Herencia dionisíaca
La pérdida de la espiritualidad y el retorno al exceso a través de la frivolidad moderna
Contemplar hoy nuestro mundo con la mirada distante del espectador es asistir al grotesco carnaval en que se ha convertido buena parte de la realidad social. Las noticias que configuran la crónica cotidiana de tribunales y sucesos nos muestran ejemplares humanos disfrazados de berberiscos piratas, sensuales marquesas del XVIII, decadentes románticos, exóticos califas de promiscuos harenes… Son las delirantes máscaras que, día a día, desfilan ante nuestros ojos en chabacanas representaciones. Encubren con regusto la denuncia de un mundo deleznable y simulan el perfil de una existencia exhausta pero delineada con contornos de deleite.
Sus actores hicieron de la exhibición de la frivolidad –que afecta desde su aspecto exterior hasta lo más íntimo de su vida privada– el caldo de cultivo en el que creció su propia destrucción. Averiguar cómo se enquistó esta actitud en tales personas hasta rendir su voluntad es cosa bien sabida desde antiguo: se comienza por tener una visión anodina de todo lo existente, se continúa por prescindir de cualquier atisbo espiritual que vivifique la realidad y se termina reduciendo a ésta y al propio cuerpo humano a pura materia susceptible de consumo sin freno.
Es un hecho incuestionable que la frivolidad es una cualidad susceptible de anidar en la vida de cualquier ser humano. Incluso es fácil reconocer que siempre hay quienes compiten por llevarse el primer premio en la carrera por la banalidad de lo superficial. Lo decisivo a este respecto es poner los medios personales para que, si no se puede evitar que la frivolidad vaya y venga, al menos nunca se detenga, pues es entonces cuando se corre el riesgo de caer en la espiral dionisíaca que tantos estragos ha producido en la historia de la humanidad.
Conocido también como Baco por los romanos, Dionisos es el símbolo divinizado de la mitológica frivolidad pagana. En el Olimpo de la antigua Grecia se le representa a menudo tocando su flauta, con cuya música, acompañada de vino y danzas frenéticas de mujeres poseídas y sátiros, podía liberar a sus seguidores de sus propias represiones y subvertir la opresión del orden social dominante. Encarna la embriaguez y la alegría de quien, cantando, riendo y danzando, abandona toda renuncia y celebra la naturaleza salvaje.
El exceso y la desmesura de Dionisos es lo que ha caracterizado determinados comportamientos de personas y entidades contra la religión mayoritaria en nuestro país durante los últimos meses, en los que se ha registrado un repunte en los ya crónicos incidentes de vandalismo, profanación y blasfemia contra templos católicos. A ello se han sumado, en la 40ª edición de los Premios Goya, las burlas a la fe cristiana proferidas por una actriz premiada y dos presentadoras de la retransmisión televisiva de dicho evento. Igualmente, durante la pasada Semana Santa, se difundió una escena vejatoria con la imagen del Papa León XIV, incluida ya desde hacía tiempo en alguna serie de una conocida plataforma estadounidense de ´streaming`.
Además de evidenciar con sus acciones la burda pretensión de alcanzar notoriedad a costa del uso de lo sagrado como instrumento de promoción, los implicados son dignos discípulos de Dionisos. Su talante es el propio de la voluntad orgiástica de la vida: zafio rechazo de la moral tradicional, actitud antiespiritual y desalmada exaltación de las pasiones más primitivas. A todos ellos les vendría bien un poco del conocimiento que del alma humana poseyó Gregorio Marañón (1887-1960).
Desde su altura intelectual advirtió que, cuando los hombres no se purifican por iniciativa propia, reavivando la dignidad del espíritu de nuestra especie, el dolor de las crisis sociales se desencadena inevitablemente de forma colectiva sobre la sociedad enviciada, de modo que ese padecimiento comunitario actúa como “un providencial cedazo en el que se detienen los egoístas impenitentes, los incapaces de encontrar en el sacrificio su perfección”. ¡Muy ciega ha de estar la humanidad para que sólo por causa de esta deriva comunal pueda aprender que la verdadera gloria a la que está llamada no es la de los poderes terrenales del mal, sino la obtenida con el dinamismo de aquel principio interior de vida que convierte todas las cosas en signos de la presencia de Dios y huellas de su paso histórico por este mundo!
Pedro Paricio Aucejo – Dametresminutos

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