No soy yo, es Cristo en mí
Testimonios de la verdad
Albert Cortina conversa con el P. Gustavo Lombardo, sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado (IVE). Máster en Ciencias Sociales y Humanísticas por la Universidad Abat Oliba, CEU (Barcelona). Responsable de https://ejerciciosespirituales.org y colaborador de www.vozcatolica.org
P. Gustavo, recientemente he tenido el privilegio de asistir a los Ejercicios Espirituales según el método de San Ignacio de Loyola que de modo presencial has predicado a un grupo de jóvenes y adultos en una localidad cercana a Barcelona.
Muchos de nuestros contemporáneos no conocen este tesoro que ofrece la Iglesia Católica para alcanzar la santidad, la felicidad y la perfección del alma desde la alegría de hacer la voluntad de Dios. Por ello, me gustaría que nos explicases: ¿Qué finalidades persiguen los Ejercicios Espirituales Ignacianos? ¿Pueden realizarse en la modalidad online? ¿Qué van a encontrar los jóvenes y adultos, hombres y mujeres, en dichos Ejercicios?
La modalidad online de los Ejercicios Espirituales Ignacianos persigue como finalidad principal acercar este instrumento de conversión a personas que, por distancia geográfica o por las exigencias de la vida moderna, no pueden realizar un retiro presencial de varios días o un mes completo. Esta versión busca que el ejercitante pueda integrar la oración en su vida cotidiana, dedicando aproximadamente una hora al día durante el tiempo de Cuaresma. De este modo, se pretende que la persona genere un hábito de oración constante y con mayor consistencia en el tiempo, permitiéndole ver cómo reacciona ante su realidad diaria mientras medita.
En estos Ejercicios, jóvenes y adultos de ambos sexos encontrarán un método práctico para ordenar su vida según la voluntad de Dios y vencer sus propios desórdenes o «afectos desordenados».
Entre algunas de las herramientas que hallarán los participantes se encuentran discernir los espíritus, identificando de dónde vienen sus pensamientos y sentimientos, distinguiendo entre la acción de Dios y las artimañas del enemigo; aprender a orar; encontrar la paz y la alegría verdadera, pues al descubrir lo que Dios quiere para ellos, se suele experimentar una paz profunda y la alegría de la santidad, que se define como el gozo de cumplir la voluntad divina; encontrarán un camino para unirse más estrechamente al Redentor y seguir sus pasos y se encontrarán con herramientas que les permitirán tomar decisiones fundamentales, ya sea una vocación religiosa o cambios prácticos en el día a día (como la gestión del tiempo o el trato con los demás). En suma, los Ejercicios ofrecen la claridad necesaria para dar dirección y sentido a la vida.
Los testimonios aseguran que quienes se comprometen con el proceso encuentran un «antes y un después» en su vida espiritual, logrando una conversión que impacta todas sus dimensiones personales y familiares.

¿Por qué crees que nuestro mundo necesita de los Ejercicios Espirituales Ignacianos? ¿Qué puede enseñarnos hoy ese gran santo católico del siglo XVI? ¿Tiene que ver con la inmutabilidad de Dios y la Verdad? ¿Tal vez con el combate espiritual que se libra con tanta fuerza en nuestros días? ¿Suponen vencerse a si mismo para conquistar el dominio del reino interior constituido por el cuerpo y el espíritu?
Debido al ajetreo, ruido y distracciones de la vida moderna se nos dificulta escuchar la voz de Dios. Vivimos en una «sociedad apóstata», sumida en el relativismo, donde se ha perdido el sentido del pecado y la conexión con las verdades eternas, lo que deja a las personas con el corazón frío y sin una brújula espiritual.
Este gran santo del siglo XVI tiene mucho que enseñarnos hoy, principalmente porque proporciona un método práctico y eficaz para encontrar sentido y dirección. Por ejemplo, ofrece reglas precisas para identificar de dónde vienen nuestros pensamientos y sentimientos, distinguiendo si provienen de Dios, de nuestra propia naturaleza o del «mal espíritu» que busca quitarnos la paz. Enseña que la santidad es la «alegría de hacer la voluntad de Dios», un proyecto pensado por amor para cada individuo desde la eternidad. A su vez, los Ejercicios actúan como un entrenamiento para meditar y contemplar las verdades del Evangelio de forma profunda, transformando la teoría en una experiencia viva.
Tal como sugieres, su propuesta está profundamente ligada a la inmutabilidad de Dios y la Verdad. San Ignacio nos invita a vivir la «verdad de la vida» (veritas vitae), que ocurre cuando la existencia de una persona corresponde al plan eterno y perfecto de Dios, el cual no cambia a pesar de las modas de este mundo. Los Ejercicios sitúan al hombre «al filo de la eternidad», recordándole que su fin último es alabar y servir al Creador para salvar su alma, una verdad inalterable desde la creación.
