11 abril, 2026

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León XIV: ¡Vayamos a Jesús, nuestra esperanza! Él puede sanarnos y hacernos nuevos

En su Audiencia General, el Papa León XIV recordó dos milagros del Evangelio que muestran el poder de la fe y la cercanía de Cristo con nuestro dolor. “Jesús es nuestra esperanza”, afirmó, animando a acudir a Él con confianza, incluso en medio del sufrimiento y la muerte

León XIV: ¡Vayamos a Jesús, nuestra esperanza! Él puede sanarnos y hacernos nuevos

Durante la Audiencia General celebrada este miércoles en el Vaticano, el Papa Leo XIV continuó con su ciclo de catequesis centrado en el Jubileo y el tema “Cristo, nuestra esperanza”. En esta ocasión, reflexionó sobre dos milagros relatados en el Evangelio según san Marcos, que revelan el poder sanador de Jesús y la fuerza transformadora de la fe.

“En la vida hay momentos de decepción y desánimo, e incluso la experiencia de la muerte. Aprendamos de esa mujer, de ese padre: vayamos a Jesús. ¡Él puede sanarnos, puede devolvernos la vida! Jesús es nuestra esperanza”, expresó el Pontífice con firmeza.

El Papa señaló que una enfermedad muy extendida en nuestro tiempo es el cansancio de vivir, cuando la realidad parece demasiado compleja y pesada de afrontar. Sin embargo, subrayó que “la existencia hay que afrontarla y, junto a Jesús, podemos hacerlo bien”. En un mundo marcado por el desánimo, Leo XIV exhortó a creer en el poder de Cristo que no solo cura enfermedades, sino que también despierta de la muerte.

Dos gestos de fe, dos milagros de esperanza

El primer milagro citado por el Papa narra la historia de una mujer marginada por una enfermedad que la hacía impura ante la sociedad. Conmovida por la certeza de que solo Jesús podía sanarla, se acerca y toca su manto. Su fe no fue en vano: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz”, le dice Jesús al sanarla.

En el segundo relato, un padre angustiado busca al Señor tras la muerte de su hija. Jesús, lejos de rechazar su súplica, le dice: “No temas; solo ten fe”, y acude a su casa. Allí, ante el llanto de los presentes, pronuncia palabras llenas de poder: “La niña no está muerta, sino dormida”, y la devuelve a la vida.

Ambos personajes actúan movidos por una fe que los impulsa a ir más allá del juicio social. “A veces también nosotros podemos ser víctimas del juicio de los demás, que intentan ponernos un vestido que no es el nuestro. Y luego nos sentimos mal y no podemos salir de ello”, advirtió el Papa. Pero estos dos gestos de fe —la súplica de un padre y el toque de una mujer enferma— revelan que en Jesús encontramos una fuerza que cura las heridas más profundas y despierta las almas muertas.

Fe que transforma desde dentro

El Santo Padre también destacó un detalle conmovedor: tras resucitar a la niña, Jesús pide que le den algo de comer. “Es un gesto muy humano, muy concreto, que muestra cuánto se preocupa por nosotros en cada aspecto de nuestra vida”, afirmó. Este gesto, dijo, es también un signo del cuidado de Dios por la humanidad concreta, no abstracta.

A partir de ese gesto, el Papa invitó a los padres a examinar su compromiso espiritual: “Cuando nuestros hijos están en crisis y necesitan alimento espiritual, ¿sabemos dárselo? ¿Y cómo podremos hacerlo si nosotros mismos no nos alimentamos del Evangelio?”.

No basta con estar cerca: hay que creer de verdad

El Papa advirtió que muchas veces nos acercamos a Jesús de manera superficial, sin verdadera fe: “Estamos en las iglesias, sí, pero tal vez nuestro corazón está lejos. Caminamos por los pasillos, pero no tocamos a Cristo con fe”. En cambio, la mujer del Evangelio, silenciosa y anónima, venció sus miedos y tocó el corazón de Jesús con sus manos consideradas impuras. “Cada vez que hacemos un acto de fe dirigido a Jesús, se establece un contacto con Él y su gracia fluye inmediatamente”, explicó.

