Enterrar sin rito, una tendencia al alza
El aumento de los funerales sin ceremonia, la crisis de fe y la desaparición de los cementerios transforman la forma en que nuestra sociedad se enfrenta a la muerte
La ausencia de ritos de despedida va en aumento. Ya lo afirmábamos en agosto del 2022, hace cuatro años: “Enterrar sin ceremonia” Exaudi, Alfons Gra. Puesto que se confirma la tendencia, mirando a fondo la celebración de las exequias, y a los deudos que debieran organizar el sepelio, nos cabe sospechar que es un fenómeno propio de nuestra época.
Otros datos del sector funerario confirman que los entierros sin ceremonia están aumentando en Europa. En Suecia, por ejemplo, la proporción pasó del 2% al 8% en diez años, y en grandes ciudades llega al 10%. En muchos casos, los cuerpos van directamente del hospital al crematorio, sin familiares presentes.
Hay factores que concurren pero que en sí no son alarmantes, el primero es la inmediatez, la celeridad. A pesar de que el Eclesiástico dice que hay un tiempo para morir, todos vamos de prisa. La primera razón para prescindir de la ceremonia, es el no perder tiempo con algo que se considera absurdo. Recuerdo, de niño, los entierros, duraban un día o dos con sus noches. Ni el mejor de los catering de ahora eran comparables a la mistela y los dulces que se servían. No había libro de firmas. Se permanecía sin tener que firmar para que quedara constancia. Las mujeres rezaban interminables rosarios. Los hombres iban y venían.
Otro factor, aunque no siempre, es la muerte social del difunto, ocurrida años antes de la muerte biológica, como por ejemplo las enfermedades que invalidan la conciencia y hacen difícil la relación personal. El que fue enfermo, pasó los últimos años alejado de la comunidad familiar y social. Si la familia tiene una red pobre de amistades, ante la posibilidad de tener que estar solos o casi, en las salas de vela o en el entierro, también optan por no hacer ceremonia.
Las nuevas espiritualidades. Cada vez más se va sustituyendo la despedida tradicional, por otros ritos de cariz espiritualista, más íntimos y consoladores. De alguna manera la evidencia física del féretro y el difunto entorpece la idea de la muerte como una transformación energética. En algunos casos la negación de la muerte como recurso para evitar el sufrimiento, va a llevar a gastar una energía enorme en hacer creer a uno mismo que nada ha cambiado. La realidad es tozuda y se impone, desmontando las estrategias mentales de negar la evidencia de la muerte, para no sentir. Duelos mal resueltos, que se hacen crónicos, que buscan desesperadamente un consuelo en prácticas anestesiantes de ansiedades, tienen su origen en muertes no asumidas, que en su día fueron disfrazadas.
En otros casos se prescinde del componente social de la muerte y se prefiere algo íntimo y personal, donde la familia organiza la despedida particular. Ni vecinos, ni familia más amplia son invitados. Incluso los niños son privados de la despedida. Pueden pasar meses para que todos los allegados se enteren del fallecimiento de aquella persona.
Hay también, personas, qué en vida, han manifestado el deseo de no hacer ningún acto de despedida. Quizás decepcionados por la sociedad, o críticos con el negocio funerario. Los más han dado el cuerpo a la ciencia, otros no, pero dejan dicho que no se les haga nada.
Junto a la ausencia de rito, se suele dar la ausencia del cuerpo. La incineración y posterior esparcimiento de las cenizas en lugares abiertos o enterramiento de las mismas en un jardín o jardinera, completa la difuminación de la persona que murió.
En ausencia de lugar que recuerda los difuntos, como es el cementerio, en ausencia de comunidad que se reúne para recordar el difunto, em ausencia de ritos posteriores, solo queda un recuerdo, que en el mejor de los casos se hace presente en fechas señaladas.
Muchas personas mayores están preparándose su partida de este mundo. Son conscientes de que su final no será el cementerio. Sus descendientes no van a ir allí. Siendo así, en vida se desprenden del nicho, incineran los restos de sus antepasados y colocan las cenizas donde dejan dicho que vayan las suyas también.
Pero el factor más concluyente es la crisis de fe. El rito de despedida tiene como función conectar el mundo de los vivos con el de los difuntos. Si no hay nada, es absurdo el diálogo con la nada. A lo más, tal como se ve en las ceremonias no religiosas, hay una exaltación del difunto, de cara a satisfacer los deseos de los vivos, o bien se hace una catarsis colectiva de cara a liberar culpabilidades posteriores. La ausencia de fe. Lleva a la ausencia de rito. Estadísticamente hay más incineraciones en las ceremonias no religiosas que en las religiosas. La fe, no elude el recuerdo, sino todo lo contrario. La fe entra en comunión con los que murieron que viven para el Señor y que deben ser acompañados en el cielo como en la tierra por la comunidad orante.
Aunque la ceremonia sea religiosa, notamos en nuestra vida pastoral, como hace años disminuye la celebración de la Eucaristía en las exequias cristianas, limitándose a un responso sin misa. Se debe, sobre todo, al corte en la transmisión de la fe, de las generaciones posteriores. Se percibe la dificultad de la asamblea para seguir las respuestas de la liturgia o rezar el Padrenuestro.
¿El por qué esta negación de la fe? ¿Los ritos y monumentos fúnebres serán del pasado? Los monumentos más antiguos en todas las latitudes están relacionados con el culto a los muertos y el diálogo con el más allá. Des de las pirámides a los dólmenes.
En nuestra época se prescinde cada vez más del cementerio. Si bien todavía hay afluencia para el día de los Santos y de difuntos, cada vez es menos.
La iglesia tiene la gran oportunidad de recordar en comunión de vida a nuestros antepasados.
Se suprime los muertos cuando no se reza por ellos. El gran tesoro que es Cristo resucitado que ha muerto para acompañarnos en nuestro morir, debe ser ofrecido visiblemente.
Dijo el papa en su homilia del año pasado, en la conmemoración de los fieles difuntos: “La fe cristiana, fundada sobre la Pascua de Cristo, nos ayuda a vivir la memoria más que como un recuerdo del pasado, como una esperanza futura. No es tanto un volverse hacia atrás, sino más bien un mirar hacia adelante, hacia la meta de nuestro camino, hacia el puerto seguro que Dios nos ha prometido, hacia la fiesta sin fin que nos aguarda. Allí, en compañía del Señor Resucitado y de nuestros seres queridos, gustaremos la alegría del banquete eterno: «En aquel día —hemos escuchado en la lectura del profeta Isaías—, el Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos […]. Destruirá la Muerte para siempre» (Is 25,6.8).
No tenemos necesidad de esconder, disfrazar o anular la muerte. Podemos sentir miedo, o dolor, pero la solución no es huir o reinterpretar la muerte. Al contrario, cobra pleno sentido la vida, cuando la muerte tiene respuesta. En Cristo la respuesta es clara y lo celebramos en cada Eucaristía.

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