Mensajes para todos desde la Cruz
Vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados
La pasión y muerte en cruz de Jesús de Nazaret son hechos históricos que, anualmente, al final del tiempo litúrgico de la Cuaresma, en la Semana Santa, conmemoramos los cristianos, como acontecimientos que, desde hace dos mil años, esclarecen nuestras propias pasiones, cruces y muertes presentes y nos relanzan, desafían y comprometen con un mejor porvenir para todos. Pero el proceso martirial vivido por Jesús de Nazaret contiene verdad, mensajes y significado no sólo para sus discípulos de todos los tiempos sino para todo ser humano, para la humanidad entera.
Porque los hechos acaecidos en la persona de Jesús de Nazaret hacen eco, resuenan, narran y claman por la vida de los inocentes del presente y sus condenas injustas. Nos hablan de todo el sacrificio y las pesadas cargas y las cruces impuestas a tantos, de la vida de tantos caídos en el mundo, de la existencia de tantas mujeres, Cireneos y Verónicas que sirven y enjugan el rostro de los “descartados” en tantos frentes y en tantas situaciones inhumanas, de la resiliencia, la historia y la muerte de tantos comprometidos – proféticamente – con la verdad y la justicia.
Subrayo aquí, algunos aspectos que, desde la pasión y muerte en cruz de Jesús, permanecen vigentes como esclarecedores de la condición humana y de la vida del hombre y de la sociedad actual. La condena, padecimientos, camino al monte calvario y muerte en cruz de Jesús nos recuerdan la solidaridad con el sufrimiento humano: frente a la experiencia del mal por la injusticia en el mundo no estamos solos, nadie está solo. La solidaridad redime e imprime en cada experiencia de dolor la esperanza de que el padecimiento no es un fracaso sino parte intrínseca de la experiencia y condición humana: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lc 23,43). Así, la cercanía de Dios por la proximidad de “Cireneos” y de “Verónicas” que nunca faltan en los momentos de mayor vulnerabilidad convierten nuestras mayores angustias en derrotas aparentes.
El proceso judicial contra Jesús denuncia y nos alertará siempre sobre los abusos del poder institucional y sobre los muchos modos como instituciones (políticas o religiosas) pueden corromperse para ocultar la verdad y proteger el “statu quo”. La condena a Jesús se constituye en denuncia permanente y en la memoria crítica de la humanidad contra la injusticia de la justicia y de los procesos judiciales que convierten a millones de inocentes en “chivos expiatorios” de quienes le temen al cambio por la pérdida de sus privilegios.
Pero ante los padecimientos infligidos, la respuesta de Jesús de Nazaret no es la venganza, la represalia sino el perdón: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lc 23,34); por la autoridad, integridad y coherencia de sus convicciones. La no-violencia ante la violencia se convierte en una valentía y fuerza superior contra el ciclo del odio, por lo que el llamamiento de Jesús a “poner la otra mejilla” y a “vencer el mal a fuerza de bien” se convierte en un desafío ético para todo ciudadano.
Frente a la ignorancia y el miedo como fuentes de maldad humana, el perdón se erige como herramienta de reconciliación, liberación y paz. El perdón ofrecido por el sufriente Jesús no es signo de debilidad sino instrumento de sanación de corazones, de relaciones y de sociedades fracturadas, para hacer posible la victoria de la fraternidad sobre el fratricidio, para construir un presente y un futuro no determinado por los males y egoísmos del pasado.
En una era marcada por el confort, por el individualismo, por el consumismo, por el materialismo, por el hedonismo y la inmediatez, por la pérdida de un sentido trascendente de la vida, la cruz sigue invitándonos a la entrega total por causas y valores mayores como el amor y la verdad. La cruz de Jesús nos recordará siempre la necesidad de desinstalarnos para comprometernos con ideales que den sentido a nuestra existencia humana en la búsqueda del bien fraterno y colectivo.
Las dudas de Jesús, su sed, su impotencia, su sentimiento de soledad y abandono (“Dios mío, dios mío por qué me has abandonado.”) y su muerte, validan nuestras propias luchas, agonías, dudas y crisis existenciales, al tiempo que iluminan y enseñan que la coherencia hasta el final (“Padre en tus manos encomiendo mi espíritu.”) son el supremo y último acto de libertad de todo ser humano.
Entonces, en nuestros días, la cruz ha dejado de ser sólo un instrumento de ejecución antiguo para convertirse en un símbolo existencial, cuya geometría nos recuerda la síntesis de la vida de Jesús y de todo ser humano, en la permanente búsqueda vertical de verdad, sentido y trascendencia y la alteridad y compromiso solidario, horizontal y fraterno con todos los próximos.
Y en una cultura light y postmoderna que rinde culto al éxito social, a la fachada, a la eterna juventud y a la felicidad de las redes, la cruz nos invita a la aceptación de la fragilidad y de nuestras cicatrices como parte de nuestra condición humana y de nuestra identidad.
En un mundo de líderes autoritarios que buscan servirse de los demás, la cruz pone un límite al poder egoísta y nos convoca a todos al ejercicio del poder mediante y para el servicio.
Y, finalmente, mientras el mundo actual nos invita a «mirar hacia otro lado» ante el dolor ajeno, la cruz expone un cuerpo que sufre y, con ello, nos dice que vivir plenamente implica comprometerse con el otro, hasta las últimas consecuencias, que perder por una causa justa es una forma superior de la victoria frente al mal en el mundo.
Todo lo aquí dicho, resuena también en el Mensaje del Papa León XIV para esta Cuaresma 2026, con el que nos exhorta a “vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.”
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