¿Un camino de liberación o una coreografía del poder? El dilema que define el futuro de América Latina
En la reciente conferencia de la Fundación Centesimus Annus, Rodrigo Guerra López advirtió sobre el riesgo de que los movimientos populares sean devorados por el neopopulismo, proponiendo en su lugar una reconstrucción democrática "desde abajo" basada en la Doctrina Social de la Iglesia
América Latina ha vuelto a ser el centro del debate intelectual y eclesial en Roma. En el marco de la Conferencia Internacional de la Fundación Centesimus Annus pro Pontifice (FCAPP), Rodrigo Guerra López ofreció una profunda radiografía de un continente que define como un «laboratorio de búsquedas sociales». Un territorio marcado por una fuerte aspiración de justicia y una memoria persistente de exclusión, pero también por democracias de enorme fragilidad. En este complejo escenario, el secretario de la Pontificia Comisión para América Latina lanzó una advertencia urgente: la verdadera liberación no puede ser la repetición de viejos esquemas ideológicos, sino la emergencia real de las personas como sujetos de su propia historia.
El núcleo de la ponencia giró en torno a los movimientos populares, fenómenos que surgen precisamente en la intersección «entre la herida social y la capacidad creativa». Guerra López, apoyándose en las observaciones del sociólogo Geoffrey Pleyers, destacó que estas organizaciones habitan hoy una nueva plaza pública híbrida —que entrelaza las redes virtuales con las calles— donde la indignación social puede madurar en responsabilidad o, por el contrario, degenerar en una mera reacción. El verdadero peligro, advirtió, es cuando estos movimientos pierden su autonomía y terminan siendo absorbidos por las lógicas del poder que neutralizan su esencia.
La trampa del neopopulismo y la simplificación del conflicto
El diagnóstico del académico mexicano fue tajante al señalar el desafío del neopopulismo, una corriente que se nutre de heridas latinoamericanas muy reales, como la corrupción de las élites, la desigualdad y la distancia de los partidos políticos de la vida del pueblo. Citando a los politólogos Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, explicó cómo el populismo opera como una ideología «delgada» que simplifica y moraliza el conflicto, dividiendo la sociedad de forma irreconciliable entre «el pueblo puro» y «la élite corrupta».
«Si el adversario no es un interlocutor equivocado sino la encarnación del mal absoluto, entonces el diálogo se convierte en traición» , alertó Guerra López, señalando con preocupación el resurgimiento del pensamiento polarizante de Carl Schmitt tanto en la extrema izquierda como en la extrema derecha de la región.
Este mecanismo ofrece una «falsa liberación» : promete devolver el poder al pueblo, pero lo reemplaza por la voz del caudillo; promete participación, pero cultiva la adherencia emocional. Cuando un movimiento social se somete incondicionalmente a estas lógicas, «cesa de ser una escuela del pueblo y se convierte en una coreografía del poder».

Desarrollo «desde abajo» y conversión integral
Frente a esta patología política, la propuesta rescatada en el congreso de la FCAPP es el desarrollo «desde abajo». Esto no es un eslogan sociológico, sino una exigencia antropológica y una defensa de la subsidiariedad. Implica reconocer que los pobres y marginados no son receptores pasivos de políticas asistenciales, sino protagonistas de las soluciones. Una democracia sin personas despiertas en su humanidad, advirtió el ponente, se convierte en un cascarón vacío disponible para cualquier estrategia de captura.
Para sostener este esfuerzo, Guerra López apeló a la reciente Encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV. Recordando sus párrafos sobre «construir en el bien», subrayó que el cambio estructural y la conversión personal no son alternativas rivales, sino complementarias: «las estructuras injustas deforman la libertad, pero la libertad deformada también produce estructuras injustas».
La Doctrina Social de la Iglesia no ofrece un programa técnico, pero aporta una fuente moral insustituible. Criterios como la fraternidad, la amistad social y la opción preferencial por los pobres impiden que la liberación se reduzca al resentimiento y la política a una mera estrategia de poder. América Latina, concluyó, no necesita líderes carismáticos mesiánicos ni meros administradores tecnocráticos ; necesita la paciencia histórica de formar capacidades, cuidar los vínculos y acompañar los dinamismos que nacen desde las bases, permitiendo que el corazón humano se abra a la verdad y al don.
