J.R.R. Tolkien III: El arte y la blanca orilla
Destellos de eternidad entre las trincheras de la Gran Guerra
Seguimos con la maravilla del legendario del Profesor de Oxford J.R.R. Tolkien…
* El Arte
Nuestro autor, en medio de la Gran Guerra, es muy consciente de que a pesar de tanto sufrimiento y muerte, hay algo importante, eterno, hermoso, bello. Por eso escribirá: «Hay algo bueno en este mundo y vale la pena luchar por él”.
Esos deseos inscritos en el corazón humano de permanecer, de buscar belleza y armonía. Y el don del Arte, que sorprende, ilusiona, y otorga destellos de eternidad…
Él experimenta ese don, y es consciente de que es algo recibido, inesperado, gratuito, y ni siquiera merecido. Y debe ser un don también para los demás… Así lo percibe y lo relata en un pequeño cuento: “Hoja, de Niggle”. Niggle, el artista del cuadro, después de intentar pintar muy bien cada detalle de una hoja del árbol, y pensar sobre ello, sabe que esa belleza no sólo es para sí. Están sus vecinos, que lo necesitan…
Esto contrasta con el legado de Fëanor, el Elfo creador de los Silmarilli: tres joyas preciosas que contienen y reflejan la luz originaria de Valinor. Con su afán posesivo se «apropia» de ellos, y mediante un juramento, en un momento de orgullo y autorreferencia, arrastra a su familia y demás Elfos Noldor a la destrucción y a la muerte, y a una «progresiva decadencia” de generaciones… Todas estas historias se relatan en “El Silmarillion”.
El arte apunta a los anhelos del ser humano de permanecer, de dejar una huella, quizá por medio de obras bellas, como les sucede a los Elfos, dignas de ser re-cordadas, cerca del corazón. Así puedan servir de solaz y refugio para cuantos se acerquen a ellas, pasando a generaciones venideras como algo valioso, en forma de tradición, de “entrega”. Lo que no vaya en esa dirección, no puede recibir el nombre de Arte.

* La blanca orilla…
Por tanto, el verdadero tema que siempre ronda la cabeza de Tolkien en sus historias, es la muerte del ser humano, junto con su anhelo de eternidad. Y para plasmarlo lo concreta y desdobla en dos razas.
Los Primeros Nacidos, Elfos inmortales, y artistas creativos, amantes de la belleza, con sus largos años sobre la Tierra, pero con cierta nostalgia y a veces melancolía por ese motivo. Y los Segundos Nacidos, los Hombres, «destinados a morir», que anhelan esa inmortalidad y belleza élfica, ese don artístico, pero no están atados a todas las Edades del Mundo… Por tanto no tienen esa nostalgia que puede derivar en desesperanza, como parece que les sucede a algunos Elfos, por ejemplo a Gilraen, la madre de Aragorn. Soportar la dura carga de los años sin fin, arraiga en ella una tristeza insufrible.
El arte es el don de Eru-Ilúvatar para los Elfos, y la muerte es su don para los Hombres, aunque parezca chocante a primera vista… Y en la síntesis de ambos refleja nuestra naturaleza humana. En el fondo son los dos aspectos del ser humano estrechamente unidos y entremezclados. Nuestro autor, buen conocedor de la antropología humana, trata de desentrañar el sentido de la vida, y aportar luz y esperanza, creando todo un tapiz de leyendas encantadoras, conmovedoras, deseables, y verosímiles, donde uno disfruta, y se conmueve hasta las lágrimas… Y lleno de esperanza.
Y lo hace desde un abismo oscuro: desde su propia experiencia de la muerte, tan impactante y dolorosa. La pérdida de su padre cuando era muy pequeño, en un país muy lejano, la muerte de su madre, muy joven, tan luchadora por formarles y dejarles el mejor y más valioso legado: una fe recién descubierta, aunque suponga ir contracorriente, y la falta de medios materiales y pobreza. Y más tarde la pérdida de algunos de sus mejores amigos en las trincheras de la Gran Guerra…
Y a pesar de ser un tema tan “escabroso» y profundo, «afilado como una espada», pervive la belleza, la alegría y la esperanza en toda su obra. Algo inesperable, tan difícil de conseguir, donde late su maravilloso don artístico.
En esta línea, en El Señor de los Anillos, al final de El Retorno del Rey, en Los Puertos Grises, y acabada la misión de destruir el Anillo, Frodo embarca. Y hablando con Gandalf, describe lo que se ve más allá…
Esto, en la película fue trasladado a un momento de inminente batalla, en un diálogo de Gandalf con uno de los hobbits: Pippin.
Dice Pippin:
-“Nunca pensé en este final.
-¿Final? No, el viaje no concluye aquí. La muerte es sólo otro sendero que recorreremos todos. El velo gris de este mundo se levanta, y todo se convierte en plateado cristal. Es entonces cuando se ve…
-¿Qué Gandalf?, ¿qué se ve?
-La blanca orilla. Y más allá la inmensa campiña verde, tendida ante un fugaz amanecer.»
-Bueno, eso no está mal…
-No, nada mal.”
Sobre la muerte, escribe el Profesor en la Carta 208 del epistolario: «…¡la Muerte no es un Enemigo!» Existe «el horrible peligro de confundir la verdadera inmortalidad con una ilimitada longevidad seriada. La liberación del Tiempo y la adhesión a Él.» Y sigue: «La confusión es del Enemigo, y una de las causas principales del desastre humano”.
En este sentido, una idea de su amigo C.S. Lewis, con el que formaría el grupo literario de amigos de los Inklings, que tanto se ayudaron con su amistad y anhelos compartidos…, «rescatándose» de los tremendos sufrimientos de la Guerra: «Si el ser humano aprendiera a mirar dentro de su propio corazón, sabría que lo que anhela, y anhela muy agudamente, es algo que no puede obtenerse en este mundo.”
Tolkien conversaba mucho con Lewis sobre las verdades y los mitos, en sentido de los clásicos. Es decir, las historias verdaderas… Lo cual iba aclarando muchas cosas en la mente de su amigo, ateo, y le ayudó a discernir finalmente asuntos importantes en su vida.
A este respecto, el experto Eduardo Segura, en “el mago de las palabras”, habla sobre esta amistad: «Se trataba de juntarse al calor de un buen fuego e intercambiar perspectivas sobre los más variados temas en tertulias que se prolongaban hasta bien entrada la noche, y muy divertidas, llenas de ideas chispeantes e ingeniosas”. La alegría de los amigos…
Continuará…

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