clama catalogar de «imperdonables». Y, sin embargo, es ahí donde el Evangelio nos arrastra a contracorriente: Jesús nos pide perdonar y acoger.
El espejo más luminoso lo encontramos en el propio san Pedro, quien «lo experimentó en varias ocasiones a lo largo de a su vida; en particular cuando, tras haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al encontrárselo resucitado a orillas del lago, escuchó una única pregunta: “Simón […], ¿me amas?” (Jn 21,15), acompañada de una invitación: “Sígueme” (v. 19). Exactamente como al principio, el día de su primer encuentro, como si nada hubiera pasado».
Una caridad que «olvida y sana», demostrando que el perdón no maquilla el pasado, sino que rescata y restaura por completo la misión.
El perdón como un arte inacabado
Perdonar, en realidad, es un auténtico arte. Y como ocurre con las grandes obras maestras, nos enfrenta a la perpetua insatisfacción de la imperfección.
Del mismo modo que un artista genuino podría pasar la vida entera puliendo un lienzo o cincelando una estatua sin hallarse jamás del todo satisfecho —llegando un punto en el que lo único que puede hacer es, sencillamente, «dejar su obra»—, con el perdón sucede exactamente lo mismo.
Nos duele comprobar que nuestro perdón nunca es perfecto; nos parece que podríamos haber dado más y, sobre todo, que el otro se ha quedado a medias. Esta exigencia mal entendida amenaza con convertir el perdón en una senda infinita e intransitable: un laberinto de reproches de guante blanco donde la reconciliación se aplaza eternamente a la espera de una pureza inalcanzable que rara vez pisa la tierra. Por eso, hay que alcanzar la madurez de saber plantar un límite y decir: «Esto ya está perdonado».
Asumir con humildad nuestro barro cocido, aceptando perdonar a medias tintas si es lo único que nos alcanza, sabiendo que falta esa perfección ideal que querríamos firmar.
Porque perdonar no es un truco de magia que disuelve el dolor de un plumazo. A menudo, aun habiendo decidido perdonar desde el primer segundo, late en el alma un sutil y tenaz regusto de tristeza. Esa cicatriz que se cierra con lentitud es el terreno propicio para renovar la apuesta y, al mismo tiempo, pedir con humildad al ofensor que arrime el hombro en la tarea titánica de reconstruir la confianza rota.
Nuestra postura debe ser siempre la de tender puentes y allanar el terreno las veces que haga falta. La alternativa a este esfuerzo es el páramo.
Hace años, un alumno me confesaba con desgarrador dolor, tras el abandono diáfano de su padre: «Odio a mi padre». Construir una biografía sobre la argamasa del odio y la cerrazón del no-perdón es una condena titánica; encadena a la persona a una desconfianza perpetua que dinamita su propia felicidad y deja sembrada la sospecha de que el amor verdadero es, en el fondo, una ilusión inalcanzable.
Vivir sin perdonar equivale a habitar una celda de alta seguridad cuyas llaves tiramos nosotros mismos al mar.
Saber perdonar, en su esencia más radical, es poner el corazón en el suelo para que los demás pisen blando —un oficio que conocen bien las madres y los padres de este mundo—, asumiendo con plena conciencia de que, cuando eso sucede, el corazón sangra.
Al final, todo se reduce a una cuestión estrictamente personal.
Piensa por un momento: ¿qué es lo que retienes hoy en el puño de tu mano? ¿Qué cuentas pendientes, qué pequeños o grandes rencores sigues puliendo de manera enfermiza esperando una disculpa perfecta que quizás nunca llegue?
El arte del perdón nos exige dejar de posponer la vida. Nos invita a cerrar los ojos ante lo que falta, a firmar nuestra obra con sus tachones y sus costurones, y a dar el paso.
Porque la pregunta ya no es qué hicieron los demás, ni cuántas veces dice el Evangelio que debemos perdonar. La pregunta ineludible es para ti, aquí y ahora: ¿te vas a atrever a soltar las llaves de tu propia celda?
Acoger el perdón de lo Alto y regalarlo a borbotones a nuestro alrededor es el único antídoto contra la metástasis del rencor. Como imploraba León XIV invocando a la Virgen María, Madre de la Misericordia, necesitamos que nos sostenga «a perdonar siempre, incluso cuando resulte difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor».

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