30 julio, 2026

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Las otras llamas

El fuego invisible que nos consume

Las otras llamas

Miran al cielo. Sienten el humo antes de ver la llama. Son veranos de ceniza y angustia en los que España, Francia y media Europa arden bajo incendios devastadores. Frente al avance del fuego, emergen los servicios de emergencia y una ola inmensa de solidaridad vecinal que intenta frenar la tragedia de quienes lo han perdido todo o viven acorralados por la incertidumbre.

Sin embargo, cuando las cámaras se apagan y los aviones hidroaviones se retiran, quedan otros incendios. Fuegos silenciosos que no abren los telediarios ni ocupan las portadas de la prensa: la epidemia invisible de la soledad, el dolor sordo del enfermo, la angustia callada de una madre sin recursos, o la masa constante de un ruido diario que amenaza con devorarlo todo.

De todas esas llamas invisibles, hay una especialmente dañina para la vida diaria: el fuego del ruido.

Un estruendo milenario

Vivimos aturdidos. Rodeados por un entorno sonoro y digital saturado que nos impide vivir en paz. Nos creemos víctimas de un mal exclusivamente moderno, pero la búsqueda de la paz interior ha sido siempre una batalla contracorriente. Ya en el siglo IV, Agustín de Hipona criticaba en sus Confesiones el vano ruido que lo rodeaba —los aplausos efímeros, la sed de prestigio, la adulación pública—, reconociendo en ese bullicio el mayor obstáculo para alcanzar la Verdad.

Siglos después, el diagnóstico no ha cambiado. Recientemente, en la plaza de Lima, el Papa León XIV lo advertía con claridad: «Muchas veces vamos con audífonos, con la música, con la distracción, y no sabemos estar en silencio». No es un reproche moral; es una llamada de atención directa. En el silencio elegimos qué no escuchar. Al apagar el estruendo de mil voces simultáneas, descubrimos cuáles nos engañan, cuáles nos entretienen sin aportarnos nada y cuáles hablan por puro interés ideológico o comercial.

Es ahí donde comprendemos que las ideologías pasan mientras la verdad permanece. En medio de un entorno digital repleto de mentiras y manipulaciones, buscar la verdad se vuelve imprescindible. Frente al ruido que distorsiona, el silencio nos ayuda a pensar con claridad.

En una era dominada por algoritmos diseñados para atrapar nuestra atención, el silencio se ha convertido en el último acto de resistencia.

La vorágine de las pantallas

El verdadero problema no es solo que haya ruido, sino nuestro miedo profundo al silencio. Le tememos a la quietud porque nos da miedo quedarnos a solas con nosotros mismos y descubrir que gran parte de nuestros días se sostiene sobre el vacío. Para no mirarnos por dentro, preferimos quemar el tiempo enganchados a una pantalla.

Las cifras no admiten paños calientes: adolescentes y adultos pasan una media de cuatro horas diarias atrapados en el entorno digital. Cuatro horas diarias inmersos en una lluvia constante de notificaciones, contenidos efímeros y estímulos huecos. Pensamos que estamos a salvo porque no hemos tenido que ser evacuados de nuestras casas por un incendio forestal, pero lo cierto es que este fuego invisible nos mantiene encerrados, anestesiados y aislados en nuestras propias habitaciones.

Hagamos el balance de lo que ese incendio devora a su paso:

  • ¡Una media de cuatro horas!… y nos escudamos en que «no tenemos tiempo».
  • ¡Una media de cuatro horas!… y dejamos las obligaciones a medias, robándole tiempo indispensable al sueño y a la salud.
  • ¡Una media de cuatro horas!… y nos lamentamos de la falta de amigos reales y vínculos profundos.
  • ¡Una media de cuatro horas!… mientras la atención a la familia se disuelve en miradas perdidas hacia un teléfono.
  • ¡Una media de cuatro horas!… y no encontramos un instante para servir o acompañar a quienes más queremos.
  • ¡Una media de cuatro horas!… y…

El espacio de la escucha interior

Cuando logramos apagar el ruido exterior, se abre un espacio inesperado: la experiencia de la intimidad profunda y la oración. El silencio no es un vacío estéril ni una simple ausencia de sonido; es el lugar donde nuestros pensamientos se liberan de la necesidad de aparentar, de rendir cuentas o de buscar prestigio.

Como recordaba León XIV, «el que hizo el oído, ¿no va a oír?». En la calma, la persona descubre que su voz es escuchada y sostenida. Al buscar momentos de quietud —como en la oración o la meditación personal—, el silencio deja de ser una amenaza para convertirse en el lugar donde el corazón descansa y recupera su dignidad.

En ese refugio interior, León XIV nos invita a no hacer el camino solos: «Nadie está solo creyendo en Jesús. Ninguno de nosotros nació siendo maestro y, ante el Señor, todos somos discípulos». Buscar el silencio no es aislarse, sino vivir con coherencia. Como recordó el Pontífice, el auténtico fuego interior se contagia en comunidad, compartiendo el camino con la familia, educadores y amigos: «Si rezáis con amor, se apreciará la importancia de la oración. Si ardéis en la fe, transmitiréis su fuego vivo. Buscad todos en vuestros corazones este fuego del amor de Dios». Un fuego que no destruye, sino que se transforma en mano tendida, en abrazo fraterno y en ayuda real ante el dolor del otro.

Rescatar la quietud

Frente al fuego que destruye los montes, la solidaridad humana reacciona con fuerza. Frente al incendio del ruido que desgasta la vida diaria, la única respuesta es la decisión personal de buscar la verdad y la calma.

No se trata de huir del mundo ni de rechazar la tecnología, sino de recuperar el control sobre nuestro propio tiempo. Apagar el teléfono, quitarse los auriculares, mirar al presente y atreverse a habitar el silencio. Solo al acallar las interferencias externas es posible escuchar lo que verdaderamente importa: la voz de la conciencia, el dolor del vecino, la belleza de lo cotidiano y esa Verdad inalterable que sigue esperando al otro lado del ruido.

Eloy Asenjo Carpintero

Nacido en Madrid (1965). Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988). Profesor de Enseñanzas Medias (especialidades de Informática, Matemáticas y Física) desde 1988 hasta la actualidad. Durante un periodo de cuatro años, trabajé como consultor especializado en la implantación de Nuevas Tecnologías en la Educación y e-learning. En la actualidad, ejerzo la docencia en el Colegio María Teresa de Alcobendas (Madrid). Paralelamente, me encuentro desarrollando material didáctico interactivo que cubre de forma integral el currículo académico de Matemáticas y de Física y Química para Secundaria y Bachillerato.