Respecto al combate espiritual, que se libra con gran fuerza hoy, San Ignacio describe la vida humana en la tierra como una «milicia» o batalla invisible entre el bien y el mal, y no contento con ello, enseña estrategias para enfrentar a los tres enemigos tradicionales: el demonio, el mundo y la carne. Realizar estos Ejercicios supone vencerse a sí mismo para conquistar el dominio del reino interior. El objetivo es ordenar la propia vida eliminando aquellos deseos o apegos que nos frenan en el camino hacia la santidad, para que la voluntad sea libre de elegir lo que Dios quiere. Al trabajar tanto la parte sensible (las pasiones y el cuerpo) como la espiritual (la inteligencia y la voluntad), la persona logra una libertad verdadera que impacta todas las dimensiones de su ser.
Este tipo de Ejercicios Espirituales se realizan en un ambiente de silencio y oración. Los participantes se van a retirar unos días buscando esa soledad y silencio para estar con el Señor. En esa soledad es donde podemos volvernos a enamorar del Señor: “La seduciré y la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16). ¿Para todos los que vivimos en el mundo, es importante ese recogimiento interior? ¿Se llega a disfrutar y querer esa soledad y el silencio para estar con Dios y para Dios?
Para quienes viven inmersos en el ajetreo del mundo moderno, el recogimiento interior no solo es importante, sino vital, ya que el ruido y las distracciones constantes de la vida actual dificultan enormemente escuchar la voz de Dios. Aunque Dios pueda manifestarse de forma milagrosa o «gritarnos», habitualmente requiere que le hagamos un lugarcito al silencio, para poder hablarnos al corazón. Este silencio es un elemento necesario para «sentir y conocer» las mociones internas, para poder distinguir la acción de Dios de las artimañas del enemigo.
Respecto a si se llega a disfrutar y querer esta soledad, hay que tener en cuenta que lo que una persona logra «sí o sí» con estos Ejercicios es más paz, una paz verdadera que nace de la conversión y de encontrar el rumbo de la vida. Una «paz bárbara» que los participantes terminan valorando profundamente. El silencio no es un vacío, sino un espacio para encontrarse con «el Otro» (Dios).
En los Ejercicios, el ejercitante puede tener un conocimiento interno del Señor que se ha hecho hombre por él, llegando a disfrutar de una relación nueva y más íntima con Cristo.
Al dedicar, por ejemplo, una hora diaria durante la Cuaresma (el llamado «desierto de criaturas»), el ejercitante suele generar un hábito que luego desea mantener, pues descubre que ese tiempo de soledad con Dios le da la consistencia necesaria para afrontar su realidad cotidiana. Incluso grupos grandes de personas que hacen estos Ejercicios en retiro (como tandas de más de 50 mujeres que los han realizado en silencio absoluto) terminan el proceso felices y agradecidas, que les hace recomendar la experiencia a otros.
En definitiva, nadie se arrepiente de hacer los Ejercicios. Aunque al principio pueda costar o dar miedo enfrentarse al silencio, el resultado de estar para Dios y con Dios es una felicidad y una libertad interior que supera cualquier atractivo del mundo exterior.
El libro de los Ejercicios que escribió San Ignacio – que supone una auténtica revolución espiritual- resulta ser una especie de manual de táctica espiritual, un indicador del método que hay que seguir, del sistema que se debe desarrollar para alcanzar la santidad. Decía San Bernardo que “el alma alcanza un grado de perfección proporcionado a los deseos que alimenta en su corazón”. Y es que la santidad, como nos lo recuerdan tantos santos, no es cuestión de edad ni de estado, puesto que la santidad es vivir en el Espíritu Santo, y eso lo podemos alcanzar todos con la gracia de Dios.
P. Gustavo, explícanos con más detenimiento cómo se estructuran los Ejercicios. ¿Cuáles son sus distintas modalidades temporales? ¿Qué objetivos se pretenden alcanzar en cada una de las etapas?
Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio se estructuran como un proceso pedagógico diseñado para que el alma se disponga a buscar y hallar la voluntad divina. La estructura fundamental se divide en cuatro etapas, tradicionalmente llamadas «semanas», aunque su duración no es necesariamente de siete días cronológicos, sino que depende del progreso del ejercitante. Además, cada momento de oración sigue un método específico: Actos preparatorios que incluyen una oración preparatoria y preámbulos como traer la historia, composición de lugar y petición de una gracia específica. Un cuerpo de la meditación donde se ejercitan las potencias del alma (memoria, inteligencia y voluntad) sobre el tema propuesto y actos conclusivos, concretamente, un coloquio, donde se habla con el Señor o la Virgen «como un amigo habla a otro», y el examen posterior de la oración para evaluar cómo se ha procedido.
Respecto a las modalidades temporales, existen diversas formas de realizar los Ejercicios según la disponibilidad y capacidad de la persona: la de “mes completo” es la modalidad original y más profunda que se realiza en silencio absoluto y apartamiento total durante 30 días. También hay tandas breves que consisten en retiros presenciales de 3, 5 u 8 días, que condensan los temas principales para quienes tienen poco tiempo. Y está la modalidad online que consiste en una adaptación moderna de la modalidad anterior que propone una hora diaria durante el tiempo de Cuaresma (unos 50 días en total) para integrar la oración en la rutina diaria.
