Sentido de (otra) Navidad posible y real
El acontecimiento más bello que transforma la historia
Supongamos por un momento que una persona, absolutamente ajena y desconocedora de todo lo que se refiere a la Navidad, llega a nuestras ciudades del Norte enriquecido. Vería el frenesí de nuestra gente comprando y comprando, con nuestro ritmo enloquecido de consumo y derroche. Y diría: “¿pero esto que es, por qué…?”; y uno le trataría de contestar: “es que es Navidad”. “¿Navidad, que significa eso?”, replicaría él. “Pues es la época en que celebramos el acontecimiento del nacimiento de Jesús de Nazaret, el Niño-Dios, según la fe cristiana-católica”, intentaríamos explicarle nosotros. Y él, más sorprendido o desorientado, diría: “¿pero es que ese Jesús, ese Niño Dios nació comprando y consumiendo así, en un mercado o centro comercial, con esa bacanal de comida, alcohol u otras drogas…?”.
Este diálogo ficticio y tono un poco jocoso, con el que empezamos este escrito, evidentemente es una forma irónica y crítica a nuestra manera de concebir y celebrar actualmente la Navidad. El sistema e ideología del consumismo y neoliberal-capitalista, como en tantas cosas, ha logrado pervertir hasta tal punto el sentido de la Navidad, que ya es casi irreconocible en su significado original y verdadero. Es aquí, sobre todo, donde nos queremos centrar, para hacer memoria del corazón de la realidad de la Navidad, sobre, lo más esencial de este evento con su mensaje.
Y el primer (mejor lugar) para adentrarse en dicho acontecimiento es ir y leer la Biblia, en concreto, el Nuevo Testamento, más exactamente los dos primeros capítulos de los Evangelios de Mateo (Mt) y Lucas (Lc). Para ello, es muy interesante e importante tener en cuenta, asimismo, estudios bíblicos o teológicos cualificados y actuales sobre Jesús. Por supuesto, guiarnos por el sentir y fe viva de la comunidad cristiana, en nuestro caso, en especial la comunidad de la iglesia católica, por ejemplo, la bella y profunda Carta Apostólica Admirabile signum del querido Papa Francisco. De esta forma, tratar de evitar lecturas fundamentalistas o relativistas e individualistas sobre Jesucristo.
Empecemos diciendo que los llamados Evangelios de la infancia de Jesús, los dos primeros capítulos de Mt y Lc, están leídos desde la vida global de Jesús. Y, como el resto de los evangelios, no quieren hacer una biografía literaria o histórica, de modo exacto, de la vida de Jesús. La Biblia no es estrictamente un libro de ciencia ni de historia. Aunque, como en el acontecimiento de Jesús, tiene una base histórica verdadera, muy fiable o rigurosamente cierta como pocas fuentes o documentos similares de acontecimientos históricos, vistos desde el punto de vista de la ciencia histórica. Más lo que, principalmente, quiere transmitirnos es una experiencia espiritual-teológica sobre la persona y vida de Jesús, su mensaje y obra o legado vivo, actual para la comunidad (iglesia) e historia de la humanidad.
Igualmente es muy importante ir al primer capítulo del Evangelio de Juan (Jn), el conocido como prologo joánico (cf. Jn 1, 1-14), porque nos da una cosmovisión global del sentido profundo de la Navidad. Esto es, la verdad central de la Encarnación: Dios mismo, el Dios de la vida y salvador que nos libera integralmente, se ha encarnado en lo humano, más concretamente en lo más débil y frágil de lo humano; lo que supone una autentica transformación en la historia.
Dios no es el ser pasivo e inmóvil, alejado o aislado de la vida y realidad de lo seres humanos, como se pensaba en ciertas filosofías o cosmovisiones de aquella época. Dios, en el niño Jesús que va a nacer, es el Emmanuel, el “Dios con nosotros” (cf. Mt 1, 23). El Dios que se encarna y que es alumbrado en el seno de una mujer, doblemente pobre y excluida, María de Nazaret. el Dios del amor y la misericordia, de los pobres y oprimidos, frente a todo poder e idolatría de la riqueza-ser rico, como canta María (cf. Lc 1, 46-55). Y eso se llamará Jesús (cf. Mt 1, 21), que significa el Dios que salva y libera del mal, del pecado del egoísmo, de la muerte, de toda esclavitud, toda opresión, e injusticia. Es el Dios de la Gracia, del Don de la vida que nos regala la felicidad y el desarrollo integral de los seres humanos, la realización y plenitud de las personas que culmina en la vida eterna, en las tierra nueva y cielos nuevos.
