Magnifica Humanitas
Doctrina Social de la Iglesia ante la revolución biotecnológica y la inteligencia artificial (2ª parte)
En la primera parte de este articulo titulada Quo vadis, humanitas? presentábamos – de forma sintética – los principales documentos de la Doctrina Social de la Iglesia desde la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII hasta nuestros días, así como los recientes documentos de la Iglesia Católica que han servido como textos preparatorios de la primera encíclica del Papa León XIV titulada Magnifica Humanitas.
Es importante resaltar que el subtítulo de la encíclica define muy bien su contenido antropológico: custodiar la persona humana en la era de la inteligencia artificial.
También quisiera resaltar que nos hayamos ante una encíclica – como las más recientes escritas por los últimos pontífices de la Iglesia – dirigida a los fieles cristianos, pero también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En este sentido, en la actual era post – civilización cristiana, la Iglesia católica se presenta ante el mundo, con un renovado mensaje universal de esperanza, anunciando el Evangelio, ofreciendo su Magisterio bimilenario y proponiendo su Doctrina social, como un faro ético, moral y espiritual para toda la familia humana, también en esta era de la revolución digital y la inteligencia artificial.
El índice que vamos a desarrollar en esta segunda parte del artículo es el siguiente:
I. LA CIUDAD DEL HOMBRE (BABEL) Y LA CIUDAD DE DIOS (JERUSALÉN). Dos caminos ante nosotros en este cambio de época para permanecer siendo humanos.
II. FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. Encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia.
III. LA GRANDEZA DE LA PERSONA HUMANA. El verdadero ser humano frente a las promesas del transhumanismo y la inteligencia artificial.
IV. CUSTODIAR LO HUMANO. La dignidad de la persona como criterio de todo progreso y transformación.
V. CONSTRUIR LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR. La conversión del corazón para ser constructores de paz y comunión.
VI. MAGNÍFICA HUMANIDAD. El canto de esperanza del “Magnificat”.
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I. LA CIUDAD DEL HOMBRE (BABEL) Y LA CIUDAD DE DIOS (JERUSALÉN).
Dos caminos ante nosotros en este cambio de época para permanecer siendo humanos.
Empieza la encíclica Magnifica humanitas con la siguiente afirmación:
“La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”.
El Papa León XIV, en su primera encíclica, nos hace conscientes de que “cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hasta la plenitud”.
El Papa deja claro desde un inicio que la técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona, por el contrario, está arraigada en nuestra historia desde el principio, en cuanto es un hecho profundamente humano vinculado a la autonomía y libertad del hombre.
Sin embargo, en la etapa actual, nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo. “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma”, afirma León XIV.
Por ello nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo. Debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy el inmenso poder tecnocientífico y hacia qué fines lo orienta.
Actualmente el poder tecnológico adquiere un rostro inédito, predominantemente privado, con actores corporativos y transnacionales dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.
Por esta razón, dice el Papa, “es preciso iniciar un discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo”.
Estamos viviendo una rápida fase de transición, un cambio de época, que nos obliga a hacernos las siguientes preguntas decisivas: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia que meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?
Para responder estas preguntas, y discernir cómo vivir con responsabilidad en la era de la IA, León XIV evoca dos imágenes bíblicas: la construcción de la torre de Babel (Gn 11,1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (Ne 2-6) en una referencia clara a la ciudad del hombre y a la ciudad de Dios desarrollada por San Agustín.

El proyecto de construcción de la torre de Babel escondía un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, asegura el Papa, “la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión”.
El síndrome de Babel que supone una nefasta idolatría del poder, revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y la pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios.
Por contra, el Papa nos muestra el “camino de Nehemías” de responsabilidad compartida. En el relato bíblico, la ciudad de Jerusalén, en ruinas y con las murallas derrumbadas en tiempos del regreso del pueblo judío tras el exilio babilónico, es reconstruida bajo el liderazgo del judío Nehemías a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor.
A la luz de estas dos imágenes, León XIV nos muestra como el Espíritu Santo hoy nos interpela acerca de nuestra relación con la tecnología y con la revolución digital en curso.
“La tecnología no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe”, afirma el Papa.
Por eso la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel (en nuestro tiempo, una Babel tecnológica) o reconstruir Jerusalén (la ciudad de Dios, es decir, la civilización del amor).
De este modo, el Papa nos insta a “evitar el ‘síndrome de Babel’: la idolatría de la tecnología y del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único- incluso digital- capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos”. Este es el riesgo de la deshumanización.