Texto completo de la conferencia:
Un camino de liberación
Movimientos populares, desarrollo «desde abajo» y el desafío neopopulista en América Latina
Rodrigo Guerra López*
Conferencia Internacional de la FCAPP 2026
«Un mundo fragmentado en busca de espiritualidad: libertad y pluralismo desde la Doctrina Social de la Iglesia»
29 de mayo de 2026
Ciudad del Vaticano
América Latina ha sido durante mucho tiempo un laboratorio de búsquedas sociales. En ella fluye, con cierta naturalidad, una fuerte aspiración de justicia, una memoria persistente de la exclusión, una religiosidad popular que no ha dejado de generar vínculos, y democracias que, aun cuando han alcanzado importantes avances institucionales, siguen mostrando una enorme fragilidad. En este contexto, hablar de libertad y liberación no puede significar repetir viejos esquemas ideológicos o limitarse a describir luchas sociales exitosas o fallidas. Significa preguntarse por la emergencia real de sujetos personales y comunitarios capaces de participar en la construcción del bien común desde la base, «desde abajo».
Los movimientos populares aparecen precisamente en este punto de intersección entre la herida social y la capacidad creativa. No son simplemente organizaciones de presión, ni expresiones espontáneas de descontento. En su mejor expresión, son lugares donde los excluidos recuperan la voz, el rostro, la memoria y el proyecto. Por esta razón, es insuficiente interpretarlos solo como movimientos «contra» algo. En América Latina, muchos de ellos son también movimientos «para»: para la tierra, la vivienda y el trabajo; para el reconocimiento cultural; para la identidad de comunidades que no desean ser gestionadas como residuos del sistema, sino reconocidas como sujetos de la historia.[1]
Esta intuición coincide con una transformación más amplia en la forma de entender la acción colectiva. Geoffrey Pleyers ha señalado que hoy «no es tanto en el mundo virtual donde se crean las subjetividades políticas y los actores de los movimientos sociales, sino más bien en las articulaciones y fertilizaciones recíprocas entre el mundo de internet y el de las plazas públicas, entre la vida cotidiana y la vida política, entre las redes sociales y la convivencia en los espacios militantes».[2] Esta observación nos permite ver que los movimientos populares contemporáneos no viven al margen de la modernidad tecnológica, pero tampoco son reducibles a ella. Habitan una nueva plaza pública, híbrida y frágil, donde la indignación puede madurar en responsabilidad o degenerar en mera reacción.
La pregunta decisiva consiste en discernir cuándo un movimiento popular contribuye a la liberación y cuándo es absorbido por lógicas que lo neutralizan. La auténtica liberación no se identifica con una mera inversión de las posiciones de poder. No basta con que algunos de «los de abajo» ocupen el lugar de algunos de «los de arriba» si la gramática profunda de la dominación permanece intacta. Tampoco basta con que se utilice el lenguaje de la justicia social para legitimación de nuevas formas de dependencia, que revelan un descuido del principio de subsidiariedad. Una liberación digna de ese nombre exige que la persona y el pueblo emerjan como sujetos: capaces de verdad, responsabilidad, participación y comunión. La reciente Encíclica Magnifica humanitas nos ayuda a recuperar esta conciencia: los párrafos dedicados a explicar lo que significa «construir en el bien» son como una reivindicación de la subsidiariedad y la solidaridad necesarias para recuperar a las personas y al pueblo como sujetos.[3] Es más, el pueblo se recupera como sujeto cuando la subjetividad de la persona entra en un camino de renovación.
