18 mayo, 2026

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Exaudi Redacción

Vaticano

10 septiembre, 2025

37 min

María de Guadalupe, modelo para la evangelización del continente

Rodrigo Guerra López reflexiona en Roma sobre la vigencia del mensaje guadalupano ante los desafíos de América y del mundo

María de Guadalupe, modelo para la evangelización del continente

En el marco del XXVI Congreso Mariológico Mariano Internacional, celebrado en la Pontificia Universidad Antonianum de Roma, el filósofo y teólogo mexicano Rodrigo Guerra López presentó la ponencia “Santa María de Guadalupe y la evangelización de América en el contexto contemporáneo”. Su intervención subrayó la relevancia universal del acontecimiento del Tepeyac y la necesidad de recuperar el estilo mariano en la misión evangelizadora de la Iglesia.

Guerra partió de una crítica a las posturas racionalistas que reducen el hecho guadalupano a un producto cultural del siglo XVI. Frente a ello, propuso comprenderlo como un “acontecimiento” que reconfigura la realidad y abre un horizonte nuevo tanto para indígenas como para españoles, generando la síntesis mestiza que dio origen a un pueblo nuevo en América.

El académico destacó cinco dimensiones del mensaje de Guadalupe que siguen siendo actuales:

  • Una mariología cristocéntrica, donde María conduce siempre a Cristo.

  • La evangelización inculturada, que asume y transforma sin destruir las culturas.

  • La opción preferencial por los más pequeños, simbolizada en la elección de san Juan Diego.

  • La dignidad de la mujer en la misión eclesial, mostrando el “principio mariano” como fuerza transformadora.

  • La sinodalidad y la comunión, expresadas en el diálogo entre el humilde laico y el obispo Zumárraga.

En sintonía con el magisterio del Papa Francisco, Guerra recordó que existe un “estilo mariano de la evangelización”, marcado por la ternura, la cercanía y la capacidad de generar comunidad. Este estilo, dijo, es clave para afrontar los retos de una América desgarrada por la polarización, la violencia y las desigualdades.

El ponente concluyó que Guadalupe no es un patrimonio exclusivamente mexicano o latinoamericano, sino un mensaje universal destinado a todos los pueblos. En ella, la Iglesia encuentra un método para evangelizar sin destruir, para sanar heridas y para renovar la esperanza de fraternidad.

“El milagro de conversión y de reconciliación que comenzó en 1531 puede repetirse hoy en todo el continente y más allá —afirmó Guerra—. Con María, la polarización y la violencia no tienen la última palabra: el plan de Dios es que vivamos como hermanos”.

Texto completo de la conferencia:

Santa María de Guadalupe y la evangelización de América en el contexto contemporáneo

Rodrigo Guerra López*

XXVI Congreso Mariológico Mariano Internacional

Pontificia Universidad Antonianum

Roma, Italia

4 de septiembre de 2025

Introducción

La literatura sobre el acontecimiento guadalupano es inmensa. Tanto la investigación histórica como la reflexión teológica han sido abundantes y se incrementaron con motivo del proceso de canonización de san Juan Diego. Todos recordamos con agradecimiento las obras del Padre José Luis Guerrero, de Eduardo Chávez, de Fidel González, de Miguel León Portilla, y de tantos otros, que sin duda contribuyeron y contribuyen no sólo al esclarecimiento del controvertido tema sobre la historicidad de san Juan Diego sino a reconocer que lo sucedido en diciembre de 1531 en el cerro del Tepeyac fue un verdadero “acontecimiento”.[1]

Nuestra contribución, en este contexto, no puede ser más que modestísima. A continuación, de manera sucinta, presentamos una breve reflexión sobre algunos de los elementos que nos parece oportuno recuperar del mensaje guadalupano para la renovación de la actividad evangelizadora de la Iglesia en el continente americano. Abandonamos cualquier pretensión de exhaustividad y nos limitamos a una breve aproximación a algunos temas esenciales. No podemos aquí profundizar en la conocida narración de las apariciones de la Virgen en el Tepeyac – tal y como aparece en el Nican Mopohua – ni en las premisas histórico-culturales en torno a lo que sucedió en el Tepeyac, en diciembre de 1531. Remitimos a las obras de los autores antes mencionados, y muy especialmente al libro de Pedro Alarcón Méndez: El amor de Jesús vivo en la Virgen de Guadalupe.[2]

1. María de Guadalupe: un acontecimiento que trasciende el racionalismo histórico-crítico

Los diversos racionalismos que han habitado al interior de la ciencias sociales, y en particular, al interior de la Historia como ciencia, en los últimos doscientos años, rápidamente generaron la convicción en algunas atmósferas respecto que todo es contextual, todo es fáctico, todo está “históricamente situado”. Los así llamados “historicisimos” no resultaron los únicos en acoger “lo histórico” como horizonte fundamental para la existencia. Podemos ver que esto sucedió en diversas escuelas y tendencias, aún cuando no se les clasificase directamente como “historicistas”. Sin entrar ahora en estas apasionantes discusiones, baste mencionar que diversas modalidades de racionalismo histórico-crítico han ofrecido constantes objeciones no sólo a la historicidad de san Juan Diego, sino al hecho mismo de las apariciones de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac y al significado de su mensaje.