León nos propone elegir el “camino de Nehemías”, que pone de relieve el trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro. “Hoy reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y el dialogo el terreno común en el cual crecer en justicia y fraternidad”. De este modo los cristianos orientamos la acción hacia Dios. Edificando hacia el bien, aceptando los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir.
Hoy en día, dice el Papa, “el deseo de plenitud del ser humano corre el riesgo de desviarse hacia metas engañosas: la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que dejen atrás a pueblos enteros”.
Siguiendo con el símil del “camino de Nehemías”, la encíclica nos muestra como a cada uno de nosotros le corresponde “reconstruir su tramo de muralla”: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe. Esta es la lógica de la subsidiariedad que valora la cooperación.
En ese punto del documento, el Papa declara que “tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor”.

II. FUNDAMENTOS Y PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA.
Encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia.
La inteligencia artificial provoca una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social de la Iglesia y exige un mayor desarrollo de la misma, en fidelidad al Evangelio.
El Santo Padre, en relación al papel de la Iglesia expone que esta “se sitúa a la par del mundo sin imponerse sobre él, para que en cada acontecimiento humano pueda germinar la promesa de justicia y paz que el Espíritu Santo sigue suscitando en el corazón de la humanidad”. En este sentido, Dios acompaña la libertad de los seres humanos en el desarrollo de la historia.
“La historia es uno de los lugares en los que la Iglesia se deja instruir por el Espíritu Santo sobre el alcance humanizador del evangelio y aprende a adaptar su enseñanza al servicio de la dignidad de cada persona y del bien de los pueblos”, según explicita la encíclica.
La Iglesia considera compañeros de camino a todos aquellos que buscan sinceramente “la verdad, la bondad y la belleza” considerándolos “preciosos aliados” en la defensa de la dignidad de cada persona y en la custodia de la creación. La Iglesia, iluminada por la sabiduría de la Palabra, no teme el encuentro con el saber humano.
De este modo, la Iglesia ofrece través de su Doctrina social, un apoyo al discernimiento comunitario, ayudando a reconocer y promover lo que contribuye a la dignidad de las personas, a la vitalidad de las comunidades y al bien de todos.
Según León XIV, la Doctrina social de la Iglesia “no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino de discernimiento comunitario. Nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, se deja interpelar por los signos de los tiempos, se nutre de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas”.
En el capítulo primero de la encíclica, el Papa realiza un repaso exhaustivo de las aportaciones de sus predecesores en relación a la configuración de la Doctrina social de la Iglesia hasta nuestros días.

El documento afirma que la Doctrina social de la Iglesia “es el resultado de un proceso paciente, en el que cada Pontífice – junto con el Concilio Vaticano II- ha aportado una contribución original a la luz de los “nuevos asuntos” de su tiempo. Cada uno, asumiendo los retos de su época e interpretando los cambios históricos a la luz del Evangelio, ha puesto de relieve diferentes aspectos de un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad”.
En el capítulo segundo, la encíclica se detiene en los fundamentos y principios de la Doctrina social de la Iglesia que resulta ser una realidad viva, en diálogo con la historia, las culturas y las ciencias y, al mismo tiempo, conserva un núcleo de verdad que no declina.
León XIV afirma que actualmente, “para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social”.
El Papa nos recuerda en la encíclica que el ser humano es imagen y semejanza del Dios trinitario. En este sentido, “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. De ello se deriva:
- La igual dignidad de todos los seres humanos.
- El altísimo valor de los derechos humanos.
León XIV señala que “es importante vigilar para que este crecimiento en la conciencia de la dignidad humana no sea ofuscado bajo la presión de nuevas ideologías o de determinados intereses de gran poder en el mundo de hoy. Entre estas ideologías considero particularmente insidiosa la que sugiere que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos. En semejante perspectiva, la persona termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma, jamás instrumentalizable. Pero el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas”.
La dignidad ontológica a la que se refiere el Papa es la dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios. La dignidad no se adquiere, es dada por Dios.
Por otro lado, la Iglesia reconoce en boca del Papa que el movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana. Y en este sentido, el Papa recuerda que el primer derecho humano es el derecho a la vida desde la concepción hasta su fin natural.
En el documento se van detallando y concretando los principios de la Doctrina social:
- El principio del bien común.
- El principio del destino universal de los bienes.
- El principio de subsidiariedad.
- El principio de solidaridad.
- El principio de la justicia social.
El bien común es la forma social de la dignidad que se reconoce a cada uno. Según el Concilio Vaticano II, el bien común se define como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección”.