Por esta razón, la liberación no puede pensarse al margen de una antropología. Cuando el ser humano es concebido únicamente como el producto de estructuras económico-políticas o de condicionamientos sociales, la libertad se reduce al resultado mecánico de una transformación externa. Cuando se le concibe únicamente como un individuo autosuficiente, la libertad se empobrece y se convierte en un dinamismo que oculta una pura voluntad de poder. En ambos casos se pierde algo esencial: la persona es un sujeto relacional, herido pero capaz de conversión, condicionado pero no determinado, históricamente situado pero abierto a la verdad y al don. La liberación que el corazón humano anhela, por tanto, debe incluir la reforma de las estructuras injustas, pero también la purificación de los deseos, las lealtades, las formas de convivencia y la imaginación política. La liberación que más profundamente deseamos es la verdadera conversión personal y, eventualmente, comunitaria.

Desde esta perspectiva, el desarrollo «desde abajo» no es un eslogan meramente sociológico. Es una exigencia antropológica, que se convierte en una defensa de la subsidiariedad vivida históricamente. Significa reconocer que todas las personas, especialmente los pobres y los marginados, no son receptores pasivos de políticas públicas, sino protagonistas de conocimientos, vínculos y soluciones. También significa aceptar que la democracia no se agota en el procedimiento electoral o en la administración tecnocrática. Una democracia sin personas despertadas en su humanidad, sin sujetos sociales vivos, se convierte en un cascarón disponible para cualquier estrategia de captura. Por el contrario, cuando hay personas, comunidades, asociaciones, cooperativas, familias, parroquias, escuelas, sindicatos y movimientos populares renovados por un proceso que reivindica su dignidad y su necesidad de ser y actuar junto a otros en libertad, la democracia adquiere una densidad humana invaluable.[4]
Aquí aparece el doble desafío anunciado en el subtítulo de esta reflexión. Por un lado, los movimientos populares pueden ayudar a reconstruir la vida democrática porque reactivan la subjetividad social. Por el otro, pueden ser instrumentalizados por el neopopulismo, especialmente cuando el sufrimiento social se convierte en materia prima para la concentración del poder. La frontera entre pueblo y neopopulismo es, por tanto, una de las cuestiones más delicadas de nuestro tiempo.[5] El pueblo es una realidad histórica, cultural y moral: una comunidad de personas unidas por vínculos de solidaridad, memoria y destino compartido. El neopopulismo, por el contrario, tiende a producir representaciones simplificadas y fragmentadas del pueblo, basadas en la lógica del «tú» frente al «nosotros», que se vuelven funcionales al líder mesiánico del momento.[6] A este respecto, no me parece extraño que entre varios ideólogos neopopulistas latinoamericanos —tanto de izquierda como de extrema derecha— reaparezca un peculiar interés por los aspectos más polarizadores del pensamiento de Carl Schmitt.[7]
La literatura política contemporánea ha explicado este fenómeno a través de diversas categorías. Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, por ejemplo, definen el populismo como una ideología «delgada» (thin ideology) que considera que la sociedad está dividida en campos antagónicos, «el pueblo puro» contra «la élite corrupta».[8] La utilidad de esta formulación radica en mostrar que el neopopulismo no solo simplifica la realidad: moraliza el conflicto hasta el punto de hacerlo casi irresoluble. Si el adversario no es un interlocutor equivocado sino la encarnación del mal absoluto, entonces el diálogo se convierte en traición, y la cooperación —al menos la cooperación parcial— en aras del bien común se vuelve imposible.
En América Latina, este mecanismo adquiere una fuerza particular porque se alimenta de heridas reales. La corrupción de muchas élites no es imaginaria. Tampoco lo es la desigualdad. La distancia entre los partidos y la vida popular es evidente. El neopopulismo no surge de la nada: se afianza allí donde la democracia representativa ha perdido credibilidad y donde los ciudadanos sienten que sus sufrimientos no han sido escuchados. Sin embargo, su respuesta suele ser una falsa liberación. Promete devolver el poder al pueblo, pero termina sustituyendo al pueblo por la voz del caudillo; promete participación, pero en realidad cultiva la adhesión emocional; denuncia los privilegios, pero crea nuevas oligarquías; invoca la justicia, pero debilita la legalidad.