Bajo una mirada racionalista, Guadalupe es un mero “hecho”, es facticidad, es un producto simbólico y cultural, perfectamente derivable de su contexto y del proceso histórico en el que se encuentra inserta. No será dificil bajo esta perspectiva, escuchar, por ejemplo, que toda la religiosidad y mística popular guadalupana es muy interesante como tradición, como folclore, o hasta como aglutinante identitario, pero que la naturaleza de la imagen y del diálogo mantenido por la Virgen María con san Juan Diego, es una construcción artificial, tal vez realizada con buena intención, tal vez realizada con un afán “colonizador-ideológico”, y que en el fondo refleja la mentalidad de la corona española al intentar acercar a los habitantes del nuevo mundo a la fe católica a través del poder.

De inmediato recuerdo los argumentos que a este respecto se ventilaron en el pasado por parte de algunos célebres antiaparicionistas como Mons. Guillermo Shulenburg, del Padre Carlos Warnholtz, del Padre Stafford Poole o en años más recientes algún estudio de Adriana Narvaez o el libro de Gisela von Wobeser.[3]

El racionalismo, sin embargo, en sus diversas formas y modalidades, tarde que temprano tiene que medirse con la realidad. Y la realidad ha provocado, en diversos autores y escuelas del pensamiento contemporáneo, incluso en la teología, una grieta por donde es posible rearticular una reflexión crítica sobre el propio racionalismo. Esta grieta tiene diversos nombres y elementos, sin embargo, para los fines de esta exposición, la podemos detectar con la emergencia filosófica y teológica del término “acontecimiento”.

En efecto, la palabra alemana “Ereignis”, la francesa “événement”, o la inglesa “event”, han irrumpido con gran fuerza a través de la reflexión de Martin Heidegger, de Alain Badiou, de Gilles Deleuze, de Jacques Derrida, de Jean-Luc Marion, o de Claude Romano.[4] En el ámbito teológico, esta misma categoría ha sido utilizada de manera relevante por autores como: Ignace de la Potterie SJ, Hans Urs von Balthasar, Joseph Ratzinger, Luigi Giussani o Christoph Teobald.[5]

¿Qué significa “acontecimiento”? No es simplemente algo que ocurre, sino algo que interrumpe lo tendencialmente esperado. A diferencia de un mero “hecho”, un acontecimiento no puede explicarse del todo desde las condiciones previas. Tiene una dimensión de novedad radical y por ello, en cierto sentido, marca una ruptura en la conformación del “mundo” (Welt). El acontecimiento reconfigura la realidad, el lenguaje, el afecto o el pensamiento. Dicho de otro modo, hay un “mundo” antes del acontecimiento, y otro después. El acontecimiento no se deduce, no se planea. Tiene un carácter incontrolable, gratuito, abierto. Y en muchos autores – como Badiou o Derrida -, el acontecimiento interpela, convoca o exige a una toma de posición de mi libertad, es decir, a una respuesta ética.

Ratzinger, Giussani o De la Potterie, como teólogos, acercarán la palabra “acontecimiento” principalmente a la irrupción de la presencia irreductible de Dios en la Historia, en otras palabras, al corazón de la noción de “gracia” y de Encarnación. De esta manera, el acontecimiento cristiano se referirá a una presencia gratuita, inderivada e irreductible, que introduce una novedad que cambia para siempre la vida.[6]

Bajo esta perspectiva, la aparición de María de Guadalupe, la estampación de su imagen, y el diálogo mantenido con san Juan Diego son “acontecimiento”. En María de Guadalupe encontramos una presencia que no puede ser cabalmente explicada desde, por ejemplo, el arte pictórico del siglo XVI, desde la teología española de la época o desde la pastoral de los valientes frailes que llegaron a tierras americanas. Su presencia y mensaje es un fenómeno que trasciende, que rebasa, lo que podríamos esperar de los productos culturales de la época.

Más aún, la Virgen de Guadalupe no sólo introdujo la “buena noticia”, la novedad radical y la reconfiguración de la conciencia del pueblo indígena. María en el Tepeyac también introdujo al conquistador español dentro de una nueva lógica, distinta a la que la corona estimulaba con sus decisiones y con su mentalidad. Simplemente pensemos cómo en el acontecimiento del Tepeyac se da el reconocimiento de la dignidad inalienable de los indígenas, de su cultura y de su religiosidad, sin condenas, sin destrucción. ¡Algo impensable en la españa del siglo XVI! Y lo que es más impresionante: a través de Guadalupe, el indígena es anunciado como “otro igual” que el español. “Otro igual” en su dignidad y en su necesidad de encontrar respuesta a las expectativas profundas del corazón, en el evangelio.

