13 mayo, 2026

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Liderazgo ético y custodia de la persona

‘El señor de las moscas’. Lecciones para una sociedad herida

Liderazgo ético y custodia de la persona

La miniserie El señor de las moscas no es solo una historia de supervivencia infantil, sino una advertencia antropológica de urgente actualidad: una civilización solo perdura cuando reconoce al Otro como un valor absoluto e inviolable. De lo contrario, la libertad se convierte en dominio, el miedo sustituye a la verdad y la comunidad degenera en violencia colectiva. A través del contraste entre sus protagonistas, la obra nos interpela sobre la formación del sujeto moral y la naturaleza del liderazgo: aquel que custodia la fragilidad del prójimo frente al que se construye sobre la exclusión y el poder ciego.

 En un reciente encuentro con el mundo del cine, el papa León XIV se refería a las buenas películas como “actos de amor” porque educan la mirada al mostrar heridas del mundo que reclaman ser visibilizadas[1]. La miniserie televisiva El señor de las moscas, dirigida por Marc Munden y guionizada por Jack Thorne -creadores de Adolescencia-, es una obra en la que late con fuerza la reflexión del pontífice. La vigencia de la adaptación de la célebre novela homónima de William Golding radica en que esta funciona como un espejo de nuestras grietas sociales.

Tras un accidente de avión que deja a un grupo de niños solos en una isla inhóspita, el espectador presencia cómo una aventura por la supervivencia deriva con rapidez en una cruda regresión hacia la barbarie. Los cuatro breves capítulos se hacen eco de una tesis presente en la obra de Golding: nadie aprende humanidad en soledad. Desde una bioética personalista, el individuo se reconoce como persona porque previamente ha sido reconocido y amado por Otros. En la serie, este principio se manifiesta en la capacidad de resistencia de algunos de los protagonistas. Aquellos que conservan una memoria afectiva sólida y vínculos de pertenencia logran preservar la empatía y la responsabilidad frente al desorden y la brutalidad. Por el contrario, quienes carecen de esas referencias de cuidado parecen buscar en la violencia, el dominio o el gregarismo de la “tribu” un sustituto para su carencia afectiva.

La transmisión de valores

Lo que ocurre en la isla pone de manifiesto que, cuando falla la transmisión moral y emocional -especialmente en el seno de la familia-, el ser humano queda expuesto al miedo y a la manipulación fácil. En cambio, la conciencia del límite y el respeto al Otro son frutos de una educación en el amor que orienta hacia el bien y enseña a mirar al prójimo como alguien valioso en sí mismo. Los personajes de Ralph (Winston Sawyers), Simon (Ike Talbut) y Nicky (David McKenna) -apodado Piggy (cerdito)- conservan algo fundamental: una estructura interior de valores que resiste al caos. En ellos, la moral no está fundada en la obediencia ciega. Su interioridad se ha forjado en vínculos previos que, sin ser perfectos, les han enseñado a distinguir el bien del mal. Al valorar la amistad, sentir culpa y procurar el cuidado del Otro, demuestran que la civilización comienza en la experiencia de ser querido, cuidado y reconocido como persona.

Nicky perdió tempranamente a sus padres, pero su tía asumió el rol de figura materna y sostén afectivo.  En la isla, este transforma la responsabilidad por los más pequeños del grupo en un acto de resistencia ética. No solo se ocupa de alimentarlos o enseñar hábitos de higiene, sino que también nutre sus almas al contarles cuentos cada noche para mitigar el miedo y la añoranza del hogar. Su entrega encarna la atención de Simone Weil, una facultad que en su grado máximo constituye la misma sustancia de la oración, logrando así preservar lo sagrado y rescatar la dignidad humana en medio del caos.[2] A pesar de la frialdad paterna, Simon aprendió de la dulzura de su madre y algo similar le sucede a Ralph. Los tres adolescentes simbolizan el baluarte de la conciencia frente a la barbarie. Todos ellos no solo buscan sobrevivir, sino persistir en lo humano en contraposición a la lógica tribal, polarizada y destructiva del grupo de Jack (Lox Pratt). Este ejemplifica la libertad desvinculada de la responsabilidad. No carece de inteligencia, pero sí de formación ética, y sus recuerdos revelan una historia de desapego parental. El adolescente construye su poder basándose en el dominio y la eliminación del vulnerable, al tiempo que alienta los impulsos más primarios. Así, personifica la noción de fuerza de Simone Weil al cosificar a todo aquel que somete, imponiendo su poder sobre la vida y la muerte.[3]