En cuanto a los objetivos, el fin general es vencerse a sí mismo y ordenar la vida sin dejarse llevar por afectos desordenados. Cada etapa tiene una finalidad específica:
La Primera Etapa (Vía Purgativa) se centra en el «Principio y Fundamento» (el fin para el que el hombre fue creado) y en el conocimiento de los propios pecados. El objetivo es la purificación del alma, el arrepentimiento y la limpieza de las culpas pasadas para disponerse a la gracia.
La Segunda Etapa (Vía Iluminativa) trata sobre la vida de Jesucristo hasta el Domingo de Ramos. El objetivo es un conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle. Es la etapa donde suele realizarse la «Elección», es decir, tomar decisiones fundamentales sobre el estado de vida o reformas personales.
En la Tercera Etapa se medita la Pasión de Cristo. El objetivo es pedir y sentir dolor, pena y confusión con Cristo que sufre por nuestros pecados.
La Cuarta Etapa (Vía Unitiva) se enfoca en la Resurrección y Ascensión. El objetivo es sentir alegría y gozo con Cristo resucitado y prepararse para encontrar a Dios en todas las cosas.
Finalmente, los Ejercicios culminan con la «Contemplación para alcanzar amor», que busca que el ejercitante viva en una unión con Dios en su vida diaria.

Como bien has comentado, los Ejercicios Ignacianos se inician ubicando al hombre frente a una ley metafísica, el Principio y Fundamento, o sea, el fin del hombre y acaban con la contemplación para alcanzar amor, punto final y término del vivir humano. El mundo moderno no se entiende a sí mismo ni comprende al hombre, y por ello, resulta tan necesario el supremo principio ordenador que propone los Ejercicios.
Si te parece bien, empecemos por los Principios y Fundamentos que se asientan en la primera etapa de los Ejercicios: ¿Para qué ha sido creado el ser humano? ¿Cuál es el fin del hombre? ¿Cómo ha de ser su relación con el resto de las criaturas y con todo lo creado?
El Principio y Fundamento constituye la ley metafísica y el principio ordenador supremo de los Ejercicios Espirituales, sitúa al hombre frente a su destino eterno desde la primera etapa. El ser humano ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante este camino, alcanzar la salvación de su alma. Este fin es una «vocación» de retorno al Creador, entendiendo que la existencia humana es un acto continuo donde Dios sostiene nuestro ser en cada momento; si Él dejara de darnos el ser, volveríamos a la nada.
San Ignacio desglosa este fin en tres acciones vitales: “alabar” implica la confesión pública del poder de Dios y la acción de gracias constante por sus dones. “Hacer reverencia” es la manifestación externa e interna del respeto y la adoración debida únicamente a la Divinidad. “Servir”, como la «mística del servicio» que vuelca el amor en las obras, imitando y siguiendo a Jesucristo para el bien de todos. La plenitud del hombre se encuentra en vivir la «verdad de la vida» (veritas vitae), que ocurre cuando la existencia personal corresponde exactamente al proyecto de amor pensado por Dios desde la eternidad.
La relación del hombre con el resto de la creación debe estar marcada por la indiferencia y el orden. El peligro radica en buscar la felicidad en las criaturas o en los placeres aparentes (como el dinero, el honor o los vicios) donde no reside nuestro fin último.
Para mantener una relación sana con lo creado, el ejercitante debe usar las criaturas en tanto que ayuden al fin. El hombre debe desocupar su alma de las criaturas para disponerse a la unión con Dios. También debe vencerse a sí mismo, ordenando sus deseos para que la causa de tener o desear una cosa (como un cargo o un beneficio) sea únicamente el servicio, honra y gloria de la divina majestad. Asimismo, debe evitar la «vida falsa». Buscar el fin en las criaturas en lugar del Creador es vivir una falsedad que quita la paz y la libertad. En suma, todo lo creado es un medio y no un fin. La libertad verdadera consiste en ser capaces de elegir solo aquello que nos conduce más directamente a nuestro objetivo principal: dar gloria a Dios y salvar nuestra alma.
Se me acumulan las preguntas P. Gustavo ¿Cómo podemos conocer el amor de Dios en esa primera etapa de los Ejercicios? ¿Qué significa que Dios nos da consolaciones y desolaciones? ¿Cómo está relacionado el pecado con la misericordia y la justicia de Dios? ¿Cómo reconocer la voz de Dios en el alma? ¿Qué son las reglas de discernimiento de espíritus? ¿Suponen los Ejercicios un auténtico y profundo camino de conversión? Los directores de los Ejercicios afirmáis que esta primera etapa resulta necesaria para “reformar lo deformado”. ¿Qué significado das a esta afirmación?
En la primera etapa de los Ejercicios Espirituales, el amor de Dios se conoce principalmente a través de la consolación, la cual es definida explícitamente como una «experiencia del amor de Dios». Al meditar sobre el «Principio y Fundamento», el ejercitante descubre que ha sido creado por amor para un fin eterno, lo que le permite entender su vida como un proyecto divino de felicidad.
