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Jesús Ortiz López

Voces

21 noviembre, 2025

7 min

Sed de Dios ayer, hoy y mañana

Más allá de la muerte: la esperanza cristiana que responde a las grandes preguntas

Sed de Dios ayer, hoy y mañana

Entre las inquietudes de nuestro tiempo vemos la sed de Dios en muchas búsquedas personales envueltas en una atmósfera de espiritualidad que no acaba de llenar.

Interrogantes

Un gran tema presente en muchos casos es qué pasa en el más allá de la barrera de la muerte: ¿hay vida real personal?, ¿conservaremos nuestra identidad personal cien por cien?, ¿viviremos un encuentro real con los seres queridos?, ¿es posible la resurrección personal?, ¿Dios es garantía de la felicidad?, ¿hay un cielo y un infierno?

Son interrogantes difíciles de evitar que se presentan en momentos fuertes de la vida personal y familiar, como la pérdida de los seres queridos o el fracaso de proyectos ilusionantes. Muchos pensadores y escritores expresan sus respuestas a la paradoja cristiana básica: ¿cómo vivir una esperanza segura en la tierra si todo se acaba con la muerte? O bien ¿tiene sentido la valoración cristiana de las realidades temporales si la otra vida anula nuestros trabajos y nuestros amores?

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En realidad no se trata solo de afirmar la existencia de Dios sino de saber quién es Dios y cómo es su intimidad intrapersonal. No solo eso sino cómo es la relación del yo personal de cada uno con Dios que implica la cabeza, el corazón, los sentimientos, y en definitiva la entrega confiada al que lo ha dado todo por todos y cada uno.

Quizá valga aquel pensamiento del pensador francés B. Pascal, al considerar que el conocimiento de Dios sin el de la miseria propia causa el orgullo. El conocimiento de la propia miseria sin el de Dios causa desesperación. El conocimiento de Jesucristo en cambio propicia el punto medio, porque hallamos en él a Dios y a nuestra miseria. (Pensamientos, n. 192).

En el fondo, el pensamiento de cada uno depende mucho de la educación en la fe recibida pues con frecuencia ha sido desde el respeto y temor, y menos desde el amor de Dios que sí se interesa por cada hombre y mujer, y lo ha demostrado hasta el extremo mediante la Encarnación del Hijo unigénito y su muerte en la cruz. Así lo mostraba el buen Cura de Ars cuando alguno le preguntó qué pensaría si al final de su vida se encontrara con que Dios no existe; le respondió que en ese caso no se arrepentiría de haber entregado su vida a un ideal de amor y servicio al prójimo. Y naturalmente se callaba que sí estaba seguro de Dios no por sus méritos sino por la infinita bondad de Dios.

Reyes muertos

A la Basílica del monasterio de san Lorenzo de El Escorial se accede pasando por el Patio de los reyes, así llamado por los seis reyes de Israel que dispusieron la construcción de un templo para la gloria de Yahvé. Ya en el interior el imponente retablo centra la atención y el sentido de ese gran templo para el encuentro con Dios pues invita a la oración y a la fe en la historia de la salvación.

A derecha e izquierda del retablo se encuentran los dos cenotafios de Carlos V y de Felipe II acompañados de esposas e hijas en actitud orante de adoración a Jesucristo Eucaristía. Cenotafios en bronce dorado obra de León y Pompeo Leoni, que también han esculpido todas las imágenes del retablo, que no contienen los restos de estos emperadores porque se hallan, como es sabido, en la cripta situada precisamente debajo del presbiterio y altar donde se celebra la Eucaristía.

Porque en este recinto inferior se encuentran los sepulcros de los reyes de la dinastía de los Austrias y de los Borbones, también en mármol y bronce junto a Jesucristo crucificado. Dignidad y fe pero sin orgullo en la tierra común a todos los mortales: a la hora de la muerte todos somos iguales, si bien es verdad que permanecen las obras buenas como es este Monasterio, Panteón real, Basílica, Biblioteca, colegio, patios, galerías y jardines.

Muertos que perviven en estas obras realizadas con magnificencia porque aquellos hombres tenían fe y reconocían su miseria ante el Dios creador y salvador de la humanidad. Reyes, emperadores, artistas, artesanos, y constructores supieron adorar al Dios vivo y verdadero con su voluntad salvífica universal.

