Castidad versus aborto
Un ejercicio de cordura frente a la cultura del hedonismo
Pocas palabras como el aborto suscitan tan enconados debates en la sociedad, y estoy segura que este asunto unido a la castidad desatará un cataclismo. ¡Tan ofensivo es hasta mencionar la virtud! Pero conviene hacer un ejercicio de cordura y de sentido común porque todo acto humano tiene sus consecuencias.
Si una persona continúa fumando, contraviniendo la indicación del médico porque aprecia alto riesgo para su vida, se expone a perderla; y cualquiera que conduzca a alta velocidad puede presuponer a qué se enfrenta él y aquellos que se crucen en su camino. De forma similar, de la práctica sexual, y no es simplemente cuestión de moralidad, se derivan efectos deseados e indeseados. El primero se presupone porque se trata de algo placentero, pero el segundo también. Todos sabemos que la perpetuidad de la especie humana y la de otros animales de la creación no se daría sin ese acto. No llegamos a este mundo por generación espontánea. Ni siquiera las técnicas que permiten la creación de la vida, como la reproducción asistida, pueden prescindir de los elementos básicos para ello: óvulo y espermatozoides. Lo que existe, y así lo ratifica la ciencia, es modificación de la vida que ya hay.
Pero lo importante es subrayar el núcleo del asunto: una concepción indeseada en muchas ocasiones es fruto del sexo irresponsable, es decir, la causa de la misma. Si no hay embarazo no planificado, como se suele denominar, no hay aborto. Y, a mi modo de ver, el debate para justificar la erradicación de una vida que no interesa se centra casi siempre en las consecuencias del acto sexual cuando deviene en embarazo. Por supuesto, la responsabilidad personal únicamente se da cuando ese acto se elige voluntariamente (que es lo general), no cuando se ejerce con violencia. Ahora bien, el fruto del mismo, la criatura concebida en cualquier situación, tiene derecho a vivir y hay que respetarlo. Numéricamente los embarazos por violación no son significativos; son mayoritarios los demás. Pero estos últimos, sin ser producto de la violencia, contienen otros parámetros que deberían tenerse en cuenta para evitar una concepción no querida. Y en ello me sumo a los numerosos análisis y estudios que existen sobre el tema.
Tengamos en cuenta que el deseo y la inmadurez se dan la mano. Por ello en la pubertad, como las consignas subrayan la hegemonía de una libertad personal cuasi ilimitada, los adolescentes son los más vulnerables. No es información lo que se les da; es una puerta abierta a la banalización del sexo, lo que provoca numerosos embarazos no deseados, de alto riesgo, amén de exponerse a contagios de infecciones de transmisión sexual. Muchas fórmulas que les ofrecen no siempre funcionan. Ni preservativos, ni dispositivos intrauterinos pueden certificar con total garantía que no se producirá la concepción de una nueva vida, aparte de que moralmente son ilícitos. Y así, con la connivencia de autoridades, además de sus propios familiares en muchos casos, siendo casi unos niños o se encuentran meciendo en sus brazos a un bebé, cuando deberían afrontar maduramente la etapa de la vida en la que se hallan, o acuden a los abortorios que les dejará gravísimas secuelas a lo largo de su existencia que serán imposibles de borrar.
Puede parecer descarnado decirlo así, pero si alguien no quiere tener un hijo porque no puede permitírselo que se abstenga. Hay infinidad de cosas que nos gustarían y de las que hemos de prescindir en la vida. Un ser humano está por encima de todo. Es decir, hay que prevenir antes que curar. No es preciso poner un parche donde no hay herida. Es cuestión de responsabilidad y, por descontado, de moral. ¿Se puede vivir sin comer y sin beber? No. Sin embargo, el sexo es prescindible. Nadie se muere si no lo practica, aunque se trate de un acto bendecido por Dios quien determinó que a través de él viniésemos a este mundo todos los seres humanos. Pero tiene sus momentos y circunstancias bien conocidas para que sea permisible y necesario, y así lo indica el Evangelio y el CIC. Aunque no es extraño que lo expuesto suscite hilaridad en muchísimas personas que defendiendo una equívoca libertad seguirán vulnerando premeditadamente este precepto.
Lo cierto es que si no se explican desde temprana edad los riesgos a los que se exponen quienes se dejan llevar de sus instintos, si no se habla de la grandeza de la donación y del respeto a la propia dignidad y a la de la persona amada, sino que el sexo es como el kleenex que se usa y se tira, no dejará de haber problemas. Si se ejercita la sexualidad de forma activa e irresponsable lo más seguro es que haya consecuencias. Por eso mismo hay que afrontar la formación sin miedo. No guiarse por los dictados de una sociedad permisiva y hedonista. Y además de exponer técnicamente en qué consiste una salud sexual responsable, hay que abrir otros caminos que pasan inexorablemente por una educación en valores. Abnegación, prudencia, además del respeto ya señalado, son básicos. Después, cada uno habrá de hacer frente a las consecuencias de su conducta, llevando sobre su conciencia las decisiones que tomen seas cuales sean.
Podría parecer que esta reflexión tiene como destinatarios únicamente a los adolescentes y a los jóvenes que están en un periodo de formación y no poseen la madurez necesaria para afrontar lo que afecta a una vida nueva. Pero el aborto se plantea y se da igualmente entre parejas que ya conviven y las que han contraído matrimonio civil y eclesiástico; y muchos, por cierto, ya han experimentado lo que es la paternidad. La castidad no es sinónimo de celibato. Cuando se habla de paternidad y maternidad responsable esta virtud, que se presupone, muchas veces no se tiene en cuenta y se cruza ampliamente toda línea moral y ética. Hay una despreocupación por informarse de modo que muchos ignoran que existen métodos anticonceptivos naturales apoyados por la ciencia como el sintotérmico o el de la temperatura basal, entre otros, que no se oponen a la vida, pero regulan la natalidad.
Por otra parte, debe quedar claro que a esos hijos concebidos y no amados por sus progenitores si les dejan nacer no le faltarán brazos que los acunen. Hay personas reacias a darlos en adopción y prefieren deshacerse de ellos en los abortorios. Pero si sus madres, por las razones que sean, no quieren criarlos, al igual que sucede con hijos procreados en otras circunstancias: las que permite la ley del aborto, que prácticamente son todas, tendrán quienes les den su cariño. En España, al menos, hay entidades de ayuda a mujeres embarazadas en situación de riesgo, como también se asiste a las que sufren tras haberse sometido a un aborto y se regula la acogida de recién nacidos.
Finalmente, que nadie se llame a engaño. Los que admiten el aborto y lo practican sin desembolsar ni un euro de su bolsillo, como sucede en España, tengan claro que no es el gobierno el que se hace cargo de ello; lo pagamos todos, incluidos los que estamos a favor de la vida.

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