Entre las múltiples implicaciones del bien común, adquiere inmediato relieve el principio del destino universal de los bienes. Este principio nos recuerda que los bienes de la tierra – el suelo, el aire, el agua y los recursos naturales- han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones y que toda persona tiene derecho originario al uso de dichos bienes. Hoy estamos llamados a reconocer que este destino universal no se refiere sólo a los bienes materiales, sino también a los bienes inmateriales y culturales.
Y en esa línea, actualmente, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas forma de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos, etc.
Otro de los principios de la Doctrina social de la Iglesia, el principio de subsidiariedad nace de la misma visión sobre la persona que ha guiado la reflexión de la Iglesia sobre la dignidad y el bien común. Según este principio, aquello que puedan hacerlo las personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no deben ser absorbidos por instancias superiores. Las instituciones de nivel superior deben reconocer, proteger y promover la libertad y la creatividad de los niveles inferiores, coordinando sus aportaciones para que cooperen eficazmente al bien común.
Y este principio también en un contexto de revolución digital donde el nivel superior no es el Estado, sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre las condiciones de la vida común. La subsidiariedad requiere en este contexto que los procesos estén orientados al bien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación, a través de reglas justas y mecanismos de protección eficaces.
El Papa afirma en la encíclica que “en las decisiones que se refieren a los flujos económicos, las plataformas digitales, la gestión de los datos y los algoritmos, no se puede dejar que pocos actores por sí solos orienten los procesos, sino que es necesario construir formas de cooperación que respeten los diversos niveles de la comunidad mundial y los hagan corresponsables del bien común.
Por su parte, el principio de solidaridad nace de la visión de persona concebida por la fe: todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación.
La Iglesia siempre ha defendido que las obligaciones de solidaridad, justicia y caridad están radicadas en la fraternidad humana y sobrenatural que une a los hombres y a los pueblos entre ellos.
Existe también un nexo entre el desarrollo, justicia y responsabilidad hacia las generaciones futuras que requiere una solidaridad intergeneracional y una atención a los lazos que nos unen con el ambiente natural.
“Como el ambiente natural, el “ecosistema digital” puede ser cuidado o explotado, compartido o monopolizado, La solidaridad requiere que las decisiones en materia de datos algoritmos, plataformas e IA tengan en cuenta no solo el beneficio inmediato de algunos, sino el impacto en todos los pueblos y en las generaciones futuras” dice el papa León XIV.
Por otro lado, para la comunidad cristiana, la justicia social es una forma concreta de seguimiento de Jesús y de fidelidad a su Evangelio. La justicia nace y se realiza en la fraternidad, porque el modo en el que nos acercamos a los últimos y nos relacionamos con ellos se convierte, en concreto, en la medida de nuestra relación con Dios y con los hermanos.
La justicia social se reconoce, dice la encíclica, en la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos- y en particular a los más frágiles- vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás. La Iglesia habla en este sentido de la “opción preferencial por los pobres” y denuncia la “cultura del descarte” que provoca cada vez más formas nuevas de exclusión.
Según el Papa, un orden social justo en la era digital “es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete al control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos”. Un examen decisivo para la justicia social hoy, según León XIV, está representado por la condición de los migrantes y refugiados en nuestras sociedades.
En definitiva, los principios de la Doctrina social se vuelven criterios concretos de discernimiento en los ámbitos que afronta posteriormente la encíclica.
Por otro lado, la Iglesia afirma que el desarrollo es auténtico desarrollo sólo si es “integral”, es decir, dirigido a promover a todos los hombres y a todo el hombre.
De este modo, el “desarrollo humano integral” – tal y como lo definió el Papa Benedicto XVI-, es “aquel proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones venideras”.
El desarrollo es integral – dice la encíclica- cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto de la Casa común, a la diversidad de pueblos y a sus modos de vivir.
La calidad del desarrollo, dice el documento, “se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras”.
La encíclica nos dice que el desarrollo humano integral es el horizonte en el cual se han de leer las transformaciones de nuestro tiempo, incluyendo las de la revolución digital. Las innovaciones tecnológicas – incluida la inteligencia artificial- no son neutrales: pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión.

III. LA GRANDEZA DE LA PERSONA HUMANA.
El verdadero ser humano frente a las promesas del transhumanismo y la inteligencia artificial.
El Papa nos interpela a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿qué estamos construyendo?
Mientras el desarrollo tecnológico cambia rápidamente lenguajes, relaciones, instituciones y formas de poder, según el Papa, los cristianos debemos y podemos elegir en qué proyecto trabajar y con qué estilo para custodiar y valorar la magnífica humanidad que nos ha sido brindada como don.
