14 abril, 2026

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Urgente: cultivar el silencio

Recuperar el valor del silencio es más que un lujo: es una necesidad para la salud, la convivencia y la vida interior

Urgente: cultivar el silencio

Todos consideramos que nuestras ciudades son muy ruidosas aunque parece que no hacemos mucho por evitar el ruido. La complejidad social y el desarrollo hacen inevitable los ruidos: tráfico intenso, sirenas, motores, bocinas,  ladridos, gritos y músicas contaminan los oídos. ¿Qué podemos hacer para limitar los ruidos?

Hay mucho de educación personal, de cuidar el ambiente y de respeto al prójimo. Si en una casa se habla muy alto el oído se malacostumbra, si en un taller o en una obra no hay protección auditiva el oído queda dañado. Habituarse a escuchar televisión, radio o música con alto volumen daña la audición, también para los vecinos. La contaminación acústica lleva a levantar más y más la voz como ocurre en un bar o en un polideportivo. Una discoteca es quizá el local más perjudicial para los oídos, la mente y equilibrio personal.

Educación y respeto al prójimo

El respeto al prójimo debería ser el primer término del cuidado porque no vivimos solos en un barrio, en una urbanización, en un trabajo, o en un hogar. Sonidos que no molestan a una persona poco sensible y adormecida, sí molestan a otros, en la familia, en el trabajo, o en una reunión. Tantas veces levantar la voz es signo de querer imponerse en una discusión. Y sin embargo a más decibelios no corresponde más razón sino todo lo contrario.

Desde el hogar y en la escuela es preciso educar el oído y más importante educar a las personas desde niños. Con más razón en la adolescencia hay que seguir educando el respeto a los demás. Convivir bien es vivir bien y facilitar la vida de los demás: las personas ruidosas en el andar, en vocear, en tratar los muebles y las puertas, son insensibles al dolor ajeno. Sí, dolor porque el oído sufre.

El ruido es una distorsión de los sonidos sin armonía que ataca al oído y también a los nervios. Por eso se hace necesario amortiguar los sonidos altos y protegerse de las brusquedades. En cambio, el sonido tiene cierta armonía en el timbre, el tono y el volumen, que producen agrado, como ocurre en una conversación amistosa, en una tertulia familiar, o al escuchar una sinfonía clásica. No estamos hechos para el ruido sino para la armonía.

El silencio nace de dentro y facilita el pensamiento, el equilibrio y la serenidad, que se traducirán en las obras. Por eso siguen adelante tantas organizaciones que impulsan la reflexión, el sosiego, la meditación, y la apertura a lo desconocido.

Silencio interior

La Biblia pondera el silencio como necesario para encontrar a Dios y a sí mismo, y descubrir al prójimo. Por ejemplo, dice el profeta Isaías: «En el silencio y en la esperanza estará vuestra esperanza» (Is 30,15), es decir, en el silencio y en la esperanza reside vuestra consistencia como personas que caminan en la excelencia.

Hay un silencio vacío que no favorece a la persona, y un silencio lleno de valor que implica al oído y los sentidos externos, y principalmente a las facultades internas como la memoria, el entendimiento o la voluntad. Contemplar un paisaje nevado favorece el sosiego, los ruidos de un bosque no molestan, el canto de las aves puede ser un regalo para el oído.

La visita a los museos puede facilitar también la riqueza interior siempre que no aumenten las voces de los insensibles y que los celadores impongan silencio. Sin él no se puede contemplar una obra de arte o solo se corre a fotografiarla sin recoger una huella profunda. Leer en silencio es uno de los placeres sencillos más valorados; acudir a un concierto de música clásica parece un ritual desde la entrada, las alfombras, las paredes acolchadas, conversaciones a media voz… hasta que se apagan las luces y el director impera el silencio pleno después de haber reclamado la atención de los maestros de la orquesta. Y no hay nada más desagradable que las toses nerviosas o un móvil inoportuno de una persona insensible.

La meditación cristiana

Le meditación cristiana pone en juego lo mejor de la persona en el mejor del tiempo de un día, cuando accede al silencia del templo para orar o adorar a Jesucristo presente en la Eucaristía. Sin embargo, no resulta fácil entrar por caminos de oración sin buscar unos minutos de silencio exterior e interior para centrar la mente y el corazón buscando un diálogo con Dios.

Y empieza con la escucha que empieza por los ojos, y por el oído, ayudados con un acto de presencia de Dios, o de abrir el Evangelio para situarse como un personaje más. Dice el Apocalipsis: «Y cuando se abrió el séptimo sello se hizo en el cielo silencia como de media hora» (Ap. 8,1).

Así lo expresaba un santo de nuestro tiempo:  «La vida de oración ha de fundamentarse además en algunos ratos diarios, dedicados exclusivamente al trato con Dios; momentos de coloquio sin ruido de palabras, junto al Sagrario siempre que sea posible, para agradecer al Señor esa espera –¡tan solo!– desde hace veinte siglos. Oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad. Una meditación que contribuye a dar valor sobrenatural a nuestra pobre vida humana, nuestra vida diaria corriente»[i].

Cuando se tiene una idea falseada de la religión y en particular del cristianismo puede parecer que la oración es hablar con uno mismo, no con Dios, como pensaba Kant, Feuerbach como espejo del propio sentimiento, o Freud como si fuera una sublimación del subconsciente. Esas posturas agnósticas o ateas no creen que Dios sea real ni que la oración lleve a mejorar el trato con el prójimo. Por el contrario, la oración representa la mayor afirmación de la grandeza de la persona humana que es capaz de hablar con Dios.

El Catecismo pondera el silencio como realidad de diálogo con Dios y el misterio de la vida humana: «La contemplación es silencio, este «símbolo del mundo venidero» o «amor silencioso». Las palabras en la oración contemplativa no son discursos sino ramas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre «exterior», el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús»[ii].

Con fe y arte san Juan de la Cruz hablaba de la soledad sonora como regalo a quien cultiva el silencio creativo, a diferencia de quien está borracho de ruidos:

«Mi Amado las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora»[iii].

***

[i] San Josemaría, Es Cristo que pasa, Rialp, n. 119.

[ii] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2717.

[iii] San Juan de la Cruz, Cántico. http://www.los-poetas.com/f/cruz1.htm#C%C3%81NTICO.

Jesús Ortiz López

Jesús Ortiz López es sacerdote que ejerce su labor pastoral en Madrid. Doctor en Pedagogía, por la Universidad de Navarra, y también Doctor en Derecho Canónico. Durante varios años ha ejercido la docencia en esa misma Universidad, como Profesor del actual Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Ha dirigido cursos de pedagogía religiosa para profesores de religión. Es autor de varias obras de sobre aspectos fundamentales de teología y catequética, tales como: Creo pero no practico; Conocer a Dios; Preguntas comprometidas; Tres pilares de la vida cristiana.