Efectivamente, la realidad del Dios encarnado en el niño Jesús, que nos trae una salvación y liberación integral en el amor fraterno, la justicia y la paz: se hace real concreta, social e histórica. El niño-Dios nace en una familia pobre y excluida, en un lugar de la periferia marginada, en el pesebre (cf. Lc 2, 7). Esta salvación liberadora se manifiesta, por tanto, desde aquellos que son marginados de este amor, justicia y paz, desde los pobres y excluidos. Tal como eran en aquella época los extranjeros (los magos astrónomos de Oriente, conocidos como los reyes (cf. Mt 2, 1-2), y los pastores (cf. Lc 2, 8-18), grupos sociales despreciados y humillados por los más poderosos, por los enriquecidos y su sistema socio-cultural.
Estos poderosos y potentados, que como Herodes, no aceptan esta salvación liberadora de todo egoísmo e ídolos del poder y de la codicia-riqueza, ya que pone en peligro su dominación y privilegios. Por tanto, los poderes herodianos persiguen y quieren matar al niño pobre, liberador y a su familia, causando innumerables víctimas inocentes por defender (asegurar) sus intereses y beneficios (cf. Mt 2, 16-18). Y a pesar de todo Dios, en su misericordia y fidelidad, sigue adelante con su proyecto de salvación universal desde este lugar de los pobres y excluidos, desde Nazaret (cf. Mt 2, 19-23).
Como decía un filosofo y pensador muy importante de nuestra época, de origen marxiano (que no marxista integrista) y no creyente, E. Bloch: un acontecimiento así, con estos rasgos, no puede ser inventando; las sagas o tradiciones religiosas tienden a encumbrar a sus fundadores. Más en la Navidad es todo lo contrario, es un acontecimiento escandaloso y sub-versivo a los ojos del poder, es un acontecimiento que re-vierte la civilización de la riqueza y del capital, que nos libera del egoísmo e individualismo y del poder dominador. La Navidad apunta a la civilización de la pobreza y del trabajo, este hacer posible que la solidaridad, la justicia y la vida digna sean el motor y el sentido de la historia.
¡Que actualidad y belleza tiene entonces la Navidad!, que transformadora y liberadora, ya que sub-vierte nuestro actual e inmoral sistema e ideología individualista, consumista, materialista, capitalista….., poniendo en su lugar la civilización del amor fraterno que nos trae el Niño Dios. De ahí, ojalá, que nos vayamos impregnado más intensamente de este mensaje y realidad viva de la Navidad, como nos revela Dios en Jesús de Nazaret. En este sentido, vivir y testimoniar todo el año este acontecimiento navideño de la la encarnación de Dios, comprometernos todos los días de nuestra vida por ese otro mundo posible, más fraterno y justo, como Dios en Jesucristo quiere. Esta es la felicidad y salvación libertadora que trae la Navidad, con el niño-Dios pobre y ya crucificado por el mal e injusticia.
Decía al respecto otro testimonio de nuestra época, San Carlos de Foucauld, “¿que como se podía mirar al pesebre y seguir siendo rico?, que él no podía”. Por eso, compartió la vida de forma pobre y solidaria con los pobres y excluidos de África. Sí, otra navidad es posible, la historia nos lo muestra con testimonios y santos como este, como el de Francisco el pobre de Asís, el inventor de nuestros Belenes que ponemos en estas fechas, como San Nicolas de Barí (el autèntico Papa Noel o Santa Claus) y tantos que han seguido a este niño-Dios pobre y crucificado. Todos ellos nos muestran que desde la fe, la esperanza y el amor, desde el servicio y el compromiso: es posible ir transformando el mundo en la Navidad-Pascua del Niño Dios: lo que culminará en la Pascua plena-eterna, en esa tierra nueva y cielos nuevo; donde se enjuagarán toda lagrima y dolor, ya que Dios en Cristo ya vence al mal, a la muerte e injusticia. Y como en Navidad cantaremos eternamente , junto a los Ángeles, “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (Lc 2, 13-14).
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