En efecto, María logra purificar y elevar la religiosidad indígena y española integrándolas en una realidad mayor que se ofrece como don. La verdad del Tepeyac no avasalla, no domina, no destruye. Más aún, funda una comunidad de fe y de interpretación de la vida y de la realidad que permite mestizaje e inculturación gradual del evangelio en un nuevo contexto cultural. La conciencia indígena devastada, destruida, tras el colapso militar, psicológico y cultural, acaecida en 1521, es restaurada gradualmente. Y esta restauración no deja intactos a los españoles. También ellos, comienzan lentamente a cuestionarse, y a participar en la conformación de una nueva síntesis. Lo que surge no es una mera “extensión” de España en el “nuevo mundo”. Tampoco es continuación del proceso que mantenían las diversas culturas prehispánicas. Lo que comienza en 1531 es la emergencia de un pueblo nuevo.

La síntesis mestiza y barroca, facilitada por el acontecimiento del Tepeyac, genera una reconfiguración del “mundo”. Esta “reconfiguración”:

“no sucede por la vía del encubrimiento como marginación del mundo indígena, ni sucede por la vía de la substitución como superposición de elementos nuevos que ocupen el vacío de las concepciones previas, ni sucede por la vía de la asimilación indígena al modo de ser y de pensar europeo”.[7]

El proceso es el propio de la inculturación del evangelio, es decir, del abrazo irrestricto de toda la condición humana, salvo del pecado. Este abrazo no es extrínseco sino que se construye a través de la sutil sinérgia entre gracia y naturaleza, en el momento de la conversión. Momento que dura toda la vida. Así pues, inculturar el evangelio, no es un mero sincretismo, sino la purificación constante de nuestra forma de ser, desde la vida que Dios mismo nos comparte de manera constante a través de su Hijo. La conversión, así entendida, genera la vivencia de una nueva libertad que se expresa y proyecta en el particular “ethos” que hoy llamamos América Latina.

2. Breves notas sobre el nuevo escenario americano y eclesial

Es evidente que la reconfiguración del mundo causada desde el Tepeyac ha sido lenta y aún no llega a su plenitud. Utilizando el lenguaje indígena, nos encontramos en “Nepantla”, es decir, a mitad del camino, entre la desfiguración y la reconfiguración.[8]

El escenario latinoamericano y continental del presente no se presta a otro diagnóstico. Por una parte, en todas las naciones americanas existen momentos emblemáticos en la lucha por la libertad, por la justicia y por la soberanía. La Historia del continente americano, suele ser narrada precisamente a través de estas gestas. Con gran orgullo, el argentino o el norteamericano, el colombiano o el mexicano, al contar su Historia, explicarán el proceso, lento, doloroso, del desarrollo, de la justicia y de búsqueda de libertades logrado hasta el presente. Sin embargo, todo este camino, se encuentra también marcado por errores, miserias, involuciones, fracturas y violencias.

Sin entrar a detalles propios del análisis político, no es difícil advertir que en América nos encontramos al interior de un momento particularmente crítico. La cultura postmoderna, llena de sospecha, irracionalismo y desconfianza ante los grandes relatos universalizantes permea y nutre la crisis de la democracia liberal y el aumento de la polarización ideológica y partidista. Las nuevas tecnologías en todos los ámbitos arriban simultáneamente al surgimiento de nuevos procesos de marginalización, pobreza y exclusión de enormes segmentos de la población. El cuidado de la casa común es un discurso ético, y hasta cristiano, que no logra generar los consensos suficientes para generar una estrategia global que permita darle viabilidad a las generaciones del futuro. Las nuevas dinámicas migratorias tensionan a todos los países y generan tendencias de corte soberanista y autoritario, que dificultan una nueva cooperación e integración regional, más humana y solidaria. Finalmente, el crimen organizado ha logrado construir vías de tránsito globales que hacen de sus actividades y de sus violencias, un fenómeno sumamente ampliado. Las sociedades se encuentran desgarradas, y muchas de ellas, extenuadas tras un largo proceso de promesas incumplidas, desencanto hacia las ideologías, e inseguridad en las calles.

Con estas premisas, hablar de fractura social es relativamente fácil. La violencia, aún extrema, es un recurso disponible, es decir, está a la mano de muchas personas, familias y comunidades. Las soluciones basadas en el diálogo, en la búsqueda de consensos y en la reconstrucción del tejido social suenan cándidas, utópicas o puramente formales. Cada vez es más frecuente escuchar que “no hay solución”, “que no se ve camino”, “que lo peor está por llegar”. Además, una cierta resignación parece reinar cuando se descubre que el poder es detentado por un cierto líder autoritario.

Más aún, al interior de la propia Iglesia, la cooperación, la fraternidad y la viviencia de una más intensa sinodalidad se encuentran aún lejos de alcanzar el ideal. Diversos sectores eclesiales se polarizan, se señalan mutuamente, y llegan a cuestionar hasta la autoridad del Sucesor de Pedro y de su Magisterio, sobre todo, cuando no coincide con las ideas del propio bando.

