No todo es coltán
Más allá de las materias primas: la verdadera riqueza que Occidente ignora en el continente africano
La aventura humana en este mundo se inició en África. Allí están nuestros orígenes como especie. Desde aquel continente partieron, hace aproximadamente doscientos mil años, las primeras olas migratorias que acabarían poblando todo el planeta. No obstante, a pesar de poseer este blasón antropológico y de que algunos ven en aquel territorio cierta solución para los problemas demográficos y laborales de la Unión Europea, una tibia indolencia preside la visión actual de su mosaico geográfico.
Contemplarlo en el mapa es abrir los ojos a un inmenso espacio superpoblado. Por su extensión –equivalente a la conjunta de Estados Unidos, China, India, Japón y Europa– ocupa el tercer lugar en el mundo, y el segundo por lo que atañe a su población. Sin embargo, hablar hoy de África es sentir el espanto de la guerra, el hambre, la enfermedad, la pobreza, la ignorancia, la explotación, la corrupción, la inestabilidad social, los desórdenes políticos y económicos, la injusticia o la tragedia de las migraciones.
Es la dramática realidad de la mayor parte de un continente que pugna por salir de la miseria, a pesar de la riqueza de su abundante materia prima, de candente interés comercial por parte de China, Rusia y Estados Unidos. Sólo en cuanto a metales raros, la región del Congo posee el 80% del coltán del planeta, un mineral esencial para el desarrollo de nuevas tecnologías ligadas a la fabricación de dispositivos electrónicos, naves espaciales y armas de última generación.
Junto a sus fabulosos recursos naturales, este continente posee una riqueza humana extraordinaria, a pesar de la tendencia occidental a subestimar las capacidades y potencialidades de sus mil cuatrocientos millones de habitantes. Es una tierra fecunda en vida humana. Su población es joven y en constante aumento. De su voluntad de salir de la postración actual habla el millón y medio de personas que, tan solo en el África subsahariana, está aprendiendo la lengua española en los últimos años. Esta vitalidad no es más que una muestra de la riqueza de sus inestimables cualidades humanas.
Pero, aun siendo relevantes, esos valores no son los más significativos de cuantos pueden ofrecer a toda la humanidad. Según el Papa Benedicto XVI, “África es depositaria de un tesoro inestimable para el mundo entero: su profundo sentido de Dios”. Representa un inmenso “pulmón” espiritual para un orbe en crisis. La historia de este pueblo desde hace dos mil años es inseparable de la fe católica. Más aún, el crecimiento de las conversiones al cristianismo es constante: si a principios del siglo XX había solo dos millones de católicos, hoy alcanza los ciento cuarenta y siete, con una abrumadora cantidad de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.
Por ello, la Iglesia Católica, en expresión del Papa Francisco, debe seguir “asegurando [en África] su propia presencia y colaboración, esforzándose con generosidad para proporcionar toda ayuda posible a la población y, sobre todo, para reconstruir un ambiente de reconciliación y de paz entre todos los componentes de la sociedad”. De este modo, además de ocuparse de la atención religiosa inherente a su misión, está comprometida con la promoción humana de la zona mediante acciones e instituciones que conforman numerosos oasis de dignidad en medio de tantos desiertos de miseria.
Pero, aun siendo el Evangelio de Cristo la mejor esperanza para África, se precisa asimismo la actitud solidaria de la sociedad mundial –gobiernos nacionales, organismos internacionales y ciudadanía– en un momento histórico en el que la eficacia de la tecnología permite la accesibilidad e inmediatez de la ayuda material a los más necesitados en cualquier punto de nuestra aldea global. La comunidad internacional no puede considerar la suerte de África como la propia de un continente fallido.
Especialmente determinante es la actuación de los medios de información, que, para no confirmar nuestros prejuicios, no pueden limitar su tarea a la efímera exposición de la espectacularidad del horror o a la difusión del rostro más amable de este continente: safaris, competiciones deportivas y exóticos paisajes. Deben interpelar responsablemente la conciencia del mundo desarrollado, en cuyos lujosos despachos se toman con frecuencia las decisiones que afectan al futuro de África. Ante su realidad, la sociedad avanzada no puede permanecer instalada en su particular zona de confort.
Pedro Paricio . Dame tres minutos

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