Respecto a los movimientos del alma, San Ignacio enseña lo siguiente: Las consolaciones son mociones interiores que inflaman al alma en amor a su Creador, aumentando la fe, la esperanza y la caridad, y trayendo una paz y alegría que atraen hacia las cosas celestiales. Las desolaciones son lo contrario; se manifiestan como oscuridad, turbación, inquietud y tentaciones que mueven a la desconfianza y la tristeza, haciendo que el alma se sienta separada de Dios.
El pecado está relacionado con la misericordia en cuanto que Dios utiliza «punzamientos» en la conciencia para mover al pecador a la conversión y sacarlo de su estado de error. La justicia divina se refleja en la necesidad de una «vía purgativa», donde el ejercitante busca el arrepentimiento y el dolor por sus faltas para purificar el alma.
En cuanto a reconocer la voz de Dios, sabemos que Él habla habitualmente en lo más íntimo del ser y se requiere de perfecta concentración y silencio para ser escuchado. Su voz se distingue porque trae paz, ánimos y fuerzas, y sus correcciones son suaves, a diferencia del «mal espíritu» que muerde y quita la paz con falsas razones. Las reglas de discernimiento de espíritus son un método práctico para «sentir y conocer» estas mociones, permitiendo al ejercitante recibir las buenas y lanzar las malas. Este proceso supone un auténtico y profundo camino de conversión, y funcionan como una «máquina de convertir» o un «training» espiritual que transforma la vida del hombre al ponerlo frente a la eternidad.
Finalmente, la afirmación de “reformar lo deformado” en esta primera etapa significa trabajar en la purificación de las culpas pasadas y en ordenar los «afectos desordenados». Se trata de corregir aquello que en la vida del hombre ha perdido su forma original (su orientación a Dios) para que la voluntad quede libre y pueda buscar y hallar la voluntad divina.
Estamos en unos tiempos en los que la escatología particular anunciada para cada uno de nosotros y especialmente la escatología general de la Historia de la Salvación no resulta bien comprendida ni recibida en muchos ambientes católicos y por ello se evita su estudio e incluso se cuestiona su veracidad. Por ese motivo creo que es muy importante ir de nuevo a las Sagradas Escrituras, a los Padres y Doctores de la Iglesia y a los Santos para meditar y contemplar estas realidades últimas.
Según las enseñanzas de San Ignacio, ¿cómo debemos entender el cielo, el purgatorio y el infierno?
Según las enseñanzas de San Ignacio, el cielo, el purgatorio y el infierno deben entenderse dentro de la perspectiva de las postrimerías del hombre, situando al ser humano siempre «al filo de la eternidad».
El cielo se presenta como el fin último y la verdadera casa del hombre. Se describe como la unión total con el Creador, donde el alma podrá ver a Dios cara a cara y compartir su alegría y felicidad infinitas. Es el premio para quienes mueren en estado de gracia y han buscado cumplir la voluntad divina en la tierra.
El infierno tiene el papel de una herramienta de conversión. San Ignacio propone un método específico para meditar sobre el infierno, utilizando la imaginación para percibir su realidad física y espiritual. El infierno es entendido como el hombre que rechaza a Dios, más que Dios rechazando al hombre. Su mayor tormento es la pérdida de Dios y saber que ese destino no cambiará jamás. San Ignacio pide sentir la pena que padecen los condenados para que, si por faltas propias uno se olvidara del amor de Dios, al menos el temor a las penas ayude a no caer en pecado.
En lo que respecta al purgatorio, aunque en los Ejercicios se menciona brevemente se entiende como un estado de purificación necesaria para quienes no han alcanzado la santidad plena en la tierra. En todo caso, es preferible buscar la santidad en esta vida y «reformar lo deformado» mediante los Ejercicios, para evitar pasar por el purgatorio aunque sea un minuto.
Para San Ignacio, estas realidades subrayan la seriedad de la vida espiritual, pues solo tenemos una sola alma y una sola oportunidad de salvarla, por lo que ordenar la vida según la voluntad de Dios es la tarea más urgente del ser humano.
En la segunda etapa de los Ejercicios Espirituales se pretende “conformar lo reformado” y por ello, se nos propone meditar sobre la vida de Jesús, conocer su misión y aceptar la invitación a seguirle en su ejemplo. ¿Cómo explicarías esa imitación de Cristo que todos los cristianos debemos realizar? ¿Aquí la realidad de Jesucristo Rey del Universo es fundamental?
En efecto, en la segunda etapa de los Ejercicios Espirituales, denominada Vía Iluminativa, el objetivo fundamental es “conformar lo reformado”, lo que implica que el alma, tras ser purificada en la primera etapa, debe ahora tomar la «forma» de Cristo configurando toda su vida según su ejemplo y doctrina. La imitación que se propone a todo cristiano no es una copia externa de comportamientos, sino una transformación profunda basada en el conocimiento interno del Señor, el combate espiritual y la universalidad de la Santidad.
