¡Qué bueno saber idiomas!
Comunicación y comunión
Conocer las palabras y sus reglas no me asegura comprender ni hacerme comprender. Entiendo lo que me dicen. Pero ¿comprendo a la persona?
¿Cómo consigue un alga microscópica orientarse hacia la luz?
Todo comenzó con esa pregunta sobre ese movimiento que abrió el camino a los descubrimientos de Hegemann, Nagel y Deisseroth, premiados con el Nobel de Medicina: estudiaron unas proteínas que funcionan como puertas en la membrana de la célula. Cuando reciben luz se abren y dejan pasar partículas con carga eléctrica.
Necesitamos luz y claridad en nuestras relaciones.
«No lo veo claro», me dicen, y preparo mi defensa. Creo estar escuchando, pero llevo un rato hablando con mis temores.
¿Dónde se ha roto la conversación? No es el idioma. Puedo dominar varios idiomas y seguir siendo extranjera en mi propia tierra.
Necesito el lenguaje del corazón. Esa luz que unifica. Ese espacio íntimo donde puedo ser uno sin dejar de ser múltiple.: lo que pienso, siento y quiero.
Comprendo algo y me cuesta aceptarlo.
Deseo acercarme y respondo tomando distancia. Necesito encontrar una unidad desde la que hablar.
También llevo mis heridas. Algunas piden cuidado desde hace tiempo. Si les entrego la interpretación de cuanto ocurre, puedo oír un reproche donde apenas se ha formulado una pregunta.
¿Qué me han dicho y qué he añadido yo? Puedo reconocer mi dolor y revisar mi interpretación. No pierdo dignidad al aceptar que me he equivocado. Recupero margen para responder de otra manera.
Al leer a Erik Varden, me detengo en su advertencia sobre la pérdida de una comprensión compartida de lo humano.[2]
¿Cuánto de esa fractura se habrá sentado a mi mesa? Cuanta falta de amor, libertad, respeto.
Varden vincula esa pérdida con las esperanzas puestas en «actualizaciones tecnológicas».[2] Agradezco los avances médicos. Pero ¿empiezo a mirar mi humanidad como una versión que necesita ser reemplazada? Si todo queda superado en futuro próximo ¿qué sentido tendrá prometer «para siempre»?
A ese oscurecimiento de quiénes somos lo llama «eclipse metafísico».[2] Lo traduzco: cuando pierdo de vista el valor de ser alguien, puedo acabar midiéndome —y midiendo a los demás— por lo que funcionamos.
Si entiendo el amor como no llevarme la contraria, viviré un desacuerdo como falta de cariño.
Si llamo libertad a no deber nada a nadie, acabaré sintiendo el compromiso como amenaza.
Y terminaré diciendo que es imposible entenderse.
- Varden señala cómo los vínculos pueden convertirse en tratos o en trucos: permanezco mientras recibo algo.[2] Reconozco esa lógica cuando me perjudica.
¿La descubro cuando soy yo quien calcula?
¿Qué lugar dejaré a quien ya no pueda darme lo que espero?
¿Qué lugar me queda cuando necesite más de lo que puedo dar?
Necesitamos un lenguaje que unifique, el lenguaje de la dignidad. Poder decir «aquí estoy» sin demostrar primero para qué sirvo. Y reconocer ese mismo valor en quien tengo delante.
Necesito algo que me una a los demás y me permita seguir siendo yo. Pascal escribió: «La multitud que no se reduce a la unidad es confusión; la unidad que no depende de la multitud es tiranía».[3]
La comunión empieza a tomar cuerpo cuando dejo entrar el bien de alguien en mis decisiones.
Vuelvo a E.Varden. Reconoce personas cansadas de lo efímero que buscan una verdad sobre la que construir.[2]
Yo puedo cansarme de tener abierta la salida y no encontrar dónde quedarme.
Varden añade algo que me interpela: sentirse escuchado importa, pero también hace falta orientación, una meta, aprender a vivir bien.[2] Reconozco esa necesidad. A veces consigo explicar lo que me pasa y sigo sin saber qué hacer con ello.
«Florecer no equivale a estar continuamente delirante de felicidad», escribe Varden.[2] Esa distinción me ayuda a mirar mi vida. Puedo atravesar una dificultad y seguir cuidando algo valioso. Necesito discernir qué debo cambiar y qué merece que persevere.
Puedo nombrar lo que duele sin dar por perdido lo que amo.
Pienso en san Juan Pablo II. Lo recuerdo besando el suelo, llorando, riendo a carcajadas, recogido en oración. Su «¡No tengáis miedo!» me llegaba con la fuerza de una vida entregada.[4] Hablaba con toda su persona.
Cuando la enfermedad fue apagando su voz, seguí reconociendo aquel lenguaje. Benedicto XVI lo llamó «la cátedra del sufrimiento y el silencio».[5] Su sufrimiento último fue comunión silenciosa.
Pienso en la paz del mundo y me siento pequeña. Sé que hacen falta justicia, decisiones políticas y acuerdos que protejan la vida. No puedo sustituirlos con mi buena voluntad. Tampoco quiero acostumbrarme a hablar de pueblos enteros como si en ellos ya no hubiera personas.
Desde la fe sé que cada vida, como la mía, ha sido querida por Dios. Quiero que esa certeza llegue a mis palabras.
Cuando vuelva a pedir paz para el mundo, quisiera estar dispuesta a escuchar la respuesta. Puede llegar en una lengua que desconozco.
O en la voz de alguien a quien hace tiempo dejé de escuchar.
Referencias
- Karolinska Institutet. The Nobel Prize to the pioneers of optogenetics Peter Hegemann, Georg Nagel and Karl Deisseroth. 5 de octubre de 2026.
https://news.ki.se/the-nobel-prize-to-the-pioneers-of-optogenetics-peter-hegemann-georg-nagel-and-karl-deisseroth - Erik Varden. Laetitiae Amor, apartado «Las familias hoy». Traducción publicada por Infovaticana, 20 de octubre de 2026.
https://infovaticana.com/2026/10/20/laetitiae-amor-la-reflexion-integra-de-mons-erik-varden-tras-el-encuentro-sobre-amoris-laetitia/ - Blaise Pascal. Pensamientos, fragmento 871, edición Brunschvicg. Traducción del francés.
https://fr.wikisource.org/wiki/Pensées_(Pascal,_éd._Brunschvicg)/Pensées/Section_XIV - Juan Pablo II. Homilía en el comienzo de su pontificado, 22 de octubre de 1978.
https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1978/documents/hf_jp-ii_hom_19781022_inizio-pontificato.html - Benedicto XVI. Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 2005.
https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2005/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20051222_roman-curia.html - León XIV. Magnifica humanitas, 15 de mayo de 2026, nn. 7-10.
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
Related
Un viaje desde el Evangelio hacia la realidad de América Latina
Academia de Líderes Católicos
24 octubre, 2026
12 min
Administrar como un buen padre de familia
Santiago Portas
22 octubre, 2026
4 min
El milagro del «paciente ideal»: el alta exprés del Papa León XIV y la luz verde para su gira latinoamericana
Valentina Alazraki
20 octubre, 2026
4 min
La vocación profesional del laico y la opción preferencial por los pobres
Alejandro Fontana
19 octubre, 2026
17 min
(EN)
(ES)
(IT)
