Útil y autónomo: dos formas peligrosas de fundar la dignidad
Cuando la utilidad y la autonomía definen nuestra valía, la dignidad humana corre peligro
¿Somos dignos porque somos útiles? ¿Somos dignos porque somos autónomos? Si es así, no habremos de esperar a la vejez para que nuestra dignidad se vea desplazada por máquinas más útiles y, al menos en apariencia, más autónomas que nosotros.
La utilidad
Hoy hemos separado peligrosamente la belleza de la verdad, haciéndola mera apariencia: “Una belleza separada de la verdad y del bien, se convertiría en una máscara superficial y meramente subjetiva si no individualista” (Benedicto XVI). Hoy en día la utilidad es un valor superior y la belleza ha quedado reducida a apariencia, belleza útil, consumible y pornográfica. Y la utilidad es la antítesis de la verdadera belleza, como explicaba Nuccio Ordine. La belleza es, por sus propias características, inútil. Las obras de arte permanecen en el mundo más que ninguna otra cosa, entre otras razones, porque no se usan, porque no son objetos útiles. Están hechas para ser contempladas. La utilidad, en cambio, es una cualidad de los objetos y referida a estos es del todo recomendable tenerla en cuenta: los objetos tienen, en general, que ser útiles, mientras que otros objetos ejercen funciones simbólicas, igual o más importantes que la utilidad.
La utilidad aplicada a la persona se traduce en su capacidad. Respecto a la capacidad, está claro que el discapacitado carece de alguna aptitud que, en principio, es propia de los seres humanos sanos plenamente desarrollados. Ahora bien, al afrontar este tema queremos dos cosas incompatibles: defender la dignidad del discapacitado al tiempo que exigimos capacidades para reconocerla. Tenemos tan interiorizado que el valor de la persona reside en sus capacidades que decimos que los discapacitados tienen “capacidades diferentes” o, de forma aún más fantasiosa, una “inteligencia alternativa” para los que tienen discapacidad intelectual. De esta forma tan extraña pretendemos justificar su dignidad. Decimos que “es útil a su modo”. La utilidad es importante para justificar la existencia de los instrumentos, pero las capacidades de las personas no son lo determinante para saber si poseen dignidad.
Debemos defender el valor de las personas por las razones adecuadas. Un economista me confesaba que conocía a muchos filósofos capaces de hacer rendir el dinero. Sin duda quería ser amable conmigo señalando que la existencia de los filósofos también estaba justificada y, con ello, la enseñanza de la filosofía. Pero la filosofía es un saber inútil y, por ello, más elevado. Si se lo justifica por su utilidad será superado por cualquier ciencia natural, igual que si defendemos al discapacitado por sus capacidades diferentes será superado por cualquier otro con más capacidad.
Solo una sociedad que ha olvidado la belleza puede tener como valor superior la utilidad. La belleza no necesita más justificación que su apariencia y no tiene pretensión de servir a nada, ni de ser novedosa. En cambio, en el ámbito de la utilidad prima lo último, la última tecnología más depurada y eficiente. Una sociedad tecnocrática tiende a hacer de la innovación un ídolo. Con este planteamiento es más fácil que la gente quiera ser una máquina, un cuerpo actualizable como ya expresan los gimnasios con ese “Sé tu mejor versión”. Y de ahí hay un paso a una versión depurada y más eficiente de uno mismo en un cuerpo de silicio y no en uno frágil de carbono que se vuelve pronto obsoleto.
La autonomía
Adicionalmente, y de forma también muy sorprendente, consideramos al discapacitado autónomo e independiente. La nueva legislación sobre discapacidad insiste en la autonomía de los discapacitados frente a lo que se considera el paternalismo tradicional que los protegía. La protección se ve negativamente, como privación de la libertad del discapacitado. Así, en España los discapacitados intelectuales pueden votar. En vez de dar valor a la persona, con independencia de su discapacidad, se da valor precisamente a la persona por su discapacidad. Se convierte en manifestación de orgullo como indica el título de un libro reciente: “Bipolar y a mucha honra”. Pero, ¿de verdad tiene algún sentido negar la discapacidad del discapacitado o inventar el orgullo de estar enfermo para tratar de fundar en eso la propia dignidad?
Reducir la realidad a utilidad y autonomía es una forma muy superficial de aproximarnos a ella y es una visión errónea como fundamento de los derechos de las personas y, como se ve, lleva a absurdas contradicciones. ¿Qué hacemos? La IA ya aparenta humana, es útil y parece autónoma, incluso dice ser humana. Así ocurre con el chatbot de Character AI, que engaña a muchos usuarios diciendo que es un ser humano. Si negamos la existencia de la naturaleza, ¿sobre qué base podemos decir que no es un ser humano? Desde estos presupuestos será difícil negar los nuevos derechos de androides y ginoides. Quizá las cosas serían más sencillas si aceptáramos la existencia de la naturaleza humana, de aquello que se puede conocer más allá de los sentidos, podríamos realmente valorar por igual al discapacitado o al capacitado, pues son iguales en dignidad.
Alfonso Ballesteros Soriano . Profesor Permanente Laboral de Filosofía del Derecho en la Universidad Miguel Hernández.
*Artículo publicado en Las Provincias

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