Eficaces, pero sin vida
El riesgo de la autoexplotación y la urgencia de recuperar la medida humana en la sociedad del rendimiento
La sociedad contemporánea, en gran parte, regida por la economía de mercado -en sus diversas modalidades- tiene unos paradigmas de funcionamiento que marcan el ritmo de trabajo de quienes laboran en las empresas. Es el mundo de la competencia entre empresas, también, de la competitividad al interior de las mismas. Cada colaborador ha de estar continuamente sacándole punta a sus competencias, a sus modos de hacer profesionales. Una simple mirada a las hojas de vida que circulan en las bolsas de trabajo, nos da una idea de esta mentalidad competitiva. Colocamos los estudios, las habilidades, las cualidades del carácter y los logros o resultados. Es decir, cada cual procura lucirse, a fin de conseguir el puesto laboral.
Estamos, diría Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio. Herder, 2020), en medio de la sociedad del rendimiento, cuyo prototipo de trabajador busca ser cada vez más eficaz y eficiente, capaz de hacer cada vez más cosas, en menos tiempo, superándose a sí mismo, actualizándose a modo de App (aplicativo de computadora), en una carrera cuya meta es ser el mejor, o cuanto menos, estar en el estrecho nicho de los mejores expertos.
Como en tantas cosas de la vida, permanecer en la cordura exige tener la medida en las metas que se desean y en las cosas que se hacen. La medida es de las hazañas más difíciles de conseguir para el común de los seres humanos: ni tanto que enloquezcan, ni tan poco que adormezcan. Para quien tiene el ímpetu competitivo, el riesgo es el exceso, la búsqueda del éxito a toda costa. Quiere destacar y, curiosamente, puede llegar -dice Byung-Chul Han- a la auto explotación. Quizá consiga los resultados buscados, pero al precio de estar ansioso, angustiado, intranquilo. Correr, correr y correr; entrenar incansablemente, para seguir corriendo…
Este vértigo profesional logra metas, no parece, en cambio, que consiga vida. Mucho movimiento, luces, momentos estelares, pero escasa serenidad. Hay lucimiento, falta hondura. Hay fuego, falta brasa. Muchas horas laborales, poco hogar. Contactos abundantes y fríos, ausencia de amigos y relaciones cálidas. Así podríamos seguir. Mas, con esta enumeración no pretendo demonizar la competitividad ni el sano afán de logro. Intento llamar la atención del riesgo que lleva consigo poner el propósito de la vida tan sólo en el éxito profesional, descuidando otras dimensiones de la existencia humana, aquellas que anidan en el mundo de la vida, nutridas de relaciones interpersonales, familiares; en donde perder el tiempo con el prójimo, es ganar la vida.
Vivir no es ahorrar tiempo, es más bien, saborear el tiempo, de tal manera que la narrativa humana encuentre su argumento en los diversos tramos, espacios, ámbitos que habitamos. Nada de lo humano nos es ajeno. Tiempo para el trabajo. Tiempo para la familia, los amigos, el prójimo. Tiempo para el descanso. Tiempo para la soledad. Tiempo para llorar. Y en todo tiempo, saber encontrar, el algo divino que nos une con la eternidad. Nos viene bien aquel adagio romano: non multa sed multum, no muchas cosas, sino mucho de lo importante y esencial.
¿Cómo saber lo que debo hacer para acertar en la medida de la vida? No se me ocurre la fórmula ganadora. Quizá ayude mirar a quien ha conseguido esa serenidad de vida cuyas obras hayan sido siembra de alegría y paz, una felicidad modesta al alcance de la mano.

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