23 octubre, 2026

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Alejandro Fontana

Voces

19 octubre, 2026

17 min

La vocación profesional del laico y la opción preferencial por los pobres

Transformar la profesión en servicio

La vocación profesional del laico y la opción preferencial por los pobres

La opción preferencial por los pobres puede entenderse de un modo excesivamente restringido si se la identifica únicamente con la ayuda que prestamos a personas que se encuentran en una situación de pobreza económica. Para el fiel laico, inmerso en la construcción de la sociedad mediante su trabajo, existe una manera más cotidiana y a la vez más exigente de comenzar a vivirla. Consiste en dejar que la gracia transforme su corazón hasta hacerlo capaz de descubrir las necesidades concretas de las personas que tiene delante y sentirse personalmente interpelado por ellas. El punto de partida no está, por tanto, en preguntarse dónde están los pobres a los que debería ayudar, sino en una pregunta mucho más inmediata: ¿quién necesita algo de mí que yo estoy en condiciones de proporcionar?

La primera respuesta puede resultar sorprendentemente cercana. Puede ser mi cliente. Puede ser el paciente que viene a la consulta, el alumno que participa en mi clase, el ciudadano que espera una respuesta de la administración pública, el trabajador que depende de una decisión directiva, la familia que utiliza el producto que hemos diseñado o la persona que camina cada mañana por la calle que alguien tiene la responsabilidad de mantener limpia. Todos ellos presentan alguna necesidad. Y precisamente porque tienen una necesidad que no pueden satisfacer por sí mismos en ese momento, se encuentran, respecto de esa necesidad, en una situación de vulnerabilidad. Yo, en cambio, poseo algo que ellos necesitan: conocimiento, tiempo, autoridad, experiencia, capacidad técnica, recursos o simplemente la posibilidad concreta de realizar una tarea. Este es el punto en el que el trabajo puede convertirse en servicio.

La transformación comienza en el corazón

La opción preferencial por los pobres no comienza en una determinada actividad exterior. Comienza en una transformación interior. Benedicto XVI lo expresa con especial claridad en Deus caritas est. Al referirse al servicio cristiano señala que la competencia profesional es indispensable, pero que por sí sola no basta. Es necesaria una «formación del corazón» que procede del encuentro con Dios en Cristo y que hace a la persona capaz de abrirse interiormente al otro. Este es el movimiento fundamental.

La relación personal con Cristo transforma progresivamente aquello que nos importa. El problema del otro deja de ser exclusivamente suyo. Comienza a afectarnos. Ya no podemos contemplarlo simplemente desde fuera. Francisco lo formula de un modo semejante cuando explica que lo que el Espíritu suscita no es primordialmente un activismo, sino «una atención puesta en el otro». De esa atención nace una verdadera preocupación por su persona y, a partir de ella, el deseo de buscar efectivamente su bien. Esta secuencia resulta decisiva para comprender la santificación del trabajo: la relación con Cristo da paso a la acción de la gracia, que transforma el corazón; esa transformación dirige la atención hacia el otro, suscita una preocupación real por su necesidad y mueve a buscar efectivamente su bien. La gracia no proporciona directamente la solución profesional. Pero provoca algo previo: hace que queramos encontrarla.

El primer destinatario es quien recibe mi trabajo

Esto permite comprender de otra manera la actividad profesional. Todo trabajo bien realizado resuelve algún problema a alguien. Ésa es una de sus características fundamentales. El médico proporciona una respuesta ante una enfermedad. El profesor ayuda a superar una carencia de conocimiento. El abogado proporciona orientación frente a un problema jurídico. El ingeniero crea una solución técnica. El empresario organiza recursos para proporcionar bienes o servicios. Quien cocina satisface una necesidad de alimentación. Quien limpia permite que otras personas encuentren un espacio digno y habitable. Incluso las actividades muy sofisticadas conservan esta estructura elemental: alguien tiene una necesidad y alguien pone sus capacidades al servicio de una posible solución.