La Iglesia, por ejemplo a través del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), logra detectar estos y otros importantes “signos de los tiempos” de nuestra época. El desafío pastoral en este contexto es enorme. ¿Cómo puede responder la Iglesia a escenarios de fractura social múltiple cuando la coordinación pastoral a nivel continental es aún un sueño? ¿Cómo debe actuar la Iglesia en este contexto cuando el propio contexto no es ajeno a ella? ¿La necesaria reforma sinodal y misionera de la Iglesia es plenamente consciente de los rasgos de la nueva cultura adveniente y está preparada para atenderlos y entenderlos?

3. La propuesta del Papa Francisco: “un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia”

Estas y otras preguntas, no son fáciles de responder rápida y brevemente. Sin embargo, encuentran una cierta luz en lo general en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium. El Papa Francisco, con gran fuerza profética, logró reproponer la fuerza del evangelio no a base de un proyecto o un programa pastoral, sino ayudándonos a redescubrir la centralidad de la Persona de Jesús y de un conjunto de actitudes fundamentales que nos sirven para vivir a su estilo. En este amplio documento, tan lleno de amor por la Iglesia y de sabiduría pastoral y misionera concretas, Francisco apuntó:

“Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los poderosos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia. Es también la que conserva cuidadosamente «todas las cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización.”[9]

En efecto, hay un “estilo mariano de la actividad evangelizadora de la Iglesia”, que cuando se hace consciente, nos ayuda a evitar la fácil tentación de creer que es con las propias ideas u ocurrencias, con las que vamos a reformar a la Iglesia para estar a la altura de los tiempos y para responder con fidelidad al evangelio.

Este “estilo mariano” no es una mera retórica pastoral, no es una admiración ética de las virtudes de la Virgen, y mucho menos es un mero “piadoso sentimiento”. En nuestra opinión, el “estilo mariano” del que habla el Papa Francisco consiste en asumir con seriedad el capítulo VIII, de la Constitución Dogmática Lumen gentium.

Podemos decir esto mismo, bajo otra óptica: para nadie es un secreto que tras el Concilio Vaticano II, el aumento de peregrinaciones a los santuarios marianos de todo el mundo se ha incrementado, cosa muy buena y que habla de la acción misteriosa pero real, del Espíritu en el corazón del Santo Pueblo de Dios. Sin embargo, simultáneamente, la reflexión mariológica no ha tenido el mismo auge. El papel de María en la cristología, en la antropología teológica, en la teología sacramental, en la teología de la vida interior, en la misionología, en la Doctrina social de la Iglesia, y en tantas otras áreas, me parece que en algunas ocasiones se encuentra contraido.

Podemos decir todavía algo más: en tiempos de profunda reforma eclesial, como los que vivimos, no deja de llamar la atención que, por ejemplo, en el documento final del sínodo de la sinodalidad, intitulado: “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”, la palabra “María” es utilizada en once ocasiones, de las cuales, cinco se refieren a “María Magdalena”. Las seis menciones que se hacen de la Virgen María son más bien breves alusiones. El único párrafo que temáticamente versa sobre María es el número 29 y posee ocho líneas de extensión:

“En la Virgen María, Madre de Cristo, de la Iglesia y de la humanidad, vemos resplandecer a plena luz los rasgos de una Iglesia sinodal, misionera y misericordiosa. Ella es, en efecto, la figura de la Iglesia que escucha, ora, medita, dialoga, acompaña, discierne, decide y actúa. De ella aprendemos el arte de la escucha, la atención a la voluntad de Dios, la obediencia a su Palabra, la capacidad de captar las necesidades de los pobres, la valentía de ponerse en camino, el amor que ayuda, el canto de alabanza y la exultación en el Espíritu. Por eso, como afirmaba san Pablo VI, “la acción de la Iglesia en el mundo es como una prolongación de la solicitud de María” (MC 28).”[10]

El texto es importante, sin lugar a dudas. En él se reconoce a María como figura de la Iglesia y como camino pedagógico. Sin embargo, nos llama la atención su brevedad. Por ejemplo, en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, se le dedica todo un capítulo de manera explícita y temática a María, y se la propone como “tipo”, es decir, como modelo de la Iglesia. María es la Iglesia cómo debe de ser.

Más aún, el Papa Francisco ha hecho una amplísima reflexión mariológica a través de su Magisterio. Esta reflexión llena de ternura y devoción por la Virgen está fuertemente marcada por una preocupación eclesiológica, pastoral y misionera, tal y como lo ha destacado a través de un enorme y profundo estudio, Alexandre Awi Mello.[11] Bastaría este libro para documentar que el Papa Francisco no sólo buscaba corregir un cierto déficit mariológico a nivel reflexivo, sino que de manera muy explícita miraba en María el caso supremo de acción evangelizadora y uno de los factores fundamentales de renovación eclesial profunda.

Mientras la Virgen María tienda a ser utilizada solamente como recurso piadoso para finalizar algún texto o exhorto pastoral, mientras sea contenida toda su riqueza en el horizonte de lo meramente devocional, mientras no sea reconocida a cabalidad su contribución en la economía de la salvación y en la constitución del misterio de la Iglesia, la propia Iglesia está expuesta a acoger como modelos paradigmáticos a otras cosas, tal vez a alguna idea genial o a algún proyecto innovador, pero no el proyecto que Dios mismo ha tenido desde el principio, al introducir a María como estrecha y singular cooperadora del misterio de la redención.