En la encíclica Laudato Si’ el Papa Francisco denunciaba el creciente afianzamiento de un paradigma tecnocrático en el mundo globalizado: la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas.
Así se manifiesta con mayor evidencia, señala el Papa, que “la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”.
Este paradigma tecnocrático se ha extendido rápidamente en los últimos años, también como efecto de la difusión de la inteligencia artificial, las ciencias cognitivas, la nanotecnología, la robótica y la biotecnología.
En sí mismas, dichas innovaciones pueden ser una gran ayuda para el desarrollo humano integral y el cuidado de la Casa común. Pero precisamente por su poder, pueden actuar como un acelerador del paradigma tecnocrático y, por ello, necesitan un nuevo marco espiritual, ético y político.
El Papa Pablo VI ya advirtió que “los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre”.
Por eso, dice el Papa León XIV, “el progreso técnico, valioso en sí mismo, requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue. Si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”, y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece”.
Frente a la concentración de poder en el mundo digital, los grandes principios de la Doctrina social de la Iglesia se convierten en criterios para juzgar y discernir el nuevo escenario: la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.
Estos principios exigen verificar si el poder de las infraestructuras digitales y de los algoritmos favorece realmente la participación y la responsabilidad, protege a los más vulnerables, asegura un acceso equitativo a las oportunidades y se ordena al bien de todos.
Con estas premisas, el Papa León XIV aborda qué es la inteligencia artificial, qué posibilidades abre y qué riesgos comporta.
El Papa, en este apartado de la encíclica, se limita a recordar algunos elementos esenciales para un discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona, con el fin de que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites.
El documento afirma que “las inteligencias artificiales modernas están más “cultivadas” que “construidas”: los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA “crece”. En consecuencia, los aspectos científicos fundamentales – como las representaciones internas y procesos computacionales de estos sistemas- siguen siendo desconocidos. Se manifiesta, por tanto, la urgencia de un doble compromiso: por una parte, una profundización de la investigación científica: por otra, un ejercicio de discernimiento moral y espiritual.
El Papa deja claro desde el principio que hay que evitar el equívoco de equiparar la “inteligencia” artificial a la inteligencia humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significa el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad.
Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentir último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio.
La IA puede ser una valiosa ayuda y, al mismo tiempo, exige un enfoque prudente y cauteloso. El Papa pide responsabilidad, transparencia y gobernanza de la IA. En este sentido, advierte que “puede haber un engaño poco evidente, cuando los sistemas de IA, presentándose como neutrales y objetivos, reflejan y refuerzan estereotipos o posiciones ideológicas de quienes las han diseñado y programado”.
“ No podemos considerar a la IA como moralmente neutra”, dice el Papa.
León XIV nos explica que “no basta con invocar genéricamente la ética; se necesitan marcos jurídicos adecuados; vigilancia independiente, educación de los usuarios, una política que no renuncie a su tarea. De otro modo, el cambio será gobernado sólo por lógicas tecnocráticas y presentado como necesario e imprescindible, terminando por imponer reglas dictadas por quienes poseen datos, infraestructuras y capacidad de cálculo”.
También el Papa propone desarmar la IA sustrayéndola de la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no solo es militar sino económica y cognitiva.
“Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano” dice el Pontífice. No basta con regularla: es necesario desarmarla y hacerla acogedora.
La calidad de una civilización se mide, según el Papa, no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función. La capacidad de saber cuidarnos los unos a los otros es una dimensión importante de nuestro ser humano.
El Papa León XIV, tratando de hacer emerger las narrativas subyacentes y los presupuestos culturales que acompañan la revolución digital en curso, dirige su atención sobre alguna de las corrientes que interpretan el progreso como una superación del ser humano y que se identifican con el transhumanismo y el posthumanismo.
Estas corrientes, afirma la encíclica, “constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de ‘humanidad potenciada’ o de ‘hombre hibridado’ con la máquina”.

El documento señala que “el transhumanismo y el posthumanismo comprenden en su interior una pluralidad de corrientes y sensibilidades, y resulta difícil hacer una descripción unívoca de ellas. Pueden ser comparadas con un archipiélago de islas conceptuales diferentes, pero unidas por el mismo mar de presupuestos: la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana. En general, el transhumanismo imagina una potenciación de ser humano por medio de las tecnologías – biomedicina, ingeniería de cuerpos, dispositivos algorítmicos- con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva.