Por esta razón, los movimientos populares pueden ser un camino de liberación solo si preservan su autonomía crítica, incluso respecto de la ideología con la que sienten mayor afinidad. Cuando se someten acríticamente a un aparato partidista o a una figura providencial, dejan de ser una escuela del pueblo y se convierten en una coreografía del poder. El verdadero valor de los movimientos populares no reside en aclamar, sino en organizar; no en repetir eslóganes, sino en generar vínculos fraternos; no en destruir instituciones, sino en obligarlas a transformarse, a escuchar y a servir. Una política verdaderamente popular no habla simplemente «por» el pueblo o «en nombre» del pueblo: nace de formas reales de pertenencia, escucha y corresponsabilidad.

La Doctrina Social de la Iglesia y el pensamiento social cristiano pueden ofrecer aquí una contribución específica. No porque posean un programa técnico completo, sino porque recuerdan que la justicia necesita una fuente moral más profunda que la mera disputa por el poder. La fraternidad, la amistad social y la opción preferencial por los pobres no son adornos sentimentales. Son criterios que impiden que la liberación se reduzca al resentimiento, la política a la estrategia, y el pueblo a una masa descartable. Allí donde irrumpe la lógica del don —en la familia, en la escuela, en la comunidad creyente, en el servicio gratuito, en la solidaridad concreta— se abre un espacio que el poder no puede absorber plenamente.
Esta lógica no cancela el conflicto social, ni pide ingenuidad ante la injusticia. Al contrario, permite confrontar la injusticia sin convertir al adversario en un enemigo absoluto y sin justificar medios indignos en nombre de fines supuestamente redentores. Una liberación que sacrifica la verdad, la libertad o la dignidad de la persona termina por producir nuevas formas de servidumbre. Una liberación integral, por el contrario, reconoce que el cambio estructural y la conversión personal no son alternativas rivales. Se necesitan mutuamente. Las estructuras injustas deforman la libertad; pero la libertad deformada también produce estructuras injustas.
De ahí la importancia de educar para la subjetividad social. América Latina no necesita solo mejores administradores o liderazgos carismáticos más eficaces. Necesita pueblos capaces de decir «nosotros» sin anular el «yo»; comunidades capaces de memoria sin nostalgia; movimientos capaces de protesta sin idolatría de la confrontación; instituciones capaces de recibir críticas sin cerrarse en la autodefensa. El desarrollo «desde abajo» requiere paciencia histórica: formar capacidades, cuidar los vínculos de solidaridad, crear mediaciones, sostener procesos y evitar la tentación de soluciones mesiánicas más o menos rápidas. Como tantas veces hemos oído: el tiempo es superior al espacio.
Cabe añadir que esta tarea tiene una dimensión espiritual y cultural que no debe ocultarse en un foro como el que nos reúne. Las sociedades no se sostienen solo por normas, incentivos o procedimientos; se sostienen también por bienes compartidos que no pueden fabricarse por decreto. La confianza, la gratitud, el perdón, la paciencia cívica y la disposición a servir son reservas morales y espirituales sin las cuales la libertad se agota en la reivindicación y la liberación se transforma en resentimiento social explícito o encubierto. Por esta razón, una reflexión sobre los movimientos populares no debe ser una mera descripción de repertorios de protesta. Debe preguntarse qué tipo de humanidad se está gestando en ellos: si forman personas más libres y solidarias, comunidades más responsables e instituciones más justas; o si, por el contrario, terminan alimentando la dependencia, la sospecha permanente y la obediencia acrítica. Toda la reflexión que el Papa León XIV, en Magnifica humanitas, ha ofrecido sobre construir Babel o reconstruir los muros de Jerusalén resulta también relevante aquí.