4. ¿Qué nos puede decir la Virgen de Guadalupe ante el desafío que representa el continente americano en la actualidad?

¿No es el mensaje guadalupano una buena noticia para los mexicanos o los latinoamericanos solamente?; extender a todo el contienente americano la el tema guadalupano, ¿no es un tanto invasivo?; ¿por qué la Iglesia la ha promovido en su Magisterio con tanta fuerza?, ¿por qué se celebra su fiesta en la Basílica de San Pedro cada año a través de una eucaristía presidida por el Papa, si su valor e importancia es más bien local?; ¿puede el acontecimiento guadalupano ser significativo de cara al nuevo contexto continental y mundial?

Estas y otras preguntas similares son importantes. En la medida que las hagamos con radicalidad podrá ser mejor entendida la eventual dimensión universal del acontecimiento del Tepeyac. Sin poder enfrentarnos en este momenot a estas cuestiones de manera analítica, nos atrevemos a decir que el mensaje guadalupano, nos puede ayudar de manera especial a vivir un sano “sentire cum Ecclesiae” de cara a los desafíos de la sociedad y de la Iglesia en el Continente americano, en el nuevo contexto global. En otras palabras, el mensaje guadalupano si bien está inserto en una historia y en un pueblo, su significado profundo está destinado a todos-todos, sin excepción.

Por una parte, el Nican Mopohua, parece ya insinuarlo cuando leemos:

“Sábelo, ten por cierto, hijo mío, el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por Quien se vive (…) deseo que aquí me levanten mi casita sagrada. (…) porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva; tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno. Y de las demás estirpes de hombres, mis amadores, los que a mi clamen, los que me busquen, los que confíen en mí”.[12]

La Virgen de Guadalupe habla, pues, de todos los hombres en toda nación. Sin embargo, en el Magisterio pontificio también encontramos algunas valiosas “pistas”, en esta dirección:

  • San Juan Pablo II dice en Ecclesia in America:

“La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. (…) A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más en los Pastores y fieles la conciencia del papel desarrollado por la Virgen en la evangelización del Continente. En la oración compuesta para la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América, María Santísima de Guadalupe es invocada como « Patrona de toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización ». En este sentido, acojo gozoso la propuesta de los Padres sinodales de que el día 12 de diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América.”[13]

  • El 11 de mayo de 2005, el Papa Benedicto XVI bendice una estatua de la Virgen de Guadalupe en los jardines vaticanos. Al momento de hacer la oración dice:

“Santa María, que bajo la advocación
de Nuestra Señora de Guadalupe
eres invocada como Madre
por los hombres y mujeres
del pueblo mexicano y de América Latina,
alentados por el amor que nos inspiras,
ponemos nuevamente
en tus manos maternales nuestras vidas.

Tú que estás presente
en estos jardines vaticanos,
reina en el corazón 
de todas la madres del mundo
 
y en nuestros corazones
.
Con gran esperanza,
a ti acudimos y en ti confiamos”.

  • El Papa Francisco, en la “introducción” al libro de Rocco Buttiglione, “Caminos para una teología del pueblo y de la cultura”, apunta:

“En el acontecimiento guadalupano se inaugura un proceso que luego se dilatara por vía de advocaciones marianas diversas, desde el Río Bravo y hasta la Patagonia. América Latina será evangelizada por hombres y mujeres de fe que bajo el amparo de la Virgen arriesgan y ensayan, avanzan y aprenden. (…) En el actual contexto, con formas y modalidades tal vez nunca antes vistas, esta dinámica está llamada a vivirse no sólo en América Latina sino en el mundo entero.”[14]

  • El 25 de marzo de 2022, el Papa Francisco consagra a Rusia y a Ucrania al corazón inmaculado de María. En la oración de consagración el Santo Padre dice:

“En la miseria del pecado, en nuestros cansancios y fragilidades, en el misterio de la iniquidad del mal y de la guerra, tú, Madre Santa, nos recuerdas que Dios no nos abandona, sino que continúa mirándonos con amor, deseoso de perdonarnos y levantarnos de nuevo. Es Él quien te ha entregado a nosotros y ha puesto en tu Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad. Por su bondad divina estás con nosotros, e incluso en las vicisitudes más adversas de la historia nos conduces con ternura. Por eso recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón, nosotros, tus hijos queridos que no te cansas jamás de visitar e invitar a la conversión. En esta hora oscura, ven a socorrernos y consolarnos. Repite a cada uno de nosotros: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”.