San Ignacio invita a pedir insistentemente la gracia de un «conocimiento interno del Señor» cuyo fin es «sentir y gustar» internamente las verdades del Evangelio para que el amor a la persona de Jesús sea lo que mueva la voluntad a seguirle. La imitación se entiende como un llamamiento a la guerra espiritual contra los enemigos del alma (demonio, mundo y carne). Seguir a Jesús significa imitarle en su lucha, «pisando todo» –incluso los afectos más cercanos– para hacerse semejante a Él en la entrega. Jesús dio ejemplo tanto para la vida ordinaria (obedeciendo a sus padres) como para la vida de perfección. Por ello, la imitación de Cristo consiste en buscar la perfección en cualquier estado de vida, disponiéndose a ser recibido bajo su bandera mediante la pobreza (actual o espiritual), el deseo de oprobios y la humildad, que son los tres escalones hacia todas las demás virtudes.
La realidad de Jesucristo como Rey Eternal es el eje sobre el cual gira toda esta etapa, especialmente a través de la meditación del «Llamamiento del Rey Temporal» que ayuda a contemplar la vida del Rey eterno. Jesucristo ES REY de forma real y teológica; lo es por ser Dios, por ser el más perfecto de los hombres y por «derecho de conquista», al haber redimido a la humanidad con su sangre en la cruz. A diferencia de un jefe que solo manda, este Rey «camina delante de los suyos» y pide que cada uno haga lo que Él mismo ha hecho. Quien quiera compartir su victoria en la gloria debe primero compartir sus trabajos, su comida y sus penas en la tierra. Cristo, como «sumo Capitán general», hace un llamamiento a todas las personas para conquistar el universo entero para Dios. Esta realidad es tan fundamental que no seguir a este Rey tan noble y virtuoso es propio de quien ha perdido el juicio o la razón.
Aceptar esta imitación significa, en última instancia, ofrecer la propia persona al trabajo de Cristo Rey, con la determinación de imitarle en pasar injurias, vituperios y pobreza para que su reinado se establezca primero en el propio corazón y luego en todo el mundo.
A los Ejercicios de San Ignacio también se los conoce por los Ejercicios de las dos banderas. ¿Qué significado tiene esa expresión? ¿Es una forma de abordar que el camino que quiere el Señor para mi es el de la santidad y la plenitud de vida y no la del engaño, el pecado y la condenación para toda la eternidad? ¿Cómo se relaciona esto con la inteligencia y la voluntad en la meditación de los tres binarios que se realiza en los Ejercicios y que es una buena metodología para tomar siempre buenas elecciones conforme a la voluntad de Dios?
La meditación de las «Dos Banderas» constituye el eje del combate espiritual que todo cristiano libra. Como ya habíamos dicho, San Ignacio, con su trasfondo de caballero, describe la vida humana en la tierra como una «milicia» o guerra donde no existen neutrales: o se milita bajo la bandera de Jesucristo, nuestro «sumo Capitán», o bajo la de Lucifer, el «mortal enemigo de nuestra humana natura».
Esta meditación es la forma práctica de discernir que el camino del Señor conduce a la santidad y plenitud, mientras que el del enemigo lleva al engaño y la condenación. San Ignacio desvela las tácticas opuestas de ambos caudillos. La estrategia de la Bandera de Lucifer para perder las almas consiste en un programa de tres escalones: primero tienta con la codicia de riquezas, para que estas lleven al vano honor del mundo y, finalmente, a una crecida soberbia, de la cual se derivan todos los demás vicios. La Bandera de Cristo propone el camino inverso para la plenitud, invitando primero a la pobreza espiritual (y actual si Él lo desea), luego al deseo de oprobios y menosprecios (para asemejarse a Cristo humillado) y así alcanzar la humildad, que es la puerta a todas las demás virtudes.
Los Ejercicios integran las facultades del hombre para tomar elecciones correctas. Mientras que Dos Banderas es un ejercicio de la inteligencia, la meditación de los Tres Binarios es un ejercicio de la voluntad. En Dos Banderas pedimos «conocimiento de los engaños del mal caudillo» para guardarnos de ellos, y «conocimiento de la vida verdadera» que muestra Cristo para poder imitarla. Es un ejercicio de discernimiento para no ser engañado por falsas razones o apariencias de bien. Tres Binarios es el «test» de la generosidad y la sinceridad del querer. Presenta a tres tipos de personas que han adquirido una suma de dinero (o cualquier afecto) y desean hallar a Dios en paz, pero tienen el obstáculo de un apego desordenado. El primer hombre querría quitar el afecto, pero es un deseo teórico y no pone los medios hasta la hora de la muerte. El segundo quiere quitar el afecto, pero de tal modo que «quede con la cosa», pretendiendo que Dios se acomode a su querer. Es una voluntad que «quiere y hace», pero no lo que Dios pide, privándose de la gracia plena. El tercer hombre posee una voluntad que ha alcanzado la indiferencia. Quiere tener la cosa o no tenerla únicamente según Dios le ponga en voluntad para Su mejor servicio. Es la disposición de «firmar un cheque en blanco» a la Providencia.
Esta estructura es una metodología infalible para elegir conforme a la voluntad de Dios. Al iluminar la inteligencia sobre el fin del hombre y las trampas del mal, y al entrenar la voluntad en la abnegación de los Binarios, el ejercitante queda en libertad de buscar y hallar lo que Dios realmente quiere, logrando así la verdadera «alegría de hacer la voluntad de Dios».