El modelo de liderazgo de Jack es esencial para comprender la degradación entre unos niños que, tras reconocerse inicialmente como compañeros, pasan a verse como miembros de tribus rivales, objetos sacrificables e instrumentos de dominación. El ensañamiento contra Ralph, Nicky y Simon conforme avanza la ficción revela el colapso del reconocimiento de la dignidad humana: no importa la persona, sino su sumisión y su utilidad para el grupo dominante. Esto es propio de sociedades donde el fuerte domina al débil, la utilidad vale más que la dignidad y ciertos consensos se fundan sobre lógicas alejadas de la verdad y de la moral. La serie muestra que, cuando la autonomía pierde la referencia ética, degenera en un poder arbitrario. Esto explica que los niños liderados por Jack funcionen como una masa despersonalizada.

El personaje de Simon es particularmente relevante porque comprende que “la bestia” a la que todos temen no es un monstruo externo, sino una proyección de la propia oscuridad interior que congela el corazón humano y destierra la compasión. En el grupo aparece la tensión entre quienes son capaces de cooperar por el bien común y la crueldad extrema que brota al perderse el sentido moral de lo trascendente. Otro mensaje clave es que la civilización técnica no basta para humanizar sin una formación interior de la conciencia. Los niños proceden de una sociedad organizada, educada y moderna. Sin embargo, en cuanto desaparece la presencia de adultos, colapsa la ética y domina la ley del más fuerte. Esto sugiere que la educación recibida era más externa que interna, más disciplinaria que afectiva y más técnica que humanizadora.

La dialéctica entre los partidarios de Ralph y los de Jack trasciende la ficción para interpelar nuestras grietas sociales contemporáneas. En un tiempo de vínculos frágiles e instituciones educativas y familiares en crisis, la serie nos obliga a detenernos en la naturaleza de los liderazgos que emergen en momentos de incertidumbre. Mientras Ralph representa un liderazgo que huye de lo monolítico, delega responsabilidades, fomenta el diálogo y la protección de los más vulnerables; Jack encarna el auge de una autoridad carismática y destructiva que apela a lo visceral, a la exclusión del diferente y a la gratificación inmediata. El relato constata que la gobernanza desprovista de una base ética degenera en el atavismo. El ascenso de Jack en la obra se alinea con los estudios de Ginés Marco sobre cómo el liderazgo populista o violento destruye la dignidad humana.[4]

“¿Quién cuida el fuego?”

En este escenario, la pregunta recurrente de Ralph: “¿quién cuida el fuego?”, adquiere una dimensión metafórica profunda. El fuego no es solo una señal para ser rescatados, sino que simboliza la calidez humana y la luz de una razón no instrumental. Ralph, Simon y Nicky entienden que mantener esa llama representa el esfuerzo diario por custodiar la humanidad del grupo: cuidar el vínculo, la esperanza y la memoria de un hogar donde la persona es mirada y protegida. Frente a esta posición, el grupo de Jack utiliza el fuego para destruir, someter y realizar rituales sacrificiales. Del mismo modo, la “caracola” simboliza que en una civilización todas las voces deben ser respetadas.

Al final, la isla de la novela de Golding en la que se basa esta serie no es un lugar lejano, sino una advertencia antropológica y el reflejo contemporáneo de una sociedad que ha perdido la capacidad de educar la interioridad del ser humano en el reconocimiento y el cuidado del prójimo. La miniserie nos invita a preguntarnos por el modelo de civilización que estamos creando: ¿educamos personas responsables con vocación amorosa, mirada compasiva y pensamiento crítico o individuos obedientes mientras alguien vigila?