Muerte y vida

Sí, los hombres y mujeres del siglo XXI, recibimos el gran mensaje de la fe cristiana, de la esperanza que no defrauda, y de la Vida plena en Dios a la que estamos llamados. Desde la magnitud grandiosa de estas obras, desde la belleza que eleva el alma, desde las ciencias que buscan la verdad, y desde la sabiduría del corazón, y mucho más, los hombres de hoy podemos encontrar el sentido de la historia. Y en ella el sentido de la vida personal que tiene su origen en Dios Padre creador, en Jesucristo redentor y en el Espíritu santificador.

La muerte y la vida son las dos caras de la moneda para entrar en la felicidad plena a la que estamos llamados. Lo mismo los ricos que los pobres, los sanos y los enfermos, les reyes y los plebeyos. Basta acercarse al monasterio de san Lorenzo de El Escorial y abrir los ojos para dejarse llevar hacia lo más sublime y consistente de la historia.

Con la fe sabemos que Dios no es arbitrario en dar sus dones sino que siembra con generosidad infinita -Jesucristo es la prueba palpable- en cada alma: nadie queda al margen de la acción del Espíritu divino que atrae con suavidad y fortaleza, respetando la libertad de cada hombre y mujer. Una libertad que explica el problema terrible del mal en el mundo pero también el amor entregado de los creyentes y de otros, que trabajamos por ser luz para el mundo.

Vale la pena subrayar que las cuestiones acerca de Dios y la otra vida, y la resurrección personal implican de tal modo a la persona que no resultan suficientes las reflexiones intelectuales: porque no somos solo cerebro pensante ni corporalidad, aquella res cogitas y res extensa de filósofo R. Descartes, gracias a Dios. Y conste que el pensador francés era un creyente sincero y verdadero, que se perdió en una elucubración intelectual cristalina. Y menos mal que su actitud de confianza en Dios y en el cristianismo le permitió avanzar en la luz de la fe.

Como en un espejo

San Pablo comparaba la fe a un espejo que refleja algo de Dios y de nuestro caminar en la historia de la Salvación, aunque no sea aún el encuentro y posesión definitivos en la Vida Eterna.

Algunos pueden quedar desconcertados ante la seguridad de la fe proclamada por la Iglesia desde el símbolo de los Apóstoles: Creo en Dios Padre Creador, creo en Dios Hijo Redentor, creo en el Espíritu Santo santificador, creo en la Iglesia, creo en el perdón de los pecados, creo en la vida eterna. Puede parecer una seguridad poco científica y hasta una postura de orgullo ante quienes dudan de tantas certezas. Sin embargo la afirmación de la fe, es luz y penumbra, seguridad y riesgo, esperanza y dolor. Nada en el ser humano es diamantino, químicamente puro, pensamiento absoluto.

Lo ha expresado el papa León XIV: «Este es el espíritu misionero que debe animarnos, sin encerrarnos en nuestro pequeño grupo ni sentirnos superiores al mundo; estamos llamados a ofrecer el amor de Dios a todos, para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo».

Los creyentes somos agradecidos por el don de la fe y de la gracia de Dios, procuramos comprender a todos, también a los que no nos comprenden, y practicar la caridad que es más humana aún que la tolerancia. Al querer al prójimo, como hijo de Dios y hermano de Jesucristo somos conscientes de las dificultades que algunos encuentran, y pedimos a Dios Padre que derrame su esperanza sobre el mundo tantas veces atormentado. En Jesucristo muerto y resucitado tenemos la razón suprema de nuestra esperanza.

Jesús Ortiz López

Jesús Ortiz López es sacerdote que ejerce su labor pastoral en Madrid. Doctor en Pedagogía, por la Universidad de Navarra, y también Doctor en Derecho Canónico. Durante varios años ha ejercido la docencia en esa misma Universidad, como Profesor del actual Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Ha dirigido cursos de pedagogía religiosa para profesores de religión. Es autor de varias obras de sobre aspectos fundamentales de teología y catequética, tales como: Creo pero no practico; Conocer a Dios; Preguntas comprometidas; Tres pilares de la vida cristiana.