Aun cuando estas hipótesis siguen siendo en gran parte especulativas, van adquiriendo relevancia, porque modifican el imaginario colectivo y, en consecuencia, orientan las decisiones sociales, económicas y políticas”,
El Papa apunta con acierto al punto crítico, a la luz de Doctrina social de la Iglesia, que no es tanto el uso de la técnica en cuanto a tal, sino la visión que allí subyace: si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. “En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie. La ya mencionada advertencia de San Pablo VI sigue siendo una gran intuición: realmente las conquistas de la ciencia y de la técnica, desvinculadas del progreso moral y social, terminan por volverse contra el hombre. Por ello es necesario distinguir con claridad: una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una ‘salvación’ puramente técnica”.
Sin embargo, León XIV nos recuerda que el ser humano florece a menudo a través del límite. Es precisamente en nuestro ser limitado dice el Papa, “donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante la necesidad de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y del fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios”.
La finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro. Por lo demás, precisamente porque experimenta el límite -la vulnerabilidad, el dolor, el fracaso- puede reconocer la dignidad propia y ajena como inviolable.
En otra parte del documento el Papa León XIV se hace la pregunta de si existe un auténtico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de dios, recibida en Cristo.
Cuando aceptamos la posibilidad de trascendernos a nosotros mismos con la gracia de Dios no renegamos de nosotros mismos, no nos volvemos menos humanos, por el contrario, llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero.
El Papa nos recuerda que lo que salva lo humano no es la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera, una comunión que transforma. El futuro de una persona no es calculable, sino que está confiado a su libertad – elevada por la inagotable gracia divina- y a las relaciones que cultiva.
De este modo, el humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica, sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa dentro de una vocación más alta.
En este sentido, León XIV se hace la siguiente pregunta en relación a la IA: “ ¿hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos “más humana”? ¿la hace más digna del hombre? Si la respuesta es “si”, entonces podemos reconocer en ella una posibilidad buena para usar con responsabilidad. Si, en cambio el poder crece mientras el corazón se marchita y los vínculos se rompen, entonces estamos frente una construcción grandiosa, pero inhumana”.
San Agustín describe la historia humana como un lugar de lucha entre dos amores, que han construido dos modos de habitar el mundo y de convivir, dos “ciudades”: por un lado, el amor a Dios y al prójimo: por otro, únicamente el amor a si mismo.
El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción e Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros mismos.

IV. CUSTODIAR LO HUMANO.
La dignidad de la persona como criterio de todo progreso y transformación.
A la luz de los principios de la Doctrina social de la Iglesia, la transformación digital nos pide, según el Papa León XIV:
- Redescubrir la verdad como bien común.
- Proteger la dignidad del trabajo.
- Salvaguardar la libertad frente a toda dependencia y mercantilización.
1.La verdad como bien común.
El uso de las plataformas digitales y los sistemas de IA acelera los profundos cambios en la comunicación publica y política. Herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso, mezclado datos y opiniones.
Una comunicación veraz no surge de un control centralizado o automatizado.
Tal y como apunta León XIV, “quienes disponen de poderosos recursos técnicos y económicos tiene una gran capacidad para provocar cambios culturales. Pero se trata de poder carente de verdad, que impone sutil o abiertamente lo que quiere que los demás consideren como verdadero”.
“El hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo” nos dice el Papa.
Ya el Papa Juan Pablo II afirmó que: “abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia”. De este modo, disminuye el reconocimiento de verdades universalmente válidas que nos preceden y que la conciencia debe aceptar.
Por otro lado, León XIV afirma que “la búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común”. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo.
En este horizonte, el Papa nos recuerda que “la comunicación no es solo transmisión de información, sino creación de una cultura”.
León XIV pide una “ecología de la comunicación”, esto significa establecer reglas que hagan más transparentes los criterios con los que se seleccionan y amplifican los contenidos y que protejan los datos personales.
En una época en la que la verdad suele verse supeditada a intereses y estrategias comunicativas, el mundo de la educación adquiere una importancia decisiva, afirma el Papa.
Educar en el uso de la IA implica, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla. La rapidez y la facilidad con las que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas que solo dan fruto con el tiempo.
“Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita”, afirma el Papa.
La escuela es el lugar donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona.
La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por si solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables.

2. La dignidad del trabajo en la transición digital.
El Magisterio de la Iglesia ha reconocido desde siempre en el trabajo la “clave esencial” para comprender la cuestión social en su totalidad, ya que a través de él la persona desarrolla muchas dimensiones de su propia existencia.
Creados a imagen del Creador, mediante nuestras obras prolongamos de algún modo la obra de Dios. Por ello, el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida.
Hoy en día, la combinación de la automatización, la robótica y la IA está transformando rápidamente la estructura misma del trabajo. Se hace necesario, afirma el Papa, diseñar sistemas centrados en la persona y no sólo en el rendimiento.
