La Asunción de María: Un adelanto de la esperanza que no defrauda
El dogma mariano como signo de la misericordia divina y promesa de la vida eterna para todos
En días pasados celebramos la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, que, sin duda, es una de las fiestas y devociones más arraigadas en toda la Iglesia, incluso mucho antes de que fuera declarada Dogma de Fe por el Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950. Pero es precisamente en este Dogma donde encontramos una primicia de la misericordia de Dios, concedida a María y, al mismo tiempo, presentada como una esperanza para todos los hombres.
De acuerdo con la Bula Munificentissimus Deus, de Pío XII: «La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». Y aunque esto pudiera parecernos algo lógico por tratarse de la Madre de Dios,
hay elementos que nos motivan, como católicos, a confiar en que la misericordia de Dios no está reservada únicamente a la Madre de su Hijo, sino que se extiende a todo aquel que busca cumplir su voluntad.
El hecho de que María fuera elevada al cielo en cuerpo y alma nos lleva también a contemplar el misterio de su tránsito de este mundo al otro. La tradición de la Iglesia ha hablado ampliamente de la Dormición de María, y diversos teólogos y Padres de la Iglesia, como san Juan Damasceno, reflexionaron sobre este misterio. Sin embargo, el Dogma de la Asunción no
define expresamente si María murió o no antes de ser asunta al cielo. Lo verdaderamente importante es que, al contemplar este misterio, encontramos una verdad que también nos alcanza a nosotros: Dios nos ha creado para la vida eterna y el cielo está preparado para aquellos que, con fe y perseverancia, buscan cumplir su voluntad (cf. Jn 14,2-3; 1 Co 15,42- 49).
El Dogma de la Asunción tiene una profunda relación con los demás dogmas marianos: la Inmaculada Concepción, la Perpetua Virginidad y la Maternidad Divina. María fue elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo y, desde su concepción, fue preservada del pecado original por una gracia singular de Dios en atención a los méritos de Cristo. Permaneció siempre Virgen y, al aceptar libremente la voluntad divina, se convirtió en la Madre de Dios hecho hombre (cf. Lc 1,26-38).
En todos estos acontecimientos vemos la mano gloriosa de Dios; sin embargo, el plan de Dios contó también con la plena disposición de María, con aquel “sí” pronunciado con confianza y obediencia, y con la certeza puesta en la promesa que recibió a través del ángel: «Para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37).
Pero, dejando a un lado las gracias divinas concedidas a María como Theotokos —Madre de Dios—, la Asunción nos revela una gran verdad: el cielo, la gloria y el paraíso no son una exclusividad reservada para unos cuantos, sino la meta a la que Dios llama a todos sus hijos (cf. 1 Tim 2,4). Para caminar hacia esa meta es necesario contemplar e imitar el ejemplo de María.
Primero, debemos ser conscientes de que nosotros también fuimos creados y llamados por Dios. Él nos conocía desde antes de nuestra existencia; conocía nuestra historia, nuestros talentos, nuestras debilidades y también el propósito para el cual nos llamó a la vida. No estamos aquí por casualidad. Como María, cada uno de nosotros tiene una misión que Dios nos ha confiado (cf. Jer 1,5; Sal 139,13-16).
Un segundo punto importante es la obediencia a Dios por medio de sus mandamientos y de las enseñanzas de la Iglesia. Pero, sobre todo, debemos tener plena conciencia de que la verdadera obediencia nace del amor. Cuando uno ama es capaz de soportar, perseverar, ofrecer y entregarse. La obediencia no es una jaula en la que Dios nos quita la libertad; al contrario, es la respuesta libre de un corazón que reconoce a Dios como el verdadero bien y aprende a discernir entre aquello que conduce a la vida y aquello que nos aleja de Él (cf. Jn 14,15; 1 Jn 5,3).
María estaba llena de la gracia de Dios y, por ello, fue capaz de responder con confianza cuando recibió el anuncio del nacimiento de su Hijo. Ante la pregunta «¿Cómo será esto, pues no conozco varón?», no se cerró al misterio ni permitió que la duda venciera su fe. Después de recibir la explicación del ángel, respondió con aquellas palabras que siguen siendo ejemplo para todos nosotros: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,34.38).
Por eso es tan importante amar y obedecer. Quien verdaderamente ama a Dios busca ser fiel a sus mandamientos y a las enseñanzas de su Iglesia. Y, finalmente, siguiendo el ejemplo de María, necesitamos poner nuestra confianza en Dios: tener esperanza en sus promesas y la certeza de que, aunque muchas veces no sepamos cómo sucederán las cosas, Él continúa
siendo el dueño de nuestra vida, de nuestro destino, de nuestro corazón y de nuestra mente.
Solo hace falta dejarlo actuar, como María.