En la tercera etapa se pretende “confirmar lo conformado” meditando sobre la pasión y muerte de Jesucristo con el objetivo de entender el sacrificio de Jesús y su amor incondicional hacia la humanidad. ¿Cómo debemos contemplar y amar la Cruz? Para ello debemos desterrar el pecado máximo de soberbia y perfeccionarnos en la virtud de la humildad, ¿cierto?
Efectivamente, en la tercera etapa (o Tercera Semana) de los Ejercicios, el objetivo es «confirmar lo conformado», centrando la meditación en la Pasión y muerte de Jesucristo. Tras haber buscado configurar la vida con Cristo en la segunda etapa, ahora el ejercitante se detiene ante el sacrificio supremo para entender la profundidad del amor divino.
Para contemplar la Cruz de manera provechosa, San Ignacio propone una participación no solo intelectual, sino profundamente afectiva y sensible. En esta etapa, el ejercitante no pide consuelo, sino «dolor, pena y confusión», demandando sentir «pena, lágrimas y tormento con Cristo atormentado» por sus propios pecados. Se busca entender que Jesús va a la Pasión por amor a cada individuo, ocupando el lugar que nos correspondía y cargando con las culpas de la humanidad. La presencia de la Virgen como Madre Dolorosa al pie de la Cruz es fundamental. Ella es la «maestra sabia» que enseña a permanecer junto al Redentor en el momento del máximo sufrimiento. En esta etapa se invita a usar la imaginación para «ver» las llagas y «oír» las blasfemias, permitiendo que el alma se estremezca ante el realismo del dolor de Cristo.
Tal como mencionas, este camino exige un combate frontal contra la soberbia para perfeccionarse en la humildad. La soberbia es el pecado máximo que induce al hombre a querer «emanciparse de Dios» y ser el único artífice de su vida, lo cual lleva a la autodestrucción. La Tercera Manera de Humildad: Es el grado de perfección más alto que se puede alcanzar y el que mejor define el amor a la Cruz. Consiste en que, siendo igual el servicio a Dios, el ejercitante elija y desee más la pobreza con Cristo pobre, los oprobios con Cristo lleno de ellos, y ser tenido por «loco por Cristo» antes que ser estimado como sabio en este mundo. Amar la Cruz en este nivel significa que el alma ya no mira al cielo o al infierno por interés, sino que solo mira a Jesucristo Crucificado, encontrando «dulzura en todo sufrimiento» por amor a Él.

En la cuarta etapa se pretende “transfigurar lo confirmado” y para ello se medita la Resurrección de Cristo para vivir con alegría y gozo nuestra propia resurrección. En esta etapa de los Ejercicios se contempla cómo será la vida eterna. Explícanos con más detalle como entendía San Ignacio esa transfiguración del ser humano en un cuerpo glorioso unido a su alma inmortal, así como la vida en la Gloria.
Tal como dices, en la cuarta etapa de los Ejercicios Espirituales, la vía unitiva, el objetivo es “transfigurar lo conformado”, centrando la meditación en la Resurrección y Ascensión de Cristo. Esta etapa busca que el ejercitante se llene de alegría y gozo intenso por la victoria y gloria del Señor. Al igual que Cristo resucitó en cuerpo y alma para aparecerse a su Madre, el ser humano está llamado a una resurrección total. En este estado, el cuerpo resucita sano y glorioso. Aunque el cuerpo resucitado puede parecer idéntico exteriormente al mortal, es “infinitamente mejor” en su naturaleza.
La vida eterna se describe como la Nueva Jerusalén o Jerusalén Celestial, un estado de perfección donde todo lo creado llega a su plenitud. Las realidades de la vida en la Gloria son, en última instancia, un misterio difícil de explicar con palabras humanas. Al igual que Jesús utilizó parábolas para describir el Reino de los Cielos, San Ignacio invita a usar la vista de la imaginación para contemplar estas verdades, reconociendo que no se pueden entender plenamente sin ver a Dios cara a cara.
Esta etapa no solo abarca la resurrección individual, sino una Resurrección Total del universo, donde Dios hará “cielos y tierra nueva”, dedicando todas las cosas y obras humanas definitivamente a Su servicio y gloria. Esta etapa es una preparación para el gozo del Cielo, fundamentada en la fe de que la victoria de Cristo sobre la muerte garantiza la transfiguración final de nuestra propia humanidad en la eternidad.
En los Ejercicios se resalta la importancia de la oración constante en la presencia del Señor, la contemplación para alcanzar su Amor y la necesidad del dialogo particular con cada una de las tres Personas de la Santísima Trinidad que son un solo Dios.
Para aquellos que quieran profundizar en ese dialogo: ¿Qué tipos de oración existen? ¿Nos puedes hacer una breve descripción de cada una de esas formas de rezar?
Dentro de la tradición de los Ejercicios Espirituales, la oración es un entrenamiento espiritual que abarca diversas modalidades para ayudar al alma a comunicarse con Dios. Los tipos de oración que describe el Santo son:
La Oración Vocal es aquella que utiliza palabras expresas y fórmulas establecidas, como el Padre Nuestro, el Ave María o el Credo. Incluso en estas oraciones breves, se debe poner plena atención a lo que se dice para entrar en presencia de la Santísima Trinidad.