Por otro lado, hoy en día, en la “cuarta revolución industrial”, la preocupación sobre el desempleo se agudiza, ya que la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar beneficios.
Sin perseguir una armonía abstracta, se trata de construir formas concretas de convivencia humana en la transformación.
Si no actuamos con compromiso y responsabilidad, podemos encontrarnos ante una paradoja de progreso material y regresión antropológica, en la que desaparezcan las condiciones para una paz social justa y estable.
Por eso la Doctrina social de la Iglesia insiste en que el acceso al trabajo para todos debe seguir siendo un objetivo prioritario de las políticas públicas y de los procesos económicos, criterio de juicio para evaluar la calidad humana de un modelo de desarrollo.

La encíclica da pautas para alcanzar una economía que valore la dignidad humana y nos recuerda que la libertad económica no es absoluta y debe medirse siempre en función del bien común y de la dignidad de cada persona. En realidad, dice el Papa, “una sociedad justa requiere un Estado presente e instituciones civiles capaces de superar la mera lógica de la eficiencia, orientando explícitamente los recursos, la creatividad y las normas a favor de los más vulnerables”.
“En la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la “mano invisible” del mercado: la política tiene la tarea de orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación” señala el Papa León.
La prosperidad puede contribuir a construir y fortalecer la paz sólo si es generalizada, inclusiva y sostenible.
Por otro lado, el Papa recuerda que la familia es un bien social primario. La familia, la primera sociedad natural, dotada de derechos originarios, es la célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria. Debemos tener en cuenta el efecto devastador del desempleo y la precariedad en el tejido familiar.
En una época de profundos cambios tecnológicos, se necesita una creatividad política “a favor del empleo” que sitúe en el centro a la familia y a las nuevas generaciones. Sostener a las familias y a los jóvenes en esta transición requiere medidas que hagan posible la estabilidad, afirma el Papa León.

3. Custodiar la libertad frente a la dependencia y la mercantilización Dependencia y control social.
El Papa, una vez analizados los ítems de la verdad y la educación, el trabajo y las familias, trata en este apartado sobre el impacto de la revolución digital en relación a la libertad humana, reflexionando sobre cómo abordar tanto los riesgos relacionados con la psicología individual como los grandes dramas sociales.
“Es urgente promover un uso de las tecnologías que refuerce la libertad interior: educación en la sobriedad digital, protección de los menores y lucha contra los modelos que prosperan a costa de la vulnerabilidad”, nos dice el Papa.
Un riesgo adicional, menos visible pero no menos grave, es el del control social que la recopilación masiva de datos y el uso de sistemas algorítmicos hacen posible.
La libertad, en la era digital, nos dice León XIV, “no es sólo una cuestión interior; es también un asunto público, que exige normas claras, transparencia, vías de recurso y límites proporcionados al uso de las tecnologías invasivas, para que la tecnología siga estando al servicio de la persona y no se convierta en una forma de dominio de las conciencias”.
El Papa nos advierte que “la raíz de estos problemas es una mentalidad tecnocrática y posthumanista, que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso para optimizar, eliminando todo lo que pone límites a la maximización del beneficio: lo que importa es la eficiencia, no el respeto a la libertad y a la dignidad humana. Algunas corrientes posthumanistas llegan incluso a plantearse la existencia de seres humanos “de segunda clase”, al servicio de los intereses de élites que se perciben a sí mismas como superiores: una perspectiva inquietante, más grave aún si se combina con instrumentos tecnológicos que amplían de forma exponencial el poder de control de selección”.
Estas visiones distorsionadas del ser humano se traduce hoy en diversas formas de sometimiento vinculadas directamente a la economía digital. Por eso el Papa hace un llamamiento a romper las cadenas de las nuevas esclavitudes.
No basta, dice el Papa, “con invocar la eficiencia ni con alabar los beneficios de la innovación, si estos se basan en una cadena de explotación que se mantiene deliberadamente oculta. Si una tecnología promete emancipación, pero produce nuevas formas de subordinación global, contradice el principio fundamental de la dignidad humana”.
Así pues, la lucha contra las nuevas formas de esclavitud constituye una prueba de fuego decisiva para el discernimiento ético de la IA y la transformación digital.
Sin esta reflexión ética y humanizadora, el creciente poder de los sistemas digitales corre el riesgo de conducirnos hacia nuevas atrocidades, no menos vergonzosas que las del pasado que hoy deploramos, mientras seguimos presentándonos como sociedades “avanzadas “ y “civilizadas”.
