27 septiembre, 2026

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La brújula y el oasis

Lecciones del papa León XIV en las encrucijadas de París

La brújula y el oasis

Frente a una cultura que presume de haber archivado lo sagrado y que confía ciegamente en las promesas de la técnica, el viaje apostólico del papa León XIV a París ha funcionado como una lúcida llamada de atención. Desde la solemnidad del Elíseo hasta el asfalto de la Place de la Concorde —pasando por la UNESCO, Notre-Dame, el Stade de France y la labor de la Maison Bakhita—, el Pontífice no ha venido a firmar un protocolo amable, sino a interrogar las claves ocultas de un continente aturdido por las pantallas y aquejado de una profunda sed interior.

El primer diagnóstico de esa intemperie apunta directamente a la fascinación desmedida por la técnica. Vivimos embriagados por los algoritmos, corriendo el peligro de caer en el impersonal «Paraíso de las Máquinas» del que hablaba Bernanos, donde la obediencia ciega a los sistemas digitales anula la libertad del individuo. Ante este panorama, el Papa advierte sobre el riesgo de perder la humanidad en estructuras que condicionan nuestra vida cotidiana, señalando la urgencia de formar las mentes en un discernimiento ético capaz de distinguir lo que es moralmente bueno.

Frente a una tecnocracia que reduce el saber a utilidad y la existencia a rendimiento, el Pontífice reivindica el papel de la escuela católica y de una justa laicidad que no excluye la dimensión religiosa, sino que sabe atesorarla como un recurso educativo, cultivando la dignidad sagrada de la persona frente al pensamiento único.

Ese respeto radical a la vida humana constituye el suelo firme que sostiene todo su magisterio parisino. Ante la UNESCO, León XIV situó la medida de nuestra salud antropológica en el trato que dispensamos a los descartados, advirtiendo que la crisis ecológica que ahoga al planeta es, en su raíz, una crisis antropológica. No hay cuidado posible de la tierra si se negocia el valor de la vida desde su origen en el vientre materno hasta su ocaso natural. Con firmeza, el Papa recuerda que la tutela del derecho a la vida es el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano, midiendo el compromiso de una sociedad por cómo acoge a los más vulnerables frente a la arrogancia de los sistemas que desechan lo que no produce.

Ahora bien, ¿cómo sostener esta esperanza sin naufragar en el intento? El Pontífice nos devuelve al núcleo de la vida cristiana advirtiendo que una Iglesia «en salida» se ahoga si olvida su motor secreto: la centralidad de la liturgia y la oración. La reapertura de Notre-Dame no es solo la recuperación de una joya arquitectónica, sino el recordatorio de que los templos viven del misterio sagrado celebrado en comunidad. Es ahí, ante el altar, donde el creyente adquiere la densidad interior necesaria para desenmascarar estructuras injustas y tejer la paz.

Ese compromiso que nace de la plegaria halla su expresión en las periferias y en el tejido cotidiano de la caridad.

A los jóvenes reunidos en el Stade de France, el Papa les propuso una aventura de libertad inspirada en san Pablo a través de tres llamadas esenciales: huir del orgullo y la avaricia que devoran los vínculos, tender hacia el bien que da vida, y afrontar el combate de la fe aceptando nuestras fragilidades como el sitio exacto donde la misericordia de Dios se hace fuerte.

Esa misma responsabilidad juvenil encuentra manos y rostros concretos al descender a las calles, adentrándonos en iniciativas como la Maison Bakhita —impulsada por las Hermanas Scalabrinianas y una red de voluntarias—. Allí descubrimos el rostro palpable de la teología del cuidado, constatando que para los cristianos los pobres no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En estos espacios no se aplica un protocolo frío de asistencia, sino que se incuba un saber hacer que desafía la exclusión y demuestra que la existencia se sostiene mediante el vínculo, desaprendiendo la lógica del dominio.

Lo fascinante es comprobar que, en medio de este desierto secularizado, Dios sigue abriendo brecha por los flancos más insospechados. La Iglesia en Francia asiste a una primavera inesperada: un desfile constante de adultos que llaman a las puertas de las parroquias pidiendo el bautismo. Este desborde de gracia entierra cualquier pesimismo, pero exige a las comunidades abandonar la comodidad para ofrecer un acompañamiento postbautismal riguroso que integre formación seria, la Eucaristía y el compromiso real de padrinos y madrinas.

Todo este itinerario parisino confluye, en definitiva, en una gran pregunta existencial sobre el riesgo constante de equivocarse de pozo. Nos empeñamos en anestesiar el vacío existencial con pequeños ídolos de usar y tirar que prometen la luna y nos dejan el alma a oscuras. Frente a esa sed legítima que nos quema por dentro, Cristo sale al paso en nuestra intemperie para ofrecer el agua viva de su Corazón traspasado. Como el propio León XIV recordó al evocar la agudeza de Orígenes, el creyente que bebe de esta fuente no almacena el don de forma egoísta, sino que experimenta cómo de su interior brotan, en feliz expresión, «manantiales y ríos de agua viva» para calmar la sed de un mundo que agoniza en la sequedad del sinsentido.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.