Valoración bioética

Desde la bioética personalista, educar no se reduce solo a transmitir conocimientos, sino que implica también contribuir al desarrollo de la conciencia moral, la empatía, el sentido de responsabilidad y el reconocimiento del Otro como persona. En este sentido, la tragedia en la isla revela una paradoja: aunque los niños logran organizarse técnicamente, sucumben al intentar sostener una convivencia humana frente al miedo, la sed de poder o la violencia colectiva. Si bien la ausencia de adultos subraya la necesidad de guía y educación, tanto la novela como la serie sugieren que los niños imitan un mundo adulto que no educa para la paz, sino que resuelve las diferencias mediante la guerra. Por tanto, la descendencia mimetiza la lógica del dominio frente a la búsqueda de la convivencia, el sentido de la dignidad humana y el valor absoluto de la persona. Esta tesis, cercana a autores como Arendt, MacIntyre o Bauman, nos advierte sobre cómo las sociedades modernas pueden perder la facultad de legar un acervo ético. La isla no es un lugar lejano, sino el reflejo de una sociedad desvinculada que debe recuperar la capacidad de educar en la inclinación al bien, entendiendo que el futuro de la civilización depende menos de su progreso tecnológico que del compromiso para enseñar a cada generación a reconocer el rostro del Otro. Como sostiene Emmanuel Levinas, el prójimo irrumpe con el mandato del “no matarás”, como imperativo ético que nace del respeto absoluto por la vida ajena.[5]

Por último, el liderazgo desprovisto de una base ética degenera inevitablemente en el atavismo. Mientras Ralph intenta sostener un orden basado en la responsabilidad, la figura de Jack demuestra que, sin una brújula moral, su mando se convierte en una tiranía del miedo donde el más fuerte sobrevive, pero el grupo perece. Desde una mirada personalista, la autoridad no debe medirse por la capacidad de ejercer el poder, sino por la fuerza ética necesaria para contener los impulsos más oscuros de una comunidad, recordándonos que la integridad es el único freno ante la deshumanización. El final de la miniserie abre una ventana a la esperanza en el momento del rescate. Mientras Jack se oculta en su propia cobardía, incapaz de asumir las consecuencias de su tiranía, Ralph es capaz de narrar la verdad y mostrar la entereza necesaria para reconocer el horror vivido. Este acto de honestidad final simboliza el triunfo de la luz de la conciencia sobre la oscuridad del instinto.

Ficha técnica

Título original: Lord of the Flies

Año: 2026

Director: Marc Munden

Guionista: Jack Thorne (basado en la novela de William Golding)

País: Reino Unido; Australia

Duración: Cuatro episodios de 60 min. c/u.

Amparo Aygües . Master Universitario en Bioética por la Universidad Católica de Valencia . Miembro del Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia

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[1] Este encuentro se celebró el 15 de noviembre de 2025 en el Vaticano. https://www.vatican.va/

[2] Weil, S. (2025). La gravedad y la gracia. Trotta. (p. 188).

[3] Weil, S. (20239. La Ilíada o el poema de la fuerza. Trotta. (p.25).

[4] Marco, G. (2020). Lealtad. Tirant Lo Blanch. También. (10 de noviembre de 2023). “El poder de persuasión de Estados Unidos ha bajado a cotas inimaginables” [Entrevista de G. Maestro]. La Razón.

[5] Levinas, E. (1977). Ética e infinito. Sígueme.

Observatorio de Bioética UCV

El Observatorio de Bioética se encuentra dentro del Instituto Ciencias de la vida de la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” . En el trasfondo de sus publicaciones, se defiende la vida humana desde la fecundación a la muerte natural y la dignidad de la persona, teniendo como objetivo aunar esfuerzos para difundir la cultura de la vida como la define la Evangelium Vitae.