La Asunción de María también es una muestra clara de que este mundo es pasajero; de que nuestra vida terrena es finita y de que aquí vivimos un proceso que nos forma, nos moldea y nos prepara para la vida eterna (cf. 2 Co 4,16-18). Muchas veces, y con justa razón, lloramos ante la pérdida de algún familiar o ser querido. El dolor de la separación es real y profundamente humano. Sin embargo, como católicos, estamos llamados a mantener viva la
esperanza de que la muerte no tiene la última palabra y de que, por la promesa de Cristo, esperamos un día encontrarnos nuevamente en la presencia de Dios (cf. 1 Tes 4,13-18; Jn 11,25-26).
La vida en la tierra no es para siempre, pero la gloria del Señor sí lo es. Es ahí donde debemos poner nuestra mirada y no desfallecer en el camino. Nuestra naturaleza humana nos lleva muchas veces a caer en el pecado, pero precisamente ahí encontramos otra virtud de María que estamos llamados a imitar: la perseverancia en Dios aun en medio de las pruebas, aun en medio del mundo y aun en medio de la fragilidad humana.
María permaneció fiel. Permaneció llena de gracia y abierta a la acción del Espíritu Santo. Y esto también debe animarnos: el hecho de que seamos humanos no significa que seamos perfectos; significa que estamos llamados a caminar hacia la perfección en Dios. Aquel que nos creó sí es perfecto, y nuestro esfuerzo debe estar dirigido a acercarnos cada día más a Él, buscando esa plenitud que nace del amor divino (cf. Mt 5,48).
Y es precisamente aquí donde el misterio de la Asunción se encuentra con el gran mensaje que nos dejó el Jubileo de la Esperanza. El Papa Francisco, en la Bula Spes non confundit, nos recuerda que «la esperanza no defrauda» (cf. Rm 5,5) y que esta esperanza nace del amor de Dios, se sostiene en la acción del Espíritu Santo y nos conduce hacia la gloria (cf. Rm 5,1-5). La esperanza cristiana no es un simple deseo de que las cosas salgan bien; es la certeza de que Dios cumple sus promesas.
María es precisamente un testimonio privilegiado de esta esperanza. Ella, que supo permanecer fiel incluso al pie de la cruz, sin perder la confianza en Dios, se convierte también para nosotros en Madre de la esperanza. En ella contemplamos no solamente a la mujer que dijo “sí” a Dios, sino también a la criatura que participa ya de la gloria que todos estamos llamados a alcanzar (cf. Lc 2,34-35; Jn 19,25-27).
La Asunción de María, por tanto, no es únicamente un privilegio concedido a la Madre de Dios; es también un signo que nos permite mirar hacia nuestro propio destino. María nos muestra anticipadamente aquello que esperamos: la victoria de Cristo sobre la muerte, la glorificación del ser humano y la plenitud de la vida junto a Dios (cf. 1 Co 15,20-23; Flp 3,20-21).
Hoy, 76 años después de la declaración formal del Dogma de la Asunción, la profundidad de este misterio permanece intacta. Los fieles debemos comprender que en María se nos muestra, de manera anticipada, la plenitud de la obra de Dios: la misericordia del Padre, el poder redentor del Hijo resucitado y la acción del Espíritu Santo, que llena el corazón del hombre y lo hace capaz de convertirse en morada y testigo de Dios.
No podemos ser ajenos a esta celebración. Por el contrario, debemos tomarla como un
impulso para acrecentar nuestra Fe, fortalecer nuestra Esperanza y arder en la Caridad (cf. 1 Co 13,13).
La Asunción de María no debe ser solamente una fiesta que celebramos; debe ser también una promesa que contemplamos y una esperanza que nos mueve. María nos recuerda que nuestro destino último no está en este mundo, sino en Dios. Que vale la pena decir “sí” cuando Él nos llama. Que vale la pena obedecer cuando no comprendemos completamente sus caminos. Que vale la pena permanecer fieles aun en medio de las dificultades.
Porque solo Dios puede hacer grandes obras, solo Dios puede hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5) y solo Él puede concedernos la recompensa de la vida eterna, no por nuestros propios méritos, sino conforme a su infinita bondad y misericordia.
Y así, al contemplar a María asunta al cielo, podemos mirar también hacia nuestra propia esperanza. Ella es signo de aquello que Dios puede realizar en quien se abandona a su voluntad. Ella nos enseña que la fe perseverante, la obediencia nacida del amor y la confianza en Dios no son caminos inútiles, sino senderos que conducen a la vida eterna.
Porque la esperanza cristiana no defrauda: Dios cumple sus promesas, Cristo ha vencido la muerte y María nos muestra, anticipadamente, la gloria a la que también nosotros estamos llamados. María, madre de la Esperanza, ¡Ruega por nosotros y enséñanos a decir “Hágase en mi tu voluntad”!
Alain Reyes

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