En conclusión, la experiencia latinoamericana de los movimientos populares nos obliga a repensar simultáneamente la libertad y la liberación. La libertad no es solo la ausencia de coacción; es la capacidad de seguir voluntariamente la verdad y, por tanto, de participar responsablemente en la construcción del auténtico bien común. La liberación no es solo la emancipación de las opresiones externas; es la recuperación integral de la persona y del pueblo como sujetos. Allí donde los movimientos populares fortalecen esa subjetividad, contribuyen a renovar la democracia y a humanizar el desarrollo. Allí donde son capturados por el neopopulismo, se transforman en instrumentos de nuevas colonizaciones y dependencias indignas. El desafío, entonces, consiste en acompañar los dinamismos que nacen «desde abajo» para que no sean devorados por la lógica del poder, sino fecundados por una cultura de la dignidad, la fraternidad y el bien común. Este acompañamiento no nace de quien ha sido inoculado con el virus del poder y la autorreferencialidad. Nace del corazón convertido que, por frágil que sea, confía en el poder sanador de Jesús Cristo —es decir, de Aquel que se ha hecho acontecimiento y buena nueva para «todos, todos, todos», sin excepción.
* Doctor en Filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en el Principado de Liechtenstein; Fundador del Centro de Investigación Social Avanzada (www.cisav.mx); Miembro Ordinario de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales y de la Pontificia Academia para la Vida; Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina. Correo electrónico: [email protected]

[1] Cf. R. GUERRA LÓPEZ, «Descubrirnos pueblo. Movimientos populares, populismo y la búsqueda de una renovación democrática en América Latina», en PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA, La irrupción de los movimientos populares. ‘Rerum novarum’ de nuestro tiempo, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 2019, pp. 161-183.
[2] G. PLEYERS, Movimientos sociales en el siglo XXI. Perspectivas y herramientas analíticas, CLACSO, Buenos Aires 2018, p. 20.
[3] LEÓN XIV, Encíclica Magnifica humanitas, Mensajero, Bilbao 2026, nn. 11-14.
[4] Cf. R. GUERRA LÓPEZ, «Educar para la democracia. La democracia como adjetivo y sus consecuencias educativas», en Revista Latinoamericana de Estudios Educativos, México, vol. XXVII, 1º y 2º trimestres, 1997, pp. 9-31.
[5] Cf. FRANCISCO, Fratelli tutti, nn. 155-169; R. GUERRA LÓPEZ, «Fratelli tutti y el desafío del neopopulismo», Vatican News, 4 de marzo de 2021 [Conferencia en la Pontificia Academia de Ciencias Sociales].
[6] Siguiendo, en parte, algunas reflexiones de ENRIQUE KRAUZE, he definido el neopopulismo —de derecha o de izquierda— como: «el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática para prometer el acceso a una utopía posible y, una vez victorioso, consolidar el poder al margen de la ley o transformando las leyes a su conveniencia». R. GUERRA LÓPEZ, «Descubrirnos pueblo. Movimientos populares, populismo y la búsqueda de una renovación democrática en América Latina», en PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA, La irrupción de los movimientos populares. ‘Rerum novarum’ de nuestro tiempo, p. 176.
[7] Cf. C. BARRETO – P. CASTELLANOS – J. NAVARRO – D. GARCÍA – R. GUERRA LÓPEZ, «Las nuevas derechas latinoamericanas», en D. MEZA – A. CIURLO, Trayectorias cruzadas. Catolicismos y política en la América Latina contemporánea, Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá 2025, pp. 553-582; R. GUERRA LÓPEZ, «Political Theology and The Crisis of Contemporary Democracy», de próxima aparición. Véase también: A. BORGHESI, Carl Schmitt. Dal manicheismo alla teologia politica, Studium, Roma 2024.
[8] C. MUDDE y C. ROVIRA KALTWASSER, Populism: A Very Short Introduction, Oxford University Press, Oxford 2017, cap. 1.
Related
La encíclica de León XIV: la IA sirva a la humanidad, no al poder de pocos
Exaudi Redacción
25 mayo, 2026
20 min
Dicasterio para la Evangelización
Exaudi Redacción
20 mayo, 2026
7 min
Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
Exaudi Redacción
14 mayo, 2026
4 min
El Banco del Vaticano consolida su solidez: 51 millones de euros en beneficios para las obras de la Iglesia
Exaudi Redacción
11 mayo, 2026
2 min
(EN)
(ES)
(IT)
