21 agosto, 2026

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Ni ruido ni relleno

León XIV exige rescatar la verdadera música en los templos

Ni ruido ni relleno

El mensaje que ha resonado este miércoles 19 de agosto en la Basílica de San Pedro no admite ambigüedades. León XIV ha puesto el dedo en la llaga de una de las asignaturas pendientes de las parroquias contemporáneas: la música sacra. Lejos de ser un mero trámite para amenizar la Misa o un hilo musical de fondo para rellenar silencios, la música en la liturgia es, al rescatar la constitución Sacrosanctum Concilium, una «parte necesaria e integral» de la celebración solemne.

En una catequesis con verdadero pulso pastoral, el Papa ha lanzado un aviso contundente a compositores, coros y párrocos: basta de canciones ramplonas, textos insípidos y modas pasajeras. 

Cantar no es decorar, es rezar

«Cantar es propio de quien ama», recordó León XIV citando a San Agustín (Cantare amantis est). La música litúrgica no busca entretener ni el lucimiento del solista, sino hacer vibrar el corazón de la asamblea y sintonizarlo con Dios. Cuando una comunidad canta unida, superando diferencias, la Iglesia experimenta una verdadera epifanía de comunión eclesial. 

Sin embargo, para que esa comunión sea real, la música exige nobleza. El Pontífice insiste: melodías sencillas pero elevadas, capaces de involucrar a todo el pueblo sin caer en la chabacanería, la vacuidad o la improvisación superficial. 

Lex orandi, lex credendi: el rigor de la fe

Uno de los puntos más rotundos de la audiencia ha sido el toque de atención sobre las letras. La antigua premisa lex orandi, lex credendi —la ley de la oración es la ley de la fe— exige que los textos beban directamente de la Sagrada Escritura, la Tradición y los libros litúrgicos. Las canciones descafeinadas o teológicamente ambiguas no tienen espacio en la celebración. 

La sublimidad frente a la realidad parroquial

Es aquí donde surge una pregunta incómoda: si la música sacra tiene como fin dar una mayor sublimidad a la celebración solemne, ¿qué ocurre en la Misa diaria o habitual? En muchas de nuestras parroquias, donde no existe una schola cantorum ni medios técnicos, cabe cuestionarse si el recurso constante a música que aspira a ser «sacra» sin los recursos necesarios realmente dignifica la liturgia o si, por el contrario, acaba banalizando el misterio que pretendemos realzar. A menudo, la ambición de solemnidad sin los medios adecuados produce un efecto contraproducente. 

Del gregoriano al silencio sagrado

El Papa revalidó la primacía del gregoriano y la solera del órgano, dejando la puerta abierta a otros géneros tradicionales, siempre que aporten dignidad y edifiquen la fe. Subrayó, además, que la participación activa no consiste en un ruido constante, sino en un equilibrio armonioso donde el canto cede, con frecuencia, al silencio sagrado. 

Más allá de la Misa: el peligro del «hilo musical»

Esta exigencia de silencio debe trascender la liturgia. Es común encontrar en muchas parroquias un hilo musical constante fuera de los tiempos celebrativos. Aunque la intención pueda ser buena, ese ruido ambiental resulta molesto para quien entra al templo buscando recogimiento.

La música, nos recuerda el Papa, no puede convertirse en un acompañamiento funcional, similar al de una sala de espera o la consulta de un dentista. Ha de ser algo tan sublime que eleve el alma hacia Dios. Cuando la música pierde esa cota, lejos de ayudar, interfiere en el encuentro personal con Cristo en la Eucaristía. 

La asignatura pendiente en España: ¿es mejor callar?

Esta llamada de atención pontificia toca una realidad muy concreta en España. Quien asiste a Misa en otros países percibe una sensibilidad y formación superiores. Resulta admirable ver cómo asambleas extranjeras entonan con soltura piezas en latín de gran valor litúrgico, mientras que, en nuestra tierra, esa escena se siente hoy como algo inalcanzable. Este abismo nos enfrenta a un riesgo real: percibir la recuperación de la excelencia musical como una desmodernización del culto, un retroceso frente a los avances de la inculturación. 

Es innegable que hemos avanzado —ahí queda la brillantez del coro de la JMJ o la polifonía de la Escolanía de Montserrat—. Pero en el día a día parroquial, la escasez de formación provoca un efecto amargo: repertorios, en esencia ricos, terminan «sonando a lata» por una ejecución defectuosa o una pasión desmedida que desentona con la asamblea. 

Como alguien que formó parte y dirigió coros en su etapa universitaria, conozco bien el esfuerzo que requiere la armonía y me duele especialmente esta falta de preparación. El Papa exige promover scholae cantorum. Pero mientras esa formación no sea real, toca formular una pregunta incómoda: ¿no es más respetuoso guardar un noble silencio que desfigurar la liturgia con una ejecución desafinada, aunque sea apasionada? Sin coros preparados, la dignidad exige valentía: a veces, lo mejor es, sencillamente, no cantar. 

León XIV concluyó invocando la imagen de San Ignacio de Antioquía: la comunidad cristiana debe ser un único coro al unísono. Un reto directo para nuestras iglesias: recuperar la belleza, el rigor y la seriedad del canto para que, al sonar en los templos, la fe vuelva a tocar las fibras del alma.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.