Aunque no siempre seamos conscientes, la gracia actúa —a veces en silencio— transformando nuestra vida desde dentro. “Quizás aún hoy muchas personas se acercan a Jesús de manera superficial, sin creer verdaderamente en su poder”, lamentó el Pontífice. Y recordó: “Nada es demasiado grande para Jesús. Si vamos a Él, nos hará nuevos”.

Un mensaje especial para los jóvenes

En su catequesis, Leo XIV también expresó su cercanía con los jóvenes, muchas veces los primeros en sentirse perdidos o desanimados por la vida. En este contexto, instó a los adultos a ser testigos creíbles de esperanza y a no temer hablar del Evangelio con sencillez y valentía. “Jesús nos dice: ‘Talitha cum’, ¡niña, levántate! —y lo dice también a las nuevas generaciones—. Él puede hacerlos caminar de nuevo, puede devolverles el sentido, la alegría y la luz.”

Una vez más, desde la Plaza de San Pedro, el Sucesor de Pedro invita al mundo a volver los ojos hacia Cristo, no como un consuelo momentáneo, sino como la única esperanza verdadera que tiene poder para sanar, renovar y dar vida.

Texto completo de la catequesis:

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 25 de junio de 2025

Ciclo de catequesis – Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza. II. La vida de Jesús. Las curaciones. 11. La mujer hemorroísa y la hija de Jairo. «No temas, solo ten fe» (Mc 5,36) 

Queridos hermanos y hermanas,

hoy también meditamos sobre las curaciones de Jesús como señal de esperanza. En Él hay una fuerza que nosotros también podemos experimentar cuando entramos en relación con su Persona.

Una enfermedad muy difundida en nuestro tiempo es el cansancio de vivir: la realidad nos parece demasiado compleja, pesada, difícil de afrontar. Y entonces nos apagamos, nos adormecemos, con la ilusión que al despertarnos las cosas serán diferentes. Pero la realidad va afrontada, y junto con Jesús podemos hacerlo bien. A veces nos sentimos bloqueados por el juicio de aquellos que pretenden colocar etiquetas a los demás.

Me parece que estas situaciones puedan cotejarse con un pasaje del Evangelio de Marcos, donde se entrelazan dos historias: aquella de una niña de doce años, que yace en su lecho enferma a punto de morir; y aquella de una mujer, que, precisamente desde hace doce años, tiene perdidas de sangre y busca a Jesús para sanarse (cfr Mc 5,21-43).

Entre estas dos figuras femeninas, el Evangelista coloca al personaje del padre de la muchacha: él no se queda en casa lamentándose por la enfermedad de la hija, sino sale y pide ayuda. Si bien sea el jefe de la sinagoga, no pone pretensiones argumentando su posición social. Cuando hay que esperar no pierde la paciencia y espera. Y cuando le vienen a decir que su hija ha muerto y es inútil disturbar al Maestro, él sigue teniendo fe y continúa esperando.

El coloquio de este padre con Jesús es interrumpido por la mujer que padecía flujo de sangre, que logra acercarse a Jesús y tocar su manto (v. 27). Con gran valentía esta mujer ha tomado la decisión que cambia su vida: todos seguían diciéndole que permanezca a distancia, que no se deje ver. La habían condenado a quedarse escondida y aislada.  A veces también nosotros podemos ser víctimas del juicio de los demás, que pretenden colocarnos un vestido que no es el nuestro. Y entonces estamos mal y no logramos salir de eso.

Aquella mujer emboca el camino de la salvación cuando germina en ella la fe que Jesús puede sanarla: entonces encuentra la fuerza para salir e ir a buscarlo. Al menos quiere llegar a tocar sus vestidos.