  • El Papa Francisco, en la misa con motivo de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe el 12 de diciembre de 2022, acoge la “Novena Intercontienental Guadalupana”. La expresión “intercontinental” nos invita a ir más allá de las fronteras americanas para descubrir la mensionada dimensión universal del acontecimiento del Tepeyac:

“Hoy, 12 de diciembre, se inicia en el continente americano la Novena Intercontinental Guadalupana, camino que prepara a la celebración del V Centenario del Acontecimiento Guadalupano en 2031. Exhorto a todos los miembros de la Iglesia que peregrina en América, pastores y fieles, a participar en este camino celebrativo.”[15]

Estas “pistas” nos mueven a pensar. Por ello, mirando la imagen, escuchando el mensaje y aprendiendo del camino pedagógico que Santa María de Guadalupe aplica para formar y transformar a san Juan Diego, podemos anotar al menos cinco cosas importantes que rebasan por mucho la circunstancia meramente “regional o subregional”.

En el acontecimiento guadalupano podemos reconocer:

  • Una mariología cristocéntrica: El primer lugar, el mensaje de la Virgen de Guadalupe a san Juan Diego anuncia nítidamente al Hijo de Dios como único redentor de la humanidad. Ella no se propone tácita o explícitamente como el centro sino como camino hacia su Hijo. Se presenta claramente diciendo que es la “Madre del verdadero Dios por Quién se vive”. El acontecimiento del Tepeyac evoca, entonces, la afirmación hecha por el concilio de Efeso para declarar que a través de la obediencia de María hemos recibido el don de Jesucristo, uno con el Padre en la divinidad y uno con nosotros en la humanidad, desde la Encarnación. Ella en el Tepeyac es Deípara, lleva a Dios. Es Theotókos, Madre de Dios. Es la Virgen del adviento que se muestra embarazada. Ella se une a la entrega de su Hijo en la Cruz entregándonos, a su vez, a su Hijo constantemente. El testamento de Jesucristo en la cruz en el que María acoge a san Juan y san Juan acoge a María (cf. Jn 19,26-27), se reitera bellamente en el Nican Mopohua:

“¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?

¿No estás bajo mi sombra y resguardo?

¿No soy yo la fuente de tu alegría?

¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?

¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”[16]

De esta forma, María se afirma también en 1531 como Madre nuestra, es decir, Madre de la Iglesia.

  • Evangelización inculturada: la imagen y el mensaje del Tepeyac asumen sin destruir los lenguajes, símbolos y mentalidad de las comunidades prehispánicas. De esta manera, Guadalupe nos recuerda la lógica de la encarnación que es el corazón para entender la evangelización inculturada. “Evangelización inculturada” no se refiere sólo a formas de inculturación realizadas en el pasado sino a las formas de inculturación que es preciso realizar en el presente y en el futuro. De este modo, la Virgen de Guadalupe nos educa a apreciar nuestra propia cultura, nuestra propia historia y también todo lo verdadero, bueno y bello de la nueva sociedad adveniente. El evangelio está llamado a encarnarse también en las nuevas culturas, en los nuevos ambientes juveniles, en las nuevas formas de relación que surgen por la irrupción de novísimas tecnologías, siguiendo siempre el antiguo principio de san Ireneo: “lo que no es asumido, no es redimido”. Bajo esta luz, lo esencial del mensaje guadalupano no es “extender la devoción guadalupana” y mucho menos bajo formas “mexicanas” o “latinoamericanas”, sino redescubrir con simpatía e interés la manera cómo Jesucristo ha sido anunciado a través de María en la cultura y el lenguaje de cada pueblo y nación del mundo. Esto implica redescubrir el significado de las propias advocaciones marianas y su papel en la configuración no sólo de la espiritualidad personal sino de la identidad nacional y eclesial de cada pueblo.
  • Opción preferencial por los más “pequeños”: san Juan Diego es un fiel laico indígena marginal que es escogido por María para cumplir una misión extraordinaria. Dios no escoge lo más fuerte, lo más sabio, lo más rico, lo más influyente para la transformación del mundo y de la Historia. Escoge al “más pequeño”, al más pobre, al “último” de todos. En efecto, los más pobres nos evangelizan, porque en su fragilidad, la acción teologal de Dios en sus almas, encuentra menos resistencia. En otras palabras, aquel que se sabe pobre, impotente, incapaz, se torna en instrumento dócil y dispuesto, a diferencia de aquel que cree saber, tener o poder. El Reino nace de un grano de mostaza, no de un proyecto estratégico para cambiar el mundo. Así mismo, Santa María de Guadalupe, nos muestra que la evangelización se vuelve creíble, cuando se reconoce la presencia real de Jesucristo en el más pobre y humillado. Es en la cercanía real con los pobres, cómo la acción evangelizadora cumple más y mejor su cometido.
  • Reivindicación del papel y la dignidad de la mujer en la evangelización: Los pueblos de América nacen desde una presencia femenina. Más aún, María es medianera de todas las gracias, porque la Gracia fundamental que es Jesucristo, nace de Ella. En Guadalupe podemos aprender que es verdad que existe un “principio mariano”, es decir, un principio carismático que anima a la Iglesia y que coloca, misteriosamente, a la mujer, a toda mujer, en un papel que hoy tenemos que descubrir con más claridad. La fuerza evangelizadora más importante en la Iglesia es la mujer, sin lugar a dudas. Sin las madres, las esposas y las consagradas, la Iglesia se vería reducida a prácticamente nada. Además, desde el punto de vista del Misterio de la gracia, toda la dimensión jerárquica de la Iglesia pasa por las manos de María.[17] ¡Hasta las gracias sacerdotales pasan por las manos de la “llena de gracia” y que, por cierto, no es sacerdote! Tan sólo esto nos debería de invitar con suficiente fuerza a hacer una recuperación más profunda y plena del papel de la mujer en la vida de nuestras comunidades.
  • Sinodalidad y comunión simultáneas: san Juan Diego, fiel laico marginal, pero enviado por María, lleva la buena noticia al obispo. En otras palabras, ¡el laico evangeliza al obispo! El obispo, con todo derecho, pide un signo, y san Juan Diego, obedece. En esta circularidad una proto-experiencia de sinodalidad y comunión simultáneas se establece. La sinodalidad es la dimensión dinámica de la comunión. Si la comunión se afirma sin sinodalidad, fácilmente caemos en la tentación de creer que hay que responder como Iglesia de manera rígida y uniforme siempre. Si la sinodalidad se afirma sin comunión plena, se incurre en populismo eclesiástico. Comunión y sinodalidad son dos rostros del mismo misterio eclesial, en donde la gracia del bautismo es lo fundamental. Somos hermanos en el Hermano. Todos tenemos la misma dignidad y todos debemos de velar por el bien común eclesial.