La Oración Mental se refiere al diálogo interno con Dios que ocurre en el pensamiento y el corazón, sin necesidad de palabras externas. Es una forma de «asiduo coloquio» con el Creador.
La Meditación es un acto espiritual avanzado que consiste en pensar en las cosas de Dios. En ella se ejercitan las tres potencias del alma: memoria, entendimiento (inteligencia) y voluntad. El objetivo es «rumiar» o profundizar en las verdades de la fe para sacar provecho espiritual y tomar resoluciones firmes.
El Examen de Consciencia es un tipo de oración reflexiva para revisar el estado del alma. Existe el examen general (revisión del día agradeciendo a Dios y pidiendo perdón) y el examen particular, que se enfoca en un defecto específico o una virtud que se desea adquirir, anotando los progresos diariamente.
La Contemplación, a diferencia de la meditación discursiva, utiliza la «vista de la imaginación». El ejercitante se introduce en las escenas del Evangelio como si estuviera presente, buscando «sentir y gustar de las cosas internamente» más que saber mucho intelectualmente.
La Aplicación de Sentidos es una forma específica de contemplación donde se aplican los cinco sentidos imaginarios (vista, oído, olfato, gusto y tacto) a una realidad espiritual, como la Pasión o el Infierno, para palpar internamente esas verdades.
El Coloquio es considerado por muchos como el momento más importante de la oración. Consiste en hablar con el Señor, la Virgen o el Padre «así como un amigo habla a otro» o un siervo a su señor. Es un espacio para comunicar sentimientos, pedir consejos o culparse por las faltas.
La Petición es la oración de demanda donde se pide a Dios una gracia específica según la materia que se esté tratando (por ejemplo, pedir dolor por los pecados o gozo con Cristo resucitado).
San Ignacio propone estructuras adicionales al final de los Ejercicios, que incluyen orar sobre los Mandamientos, considerar cada palabra de una oración (como el Padre Nuestro) o rezar al ritmo de la respiración. Para que cualquiera de estas formas sea efectiva, se requiere de un ambiente de silencio, soledad y perfecta concentración, permitiendo que Dios hable a lo más íntimo del ser.
En la etapa final, además del esquema habitual de meditación, contemplación y dialogo con el Señor, se propone realizar un Plan de Acción, es decir, se sugiere al participante que enumere en su diario íntimo los propósitos y decisiones que el Espíritu Santo le haya ido inspirando a lo largo de las distintas etapas por las que ha ido avanzando en su particular camino espiritual durante los Ejercicios ¿Cómo sugerirías realizar ese Plan de Acción?
Realizar un Plan de Acción (o Plan de Vida) es la culminación práctica de los Ejercicios Espirituales, cuyo objetivo es que el orden alcanzado durante el retiro se traslade a la vida cotidiana. Para estructurar este plan de manera eficaz, el plan debe nacer de la abnegación. San Ignacio enseña que «tanto se aprovechará en todas cosas espirituales, cuanto saliere de su proprio amor, querer e interés». El objetivo es reformar la vida para que cada acción esté alineada con el fin último: dar gloria a Dios y salvar el alma.
Para su elaboración se nos propone primero identificar la voluntad de Dios, reflexionando sobre lo que Dios te ha pedido en el pasado, lo que te pide con claridad ahora y los obstáculos que te impiden seguirlo radicalmente. Se propone examinar la vida, considerando las dimensiones de tu existencia para descubrir qué debes quitar (lo que está mal o es apego desordenado), mejorar (actitudes que Dios quiere que cambies) o mantener. No basta con deseos teóricos. El plan debe determinar el tiempo y la manera de realizar las actividades y adquirir las virtudes necesarias.
Un Plan de Acción integral debe identificar tu defecto dominante y las virtudes que urge adquirir. Atacar las pasiones no dominadas (ira, odios) y los malos hábitos (pereza, impuntualidad). Se recomienda establecer horarios para la oración diaria, la frecuencia de las confesiones, el modo de vivir la Santa Misa, la lectura espiritual y el examen de conciencia diario. Asimismo, define cómo vas a regir y enseñar en tu casa con la palabra y el ejemplo, cumpliendo con los deberes de tu estado (esposo/a, padre/madre, hijo/a). Debería incluir el aprovechamiento del estudio y acciones concretas de celo apostólico por la salvación de los demás.
El plan debe ajustarse a tus deberes de estado, carácter y fuerzas actuales, y ser flexible para no esclavizar el alma ante imprevistos por la caridad, pero firme para no modificarlo por capricho. Es fundamental revisarlo y autorizarlo con un director espiritual, ya que nadie es buen juez en su propia causa. Se sugiere realizar una rendición de cuentas mensual (por ejemplo, en un retiro mensual) para examinar el progreso de los propósitos, tomar nuevas determinaciones si es necesario y corregir la inconstancia.