El colonialismo, dice León XIV, “muestra en la actualidad un rostro inédito, No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable”.
Una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo es transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio.
Los distintos ámbitos considerados anteriormente no son fenómenos aislados. “Todos ellos ponen en juego lo mismo: si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad”, nos indica el Papa.
Desde esta perspectiva, la Doctrina social de la Iglesia propone una responsabilidad compartida. De esta forma, la promesa de progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer.

V. CONSTRUIR LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR.
La conversión del corazón para ser constructores de paz y comunión.
El Papa León XIV nos muestra en su encíclica que la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo a la fraternidad y en considerar al otro – ya sea persona o pueblo- como un aliado necesario para la construcción del bien común.
No basta con que la IA nos haga más eficientes y conectados, debe servir para edificar esa familia humana universal.
Sin embargo, en los tiempos que vivimos se está consolidando la cultura del poder, en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común de la humanidad a un segundo plano y reduciendo el drama concreto de los pueblos en guerra a una variable secundaria respecto a los intereses estratégicos. El Papa advierte en este apartado de la normalización de la guerra.
“Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la ‘guerra justa’, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin prejuicio del derecho de legítima defensa, entendida en el sentido más estricto”, afirma el Papa.
El desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana y de la sacralidad de la vida, evitando la carrera armamentística.
A veces se habla de “agentes morales artificiales”, como si la máquina pudiera garantizar, con mayor coherencia que un ser humano, la distinción entre el bien y el mal. Pero el juicio moral, dice el Papa, “no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles”.
“No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable”.

El Papa León XIV afirma que “es de máxima importancia infundir valores y un juicio prudente en la programación de ellos sistemas artificiales que construimos”.
No es suficiente invocar la ética de manera genérica: es necesario, dice el Papa, indicar criterios precisos de discernimiento. El primero se refiere a la responsabilidad personal. El segundo al tiempo del juicio moral. El tercero seria la distinción y protección de los civiles.
Por otro lado, la cultura del poder surge también de la crisis del sistema multilateral. La globalización no ha creado automáticamente unidad y paz, sino que ha suscitado reacciones fundamentalistas identitarias y nacionalistas. El resultado está lejos de un auténtico multilateralismo: se presenta más bien como un multipolarismo desordenado y conflictivo, donde prevalece la desconfianza hacia el otro.
En este contexto, la construcción de la paz ha pasado a un segundo plano: la cooperación para el desarrollo, el desarme, la prevención de conflictos y el fomento de la confianza mutua quedan relegados, en nombre de lógicas de poder.
Dice el Papa León XIV que “vivimos en una época de notable ceguera espiritual y cultural”. También que la conflictividad exacerbada empuja hacia guerras asimétricas e “hibridas”, libradas también en el terreno económico, financiero e informático, con el uso de la desinformación y campañas que alimentan el miedo para influir en la opinión pública.
Sin embargo, en el documento se afirma que la paz no es una esperanza ingenua ni sólo una ausencia de guerra: es fruto, siempre posible, de la justicia y la caridad.
“La construcción de un mundo en estado de beligerancia permanente es un mal, y hay que llamarlo por su nombre”, dice el Papa.
Sin embargo, mientras el ruido de la confusión nos rodea, el bien crece silenciosamente desde la tierra.
Una lectura atenta de la historia lo confirma, dice el Papa: “incluso en las noches más oscuras, el Señor suscita hombres y mujeres capaces de no resignarse y de perseverar en el bien: personas que protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación”.

León XIV nos dice que “todos podemos dar nuestro aporte, /…/ nadie está exento de responsabilidad”.
Cada uno dispone de un ámbito propio de acción y ahí – no en otro lugar- está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza – aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio- o si promueve la lógica de la paz– con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado-.
“La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización”, nos dice el Papa.
León XIV en este apartado de la encíclica, propone cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública para construir la civilización del amor:
- Desarmar las palabras.
- Construir la paz en la justicia.
- Asumir la mirada de las víctimas.
- Cultivar un sano realismo.
- Relanzar el dialogo.
- La necesidad de la diplomacia y el multilateralismo.
Al rechazar la lógica de la violencia, el dialogo entre las religiones tiene un papel decisivo, porque en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz.
En el contexto internacional, dice la encíclica, “la diplomacia de la Santa Sede asume el principio evangélico de la misericordia como criterio concreto de la acción política. Es una de las formas en que la Santa Sede se pone al servicio de la humanidad, llamando a las conciencias a la caridad y a la verdad, defendiendo la dignidad de cada persona y haciéndose voz de los pobres, de los migrantes y de las víctimas de las guerras”.