En el Nican Mopohua, además, existe un momento de exquisita sinodalidad, dificilmente de imaginar, en la mentalidad eclesial y eclesiástica del siglo XVI. El momento al que me refiero nos puede ofrecer una profunda ocasión meditar. El obispo, Fray Juan de Zumarraga, como todos sabemos, no acoge de inmediato la petición de la Virgen para que se edifique una “casita sagrada”. Tiene dudas de la veracidad del heraldo, es decir, de san Juan Diego. De hecho, el obispo pide una señal que le permita estar más seguro de lo que el indígena le comparte. Así es cómo, en el momento-clave, cuando san Juan Diego descubre el 12 de diciembre de 1531, su tilma frente al obispo, caen las flores, se imprime la imagen y sucede algo que es mencionado muy brevemente:

“El obispo, con llanto, con tristeza, le rogó, le pidió perdón [a san Juan Diego que portaba a la Virgen] por no haber realizado su voluntad [la voluntad de María comunicada por el santo al obispo] de inmediato”.[18]

Este pequeño detalle incluido en el Nican Mopohua es extraordinario y tiene en su interior una profunda lección eclesial para la todos, en todos los tiempos.

5. A modo de conclusión: María de Guadalupe es un “método”

Santa María de Guadalupe es un método para reaprender a madurar en la fe y para evangelizar con caridad y sin destruir. La Virgen, a través del mensaje del Tepeyac, no nos amenaza con castigos, ni nos reprocha nuestro pecado. Con ternura y paciencia nos acompaña por el camino y nos recuerda que no es a pesar de nuestros límites que Dios actúa. Dios no actúa “a pesar” de nosotros sino a través de nosotros. Lo único que nos pide es reconocer esos límites con sencillez y ofrecernos totalmente cómo somos, a su Amor misericordioso, en cada eucaristía.

La madurez en la fe no se logra a través de un esfuerzo titánico de la voluntad o de un programa de superación humana. La madurez en la fe surge cuando aumenta nuestra conciencia de que somos hechos por Otro, que siempre nos sostiene y que nunca nos deja. La Virgen María es la “madre” providencial de este proceso. Así es como Ella nos adopta y nos educa. Pidámosle con confianza a la Virgen de Guadalupe, que aprendamos a dejarnos educar y corregir por Ella.

Así mismo, la evangelización inculturada y realmente animada por una opción preferencial hacia los más pobres y excluidos, sucede cuando, por medio de la gracia, acogemos con paciencia y caridad al otro, sin lastimarlo, ofenderlo o violentarlo.

Es de esta manera que el milagro de conversión y de reconciliación que sucedió a partir de 1531, puede volver a repetirse en todo el continente, de formas inéditas, y también en otros pueblos y en otras culturas. No hay que perder la Esperanza. Con María, esto no es un sueño utópico. La vocación de nuestras familias y de nuestras naciones no es la polarización, la violencia y la fractura. El plan de Dios es otro es vivir como hermanos. La Iglesia es sacramento de la unidad, del perdón y de la reconciliación traídas por Jesucristo a través de María. Con María el plan de Dios para la humanidad puede realizarse en nuestro interior y en el mundo entero. León XIV, hace no mucho nos decía:

“Todos, en Cristo, podemos vencer a la muerte (cf. 1 Co 15,54). Ciertamente, es una obra de Dios, no nuestra. Con todo, María es ese entramado de gracia y libertad que nos impulsa a la confianza, a la valentía, al compromiso con la vida de un pueblo.”[19]

Quiera Dios que nos dejemos interpelar siempre por ello.