Alrededor de Jesús había una muchedumbre, muchas personas lo tocaban, pero a ellos no les pasó nada. En cambio, cuando esta mujer toca a Jesús, se sana. ¿Dónde está la diferencia? Comentando este punto del texto, San Agustín dice – en nombre de Jesús –: «La multitud apretuja, la fe toca» (Sermones 243, 2, 2). Y así: cada vez que realizamos un acto de fe dirigido a Jesús, se establece un contacto con Él e inmediatamente su gracia sale de Él. A veces no nos damos cuenta, pero de una forma secreta y real la gracia nos alcanza y lentamente trasforma la vida desde dentro.

Quizás también hoy tantas personas se acercan a Jesús de manera superficial, sin creer de verdad en su potencia. ¡Caminamos la superficie de nuestra iglesia, pero quizás el corazón está en otra parte! Esta mujer, silenciosa y anónima, derrota a sus temores, tocando el corazón de Jesús con sus manos consideradas impuras a causa de la enfermedad. Y he aquí que inmediatamente se siente curada. Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Mc 5,34).

Mientras tanto, llevaron a aquel padre la noticia que su hija había muerto. Jesús le dice: «¡No temas, basta que creas!» (v. 36). Luego fue a su casa y, viendo que todos lloraban y gritaban, dijo: «La niña no está muerta, sino que duerme» (v. 39). Luego entra donde está la niña, le toma la mano y le dice: «Talitá kum», “¡Niña, levántate!”. La muchacha se levanta y se pone a caminar (cfr vv. 41-42). Aquel gesto de Jesús nos muestra que Él no solo sana toda enfermedad, sino que también despierta de la muerte. Para Dios, que es Vida eterna, la muerte del cuerpo es como un sueño. La muerte verdadera es aquella del alma: ¡de esta debemos tener miedo!

Un último detalle: Jesús, luego de haber resucitado a la niña, dice a los padres que le den de comer (cfr v. 43). Esta es otra señal muy concreta de la cercanía de Jesús a nuestra humanidad. Podemos también entenderlo en sentido más profundo y preguntarnos: ¿cuándo nuestros muchachos se encuentran en crisis y tienen necesidad de nutrición espiritual, sabemos dársela? ¿Y cómo podemos hacerlo si nosotros mismos no nos nutrimos del Evangelio?

Queridos hermanos y hermanas, en la vida hay momentos de desilusión y de desánimo, y hay también la experiencia de la muerte. Aprendamos de aquella mujer, de aquel padre: vamos hacia Jesús: Él puede sanarnos, puede hacernos renacer. ¡Jesús es nuestra esperanza!
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Saludos 

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los sacerdotes y seminaristas provenientes de España, México, Puerto Rico, Ecuador, Colombia, El Salvador, Venezuela. En la vida hay momentos de desilusión, de desaliento e incluso de muerte. Aprendamos de aquella mujer y de aquel padre: vayamos a Jesús. Él puede sanarnos, puede devolvernos la vida. ¡Él es nuestra esperanza! Muchas gracias.
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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy meditamos sobre las curaciones que Jesús realizó como signo de esperanza. El Evangelio que hemos escuchado nos presenta dos historias: la de una mujer enferma desde hace doce años y la de una niña que está por morir.

La mujer, considerada impura y condenada al aislamiento, se atreve a acercarse a Jesús en silencio, convencida de que basta tocar su manto para sanar. Aunque muchos tocaban a Cristo entre la muchedumbre, sólo ella fue curada. ¿Por qué? Porque lo tocó con fe. Quizás también hoy muchos se acercan a Jesús de manera superficial. Entramos en nuestras iglesias, pero nuestro corazón se queda afuera. Esta mujer, silenciosa y anónima, venció sus miedos y tocó el corazón de Jesús con manos que todos juzgaban impuras. Y el Señor la sanó a causa de su fe.

El padre de la niña tampoco se rinde ante la noticia de la muerte. Jesús le dice: «No temas, sólo ten fe». Entra en la casa, toma a la niña de la mano y la vida vuelve. Es inmensa la fuerza de una fe sincera, que toca a Jesús con confianza —aun desde la debilidad— porque deja que sus benditas manos actúen. Cuando la fe es verdadera, se confirma nuestra esperanza. La gracia de Cristo actúa y nos es devuelta la vida.

Exaudi Redacción

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