¿Cómo contemplan los Ejercicios Espirituales de San Ignacio a la Santísima Virgen? Ella manifestó su especial Fiat en la Anunciación que dio paso al misterio del Verbo Encarnado, acompañó junto a San José a Jesús durante toda su vida ordinaria y posteriormente en su misión pública, sufrió durante la Pasión profundamente en su Corazón Inmaculado, estuvo al pie de la Cruz contemplando la muerte de su Hijo y finalmente, tuvo el gozo de ver a Jesucristo Resucitado y ascendiendo al Cielo. Realmente María es nuestra Madre y Maestra para cada uno de nosotros en particular y para el conjunto de la Iglesia, ¿verdad?
En los Ejercicios Espirituales, la Santísima Virgen no es solo una figura de devoción, sino la «Maestra sabia» e inspiradora de todo el proceso. San Ignacio mantuvo una correspondencia de amor con ella desde su conversión, considerándola la Señora de sus pensamientos y de su vida. Existe una antigua y firme tradición que afirma que la Virgen misma enseñó o «dictó» los Ejercicios a San Ignacio en la cueva de Manresa para que sirvieran como un instrumento de salvación para las almas.
La presencia de María en los Ejercicios se contempla como intercesora y como modelo en los Misterios de la Vida de Nuestro Señor. Para alcanzar una gracia del Padre, el ejercitante debe dirigirse primero a «la Madre», pidiéndole que interceda ante su Hijo; luego al Hijo, para que interceda ante el Padre; y finalmente al Padre mismo. Este método habitúa al fiel a tener a María en el lugar que la fe de la Iglesia le concede como mediadora.
A partir de la Segunda Semana, María aparece como el dechado de todas las virtudes. En la Anunciación y Fiat, se contempla la decisión de la Trinidad y la respuesta de Nuestra Señora, quien se humilla y da gracias a la divina majestad por el misterio de la Encarnación. Se la sigue en episodios como las bodas de Caná, presentándola como modelo de vida santa y «maestra de bien vivir». En la Tercera Semana, su presencia como Madre Dolorosa se intensifica al pie de la Cruz, donde el ejercitante contempla su soledad, dolor y fatiga ante la muerte de su Hijo. San Ignacio señala explícitamente que, aunque no conste en la Escritura, se entiende que Cristo resucitado apareció primero a su bendita Madre, para que ella fuera la primera en gozar de su victoria sobre la muerte.
Efectivamente, los Ejercicios subrayan que María es nuestra Madre y Maestra. San Ambrosio afirma que su vida es una enseñanza clara para todos y un espejo donde resplandece la forma de ejercitar todas las virtudes. Para el conjunto de la Iglesia, ella es la «contemplativa por excelencia» y la guía que ayuda al hombre moderno a salir de sus afectos desordenados para encontrar la voluntad de Dios. Al realizar los Ejercicios, se busca que el reinado de Cristo se establezca en el mundo a través del reinado del Inmaculado Corazón de María.

Desde vuestra labor misionera y pastoral en el Instituto del Verbo Encarnado (IVE) estáis ofreciendo constantemente diversas modalidades (presencial, online…) de los Ejercicios Espirituales Ignacianos. ¿Es la Cuaresma el momento más propicio para realizarlos?
Consideramos que la Cuaresma es el momento más propicio para realizar los Ejercicios Espirituales por varias razones. La Cuaresma es un tiempo de gracia particular, donde Dios está dispuesto a bendecir con mayor intensidad a quienes abren su corazón. Realizar los Ejercicios en este periodo permite al fiel «dar un saltito» en tu vida espiritual, respondiendo a la invitación de Dios de ofrecer un sacrificio mayor para recibir el «ciento por uno». Así como Jesús se retiró al desierto, los Ejercicios proponen un «desierto de criaturas». Dedicar una hora diaria a la oración durante estos días actúa como ese espacio de retiro necesario para escuchar la voz de Dios. Meditar el fin del hombre y el pecado encaja perfectamente con el arrepentimiento y la purificación propios del tiempo cuaresmal.
Otra cosa a considerar es que, a diferencia de un retiro de tres días que tiene un «impacto» rápido, los ejercicios de Cuaresma duran aproximadamente 50 días (desde el Miércoles de Ceniza hasta el miércoles después de Pascua), lo que facilita la creación de un hábito de oración sólido que perdura en la vida diaria. Al realizarse en medio del trabajo, la familia, el estudio, etc., el ejercitante puede ver cómo sus meditaciones influyen inmediatamente en sus reacciones y decisiones diarias. Los Ejercicios Ignacianos siguen un ritmo que culmina con la Pasión y la Resurrección. Por ello, la estructura de la tanda online está diseñada para que las etapas finales coincidan con la Semana Santa y la alegría de la Pascua, permitiendo vivir los misterios de la fe con una profundidad mucho mayor.
Muchas gracias P. Gustavo por explicarnos con tanto detalle los beneficios para el alma de los Ejercicios Espirituales según el método de San Ignacio de Loyola. Deseamos por ello que muchas personas encuentren en los Ejercicios su particular camino de santificación e imitación de Cristo, y con ello puedan alcanzar el objetivo final de cada uno de nosotros que es, ni más ni menos que, la Vida Eterna.
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“Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 19-20).
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