* Doctor en filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en el Principado de Liechtenstein; fundador del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV); Profesor de la Pontificia Universidad Lateranense y de la Pontificia Universidad Gregoriana; miembro ordinario de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales y de la Pontificia Academia para la Vida; Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina. E-mail: [email protected]

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[1] Véase: J. L. Guerrero, E. Chávez y F. González, El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego. Editorial Porrúa, México, 1999; E. Chávez, La verdad de Guadalupe, Ediciones Ruz, México, 2008; F. González Fernández, Guadalupe: pulso y corazón de un pueblo. El acontecimiento guadalupano, cimiento de la fe y de la cultura americana, Ediciones Encuentro, Madrid, 2004; M. León-Portilla, Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el ‘Nican Mopohua’, Fondo de Cultura Económica, México 2000; P. Hérnandez Chávez CORC, Hacia un manual de temas guadalupanos, Querétaro 2016.

[2] P. Alarcón Méndez, El amor de Jesús vivo en la Virgen de Guadalupe, Palibrio, Bloomington 2013.

[3] J. Sicilia, “El Milagro de Guadalupe.  Entrevista con Guillermo Schulenburg”, en Ixtus Espíritu y Cultura, año 3, n. 15, 1995, p.p. 28-35; S. Poole, Our Lady of Guadalupe. The Origins and Sources of a Mexican National Symbol, 1531-1797, The University of Arizona Press, Tucson & London 1995; A. Narvaez Lora, “Guadalupe, cultura barroca e identidad criolla”, en Historia y Grafía, UIA, núm. 35, 2010, p.p. 129-160; G. von Wobeser, Orígenes del culto a nuestra señora de Guadalupe 1521-1688, UNAM-FCE, México 2020.

[4] M. Heidegger, Aportes a la filosofía: Acerca del acontecimiento, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2012; A. Badiou, El ser y el acontecimiento, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1999; G. Deleuze, Lógica del sentido, Paidós Ibérica, Barcelona, 2005; J. Derrida, Políticas de la amistad, Trotta, Madrid 1998; J.-L. Marion, Siendo dado: Ensayo para una fenomenología de la donación, Editorial Síntesis, Madrid, 2008; C. Romano, Lo posible y el acontecimiento: Introducción a la hermenéutica acontecial, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile, 2008.

[5] I. De la Potterie SJ, La verdad en San Juan, Ediciones Sígueme, Salamanca 1979; H. U. von Balthasar, Teodramática I: El despliegue del drama, Encuentro, Madrid 1992; J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme Salamanca 2001; Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, n. 1;  L. Giussani, El sentido religioso, Encuentro, Madrid 2001; C. Theobald, El cristianismo como estilo. Una manera de hacer teología en la posmodernidad, Sal Terrae, Santander 2009.

[6] Cf. H. De Lubac SJ, El misterio de lo sobrenatural, Encuentro, Madrid 1992;  I. De la Potterie SJ, “La verdad como acontecimiento”, en: Revista Internacional 30Días en la Iglesia y el mundo, Año VII, No. 65, 1993; J. Ratzinger, “Presentazione” a L. Giussani, Un avvenimento di vita, cioè una storia, Il Sabato, Milano 1993; Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1.

[7] P. Alarcón Méndez, El amor de Jesús vivo en la Virgen de Guadalupe, Palibrio, Bloomington 2013, p. 21.

[8] Cf. Ibidem, p. 23.

[9] Francisco, Evangelii gaudium, n. 288.

[10] Francisco – XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. Documento final, 26 de octubre de 2024.

[11] A. Awi Mello, María-Iglesia: Madre del pueblo misionero. El Papa Francisco y la piedad popular mariana a partir del contexto teológico-pastoral latinoamericano, Agape, Bs. As. 2019; También, véase: Papa Francesco in dialogo con Alexandre Awi Mello, È mia Madre, Città Nuova, Roma 2018.

[12] A. Valeriano, Nican Mopohua, trd. Mario Rojas, Indice Editores, México 2016, n.n. 26-31. Seguimos la traducción de Mario Rojas en lo general. En algunos pasajes, previa consulta, modificamos alguna construcción, para enfatizar algún acento. Siempre se consulta la versión en Náhuatl y su significado preciso, palabra por palabra. Para ello, utilizamos, entre otros: J. L. Guerrero, El Nican Mopohua. Un intento de exégesis, Universidad Pontificia de México, México 1998, 2 vols.

[13] San Juan Pablo II, Ecclesia in America, n. 11.

[14] Francisco, “Repensar los caminos de los pueblos y sus culturas”, Introducción a R. Buttiglione, Caminos para una teología del pueblo y de la cultura, Pontifica Universidad Católica de Valparaíso, 2022, p. 19.

[15] Francisco, Homilía, 12 diciembre 2022.

[16] Nican Mopohua, n. 119.

[17] Cf. León XIV, Homilía, 9 de junio de 2025.

[18] Nican Mopohua, 187.

[19] León XIV, Homilía, 15 de agosto 2025.

Exaudi Redacción

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