Estas vías de compromiso se nutren de la oración y la alimentan. Para los cristianos, la paz ante todo proviene de Dios ya que Él nos ama a todos incondicionalmente. Como señala León XIV, “esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante”.

VI. MAGNÍFICA HUMANIDAD. El canto de esperanza del “Magníficat”.
“Que cada cual se fije bien de qué manera construye” (1 Co 3,10): son palabras de San Pablo, que exhorta a los cristianos de Corinto a custodiar la unidad.
En las conclusiones de la encíclica, el Papa León XIV nos entrega a los creyentes un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente con el cual vivir este cambio de época a la luz del Evangelio.
- La fe: que contempla el designio de amor del Padre.
- La caridad: que nos une en un único cuerpo eclesial.
- La esperanza: que sostiene nuestra acción en el mundo.
- La oración: que acompaña nuestro compromiso.
- La fe que contempla el designio de amor del Padre. El Verbo se hizo carne.
En el centro está el misterio de la Encarnación: el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros.
León XIV nos dice en su Encíclica que “en las promesas del transhumanismo y de algunas corrientes posthumanistas, que persiguen una humanidad potenciada y casi descarnada, reconocemos un deseo que nos interpela: la necesidad de una vida más plena, menos expuesta a la fragilidad y al sufrimiento. Pero la Encarnación abre un camino diferente. Mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición, narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación”.
Por eso el Papa nos invita a contemplar en el rostro del Hijo una magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA.
- La caridad que nos une en un único cuerpo eclesial. Un solo cuerpo en Cristo.
El Papa nos recuerda en esta encíclica que la espiritualidad que necesitamos es una espiritualidad eucarística, es decir, una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor. La Encarnación y la Pascua revelan a Dios que entra en nuestra condición humana y la transfigura en el don de sí mismo. “Ese don permanece presente y operante en la Eucaristía. De esa comunión nace también la solidaridad cristiana porque la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se entrega. /…/ En Cristo , aun siendo muchos y diferentes, somos uno”.
- La esperanza que sostiene nuestra acción en el mundo. La obra de nuestro tiempo.
Como tercer punto del itinerario, León XIV nos dice que “la espiritualidad que deseo entregar es la del “arquitecto sabio” que, animado por la esperanza en el Reino de Dios, se compromete a construir el bien en el mundo. Como escribí al comienzo de esta reflexión, hoy nuestra edificación debe tener como fundamento la relación con Dios, como norma la aceptación del límite humano en cuanto a realidad natural y positiva, y como estilo la corresponsabilidad y el lenguaje evangélico”.
“¡Permanezcamos fieles a la verdad! “nos exhorta el Papa.
La verdad que no debemos perder es la de Dios y la del ser humano, tal como Cristo nos la ha revelado.
Cultivemos un “antropocentrismo situado”, que reconoce al ser humano como criatura inserta en una trama de relaciones con los demás seres vivos y con la totalidad de la creación.
El Papa también nos dice que debemos educarnos para considerar el mundo digital como un nuevo continente por evangelizar, que requiere misioneros generosos y maduros en la fe. En este sentido, destaca la imprescindible labor de los educadores, para formar a los niños y jóvenes en esa responsabilidad personal y colectiva.
¡Cuidemos las relaciones! El corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad y de presencialidad.
¡Amemos la justicia y la paz!
El Papa nos invita no a ser espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia – laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales, etc.- para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto. Como en la parábola de Nehemías y la imagen de la reconstrucción de Jerusalén. Como en la visión del Apocalipsis de la ciudad santa, de la Jerusalén celestial.
- La oración. El canto de la esperanza: el “Magníficat”.
El cántico de María acompaña nuestro compromiso.
El proyecto de Dios a menudo está oculto bajo el terreno opaco de las vicisitudes humanas, en las que triunfan (aparentemente) los soberbios, los poderosos y los ricos. Con todo, está previsto que su fuerza secreta se revele al final.
La Virgen María no sólo nos enseña a ver la obra invisible de Dios, sino que dirige también nuestra mirada a los puntos de fractura de la humanidad.
El Papa finalmente, nos pide que con la misma fe de María nos convirtamos en tejedores de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que su Reino tome forma.
“En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas: el Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas y mantiene abierta cada época la posibilidad de convertirse en historia de salvación a la luz de la Encarnación”.
De este modo, el Papa León XIV concluye la encíclica con una oración a María, la Madre de Cristo, para que custodie en cada uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios.

Barcelona, 01 de junio de 2026
(*) Ver aquí la primera parte del articulo: Quo vadis humanitas?
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