¿Realmente debemos perdonar 70 veces 7?
Sobre el perdón, la justicia y el arrepentimiento sincero
El otro día me preguntaron si de verdad tenemos que perdonar 70 veces 7. Esa pregunta, lejos de ser numérica, es profundamente espiritual. Y para entenderla bien, hay que volver al origen.
Pedro, uno de los discípulos de Jesús, le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿tengo que perdonar hasta siete veces?» En ese contexto, decir “siete veces” era como decir “muchas veces”, una forma de hablar. Así como hoy podríamos decir: “He comido comida china mil veces”, sin que literalmente signifique que fueron mil.
Jesús responde con algo todavía más radical: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, perdona siempre. El mensaje es claro: el perdón no tiene límites.
¿Pero eso es posible?
Hace años, en una charla ante 4,000 personas en Chihuahua, hice tres preguntas. La primera fue: ¿Se puede perdonar todo y siempre? Aproximadamente 3,500 personas dijeron que sí. Luego pregunté: ¿Se puede perdonar el adulterio y la violencia? Solo unas 200 personas siguieron asintiendo. Finalmente pregunté: ¿Cuántas veces? Y nadie respondió.
Aquí es donde entra la realidad: no se trata de perdonar cualquier cosa, infinitamente y sin condiciones. Lo que Jesús propone no es tolerar el mal sin consecuencias, sino abrir el corazón al perdón verdadero, el que surge cuando hay un arrepentimiento real.
Porque perdonar no es permitir el abuso. No es justificar 30 adulterios o soportar violencia semanal. En ciertos contextos —marcados por ignorancia, pecado o cultura distorsionada— hay quienes justifican hasta lo injustificable. “Así soy”, “así me hizo Dios”, “soy pasional”, dicen. Pero eso no es arrepentimiento. Eso es cinismo.
Dios perdona todo… pero no a la fuerza
El mismo Jesús que habló de perdonar todo, también habló del infierno. ¿Cómo entenderlo? No porque Dios no quiera perdonar, sino porque hay quienes no piden perdón. Dios no obliga a nadie a amarlo ni a entrar al cielo. El amor no puede ser obligatorio.
El infierno es para los que no se arrepienten, no para los que pecaron. Porque todos pecamos. Pero hay una diferencia inmensa entre equivocarse y justificarse.
El padre Fortea lo dijo con claridad: “Primero viene la misericordia, luego la justicia.” Al morir, esperamos alcanzar la misericordia. Y si la alcanzamos, entonces vendrá la justicia: reparación, purificación, transformación. Pero hay quienes ni siquiera se acercan a pedirla.
¿Y en el matrimonio?
Si tu pareja ha cometido errores graves como el adulterio o ha ejercido violencia, no estás obligado a soportarlo indefinidamente. Pero si hay un arrepentimiento genuino, si hay un cambio real, entonces el perdón es posible. Una mujer una vez me dijo: “Después del adulterio de mi marido, estamos mil veces mejor.” Porque él cambió, pidió perdón, y nunca más volvió a fallar.
Eso es arrepentimiento. Lo demás es manipulación.
Entonces, ¿se puede perdonar 70 veces 7?
Sí, cuando hay arrepentimiento sincero y voluntad de cambio. Pero si no lo hay, si no existe ni la intención de reparar el daño, el perdón pierde su sentido profundo. Como dijo Jesús en el Evangelio, “Apártate de mí, maldito”, a los que no ayudaron, no amaron, no sirvieron. A los indiferentes, a los cínicos.
Por eso, querido lector:
-
No lo hagas.
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Si caes, pide perdón de inmediato.
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Repara los daños.
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Demuestra con tu vida que estás arrepentido.
Perdonar no es olvidar. Perdonar no es permitir abusos. Perdonar es dar otra oportunidad cuando hay una transformación real.
Hagamos todo el bien que podamos. Que Dios te bendiga siempre.
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