La belleza de la fe
Una luz en la oscuridad: cómo el encuentro con Jesús y su amistad transforman nuestra forma de vivir y dan sentido incluso al sufrimiento
La belleza de la fe nace del encuentro con Jesús, quien nos ofrece su amistad y transforma nuestra manera de vivir. En su amor descubrimos la libertad de confiar, la alegría de agradecer y una esperanza que nos sostiene incluso en el sufrimiento.
Imaginemos que entramos en una habitación oscura. Apenas distinguimos lo que hay dentro. Alguien enciende la luz y descubrimos que estamos rodeados de amigos. ¡Qué alegría! Algo semejante sucede con la fe: ilumina nuestra existencia y nos permite reconocer una presencia constante que transforma nuestra manera de vivir. No estamos solos. Dios nos conoce, nos ama y sale a nuestro encuentro.
La fe cristiana tiene un rostro: Jesucristo. En Belén, Dios se acerca a nosotros en la fragilidad de un niño. En la cruz, lleva su entrega hasta el extremo. En la resurrección se abre un horizonte que la muerte no puede cerrar. Su grandeza se manifiesta en la humildad, el perdón y la misericordia. Contemplar esta forma de amar despierta el asombro. Ahí comienza, para mí, la belleza de creer.
Los sentimientos pueden acompañar y profundizar la fe, pero su firmeza también se revela cuando faltan. Hay días de entusiasmo y otros de oración seca, de cansancio o de preguntas sin respuesta. El amor de Dios permanece en unos y en otros.
Sabernos amados puede transformarnos incluso cuando no experimentamos ningún consuelo especial.
Creer es un don de la gracia que reclama una respuesta libre. Dios toma la iniciativa y nos capacita para acogerlo, sin anular nuestra voluntad. Podemos abrirle la puerta, escuchar su palabra y dejar que oriente nuestras decisiones. La fe compromete nuestra inteligencia y nuestro corazón; nos invita a confiar en una verdad que supera lo que alcanzamos a comprender.
Uno de sus aspectos más hermosos es la amistad con Jesús. Él llama amigos a sus discípulos (cf. Jn 15,15). ¡Amigos de Dios! Podemos hablarle de una preocupación familiar, de un fracaso profesional o de esa alegría pequeña que nadie más ha advertido. No hace falta representar un papel. Nos presentamos ante él con lo que somos, también con nuestras debilidades y con nuestra necesidad de perdón.
Esta amistad se alimenta de trato. Leer el Evangelio, reservar unos minutos para la oración y participar en los sacramentos nos ayuda a conocer a quien nos ama. Su fidelidad nos invita a volver cuando nos alejamos. La confesión permite experimentar esa misericordia que levanta y devuelve la esperanza.
Quien se sabe perdonado aprende también a mirar de otro modo las faltas ajenas.
De la amistad nace la confianza. Para mí, confiar significa dar el paso que entiendo que Dios me pide, aunque todavía no vea todo el camino. No supone exigirle que cumpla mis planes. Supone poner el resultado en sus manos, mientras asumo mi responsabilidad. María —su madre, nuestra madre— nos enseña esta disponibilidad: su sí abre espacio a una acción de Dios cuyo alcance no podía abarcar desde el principio.
Hace años me pregunté cuánto nos había regalado Dios. La lista me desbordó: la creación, la vida, la filiación divina, el Espíritu Santo, la Iglesia, los sacramentos, la esperanza del cielo. En la Eucaristía, Cristo se da a sí mismo. Y en la cruz nos entrega a María como madre. A veces nos acostumbramos tanto a estos dones que dejamos de admirarlos.
Recuperar la gratitud es recuperar la capacidad de ver su belleza.
Pero ¿qué ocurre cuando llega el sufrimiento? Una enfermedad, una pérdida o una crisis pueden sacudir nuestras certezas. La fe no evita las lágrimas ni ofrece una explicación inmediata para cada herida. Nos permite, sin embargo, acercarnos a Cristo crucificado y descubrir que no sufrimos solos. Él conoce el dolor humano desde dentro y permanece junto a nosotros.
San Juan Pablo II profundizó en esta esperanza en Salvifici doloris: unidos a Cristo, nuestros sufrimientos pueden adquirir un nuevo sentido y participar en su obra redentora. Esto no exime de aliviar el dolor propio y ajeno. Nos llama a acompañar, cuidar y amar, incluso cuando seguimos sin comprender el porqué de lo sucedido.
Conozco los alrededores de Múnich gracias a mis paseos en bicicleta y a mis viajes en coche. Desde un avión, esos mismos caminos revelan conexiones que antes no veía. La fe ensancha así nuestra mirada: nos ayuda a situar la vida en un horizonte más amplio. No desciframos todos sus misterios, pero confiamos en Dios, que puede hacer surgir el bien incluso de lo que nos hiere.
La belleza de la fe es vivir sabiendo que somos amados y llamados a la comunión eterna con Dios. Esa certeza puede dar un nuevo tono al trabajo, a la convivencia y al cuidado de quienes nos necesitan. Un bien así pide ser compartido: con palabras sencillas, con respeto a la libertad y, sobre todo, con una vida que haga visible el amor recibido.
Propositos
- Cultivar mi amistad con Jesús. Dedicar cada día unos minutos a leer el Evangelio y a hablar con él sobre mis alegrías, preocupaciones y decisiones.
- Aprender a agradecer y confiar. Reconocer cada noche un regalo de Dios y poner en sus manos aquello que me inquieta, sin eludir mi responsabilidad.
- Hacer visible el amor recibido. Traducir mi fe en un gesto concreto: pedir perdón, escuchar con paciencia o acompañar a alguien que sufre.
Dr. Karl-Maria de Molina
Presidente de FamilyValued.org

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