Por eso el primer lugar donde el cristiano puede verificar la transformación producida por la gracia no tiene que encontrarse necesariamente fuera de su profesión. Está delante de él. Son sus clientes. Entendido ampliamente, cliente es aquí el destinatario del propio trabajo: aquella persona que recibirá las consecuencias de lo que hago. La cuestión cristiana empieza entonces a formularse de un modo extraordinariamente concreto: ¿hasta qué punto me importa realmente su problema? Porque es posible cumplir una tarea sin asumir el problema del destinatario. Es posible atender al paciente y querer terminar rápidamente la consulta. Es posible dictar una clase sin preocuparse excesivamente por si los alumnos han aprendido. Es posible vender un producto sin preguntarse si constituye realmente una solución adecuada. Es posible completar un expediente sin pensar demasiado en el ciudadano que espera. La gracia introduce otra lógica. Hace que el profesional deje de mirar exclusivamente la tarea y empiece a mirar a la persona para quien esa tarea importa.

Si el problema del otro me importa, necesito saber más

A partir de allí aparece una consecuencia particularmente exigente. Si el problema del cliente me importa realmente, tengo una razón para intentar comprenderlo mejor. Y si quiero comprenderlo mejor, tengo una razón para estudiar. La búsqueda de competencia profesional adquiere entonces una motivación distinta. Ya no estudio solo, porque deseo progresar profesionalmente, alcanzar reconocimiento o mantenerme actualizado. Estudio porque existe alguien que necesita una respuesta que todavía no sé proporcionar suficientemente bien. La preocupación por el destinatario se convierte en una fuente de exigencia profesional. San Josemaría expresa exactamente esta relación cuando afirma: «Para servir, servir». Explica inmediatamente su significado: «No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo». Y añade, que si realmente se desea hacer el bien, ese deseo tiene que traducirse en el esfuerzo por conseguir la competencia necesaria y poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas con perfección humana.

Esta afirmación resulta fundamental. La competencia no está al lado del servicio: es una exigencia del servicio. La rectitud de intención no disculpa la incompetencia cuando estaba razonablemente en nuestras manos adquirir los conocimientos necesarios. Si soy médico, tendré que estudiar porque mi paciente necesita un diagnóstico adecuado. Si soy profesor, tendré que profundizar porque mis alumnos necesitan comprender. Si soy empresario, necesitaré conocer mejor al cliente porque no puedo ofrecerle una solución adecuada si no entiendo realmente su necesidad. Si tengo responsabilidades públicas, deberé conocer las consecuencias de mis decisiones porque otros vivirán con ellas. La frase que resume esta lógica podría ser muy sencilla: tengo que saber más, porque tú necesitas una respuesta mejor.

La excelencia profesional entra así en la santificación

Desde esta perspectiva puede comprenderse por qué la excelencia profesional no constituye simplemente una aspiración humana añadida a la santificación del trabajo. Forma parte de ella. San Josemaría describe a san José como alguien cuyo trabajo estaba informado por el espíritu de servicio. Su actividad no estaba orientada a la autoafirmación. José pensaba en Jesús, en María y también en las personas de Nazaret. Y precisamente por eso «sacaba de apuros a muchos» mediante un trabajo bien acabado. La excelencia aparece vinculada directamente al destinatario. No se trata de ser excelente para ser reconocido como excelente. Se trata de trabajar bien porque alguien necesita aquello que estamos haciendo.

Esto permite también evitar un equívoco importante. La santidad no implica que un cristiano tenga necesariamente que ser el mejor profesional de su entorno. Las capacidades, los talentos y las circunstancias son diferentes. La exigencia es otra: tomarse con suficiente seriedad la necesidad de quien depende de nuestro trabajo como para buscar la mejor respuesta que razonablemente esté a nuestro alcance. Ésa es la excelencia que pertenece a la lógica del servicio.

La psicología del trabajo confirma la importancia del destinatario

Esta concepción posee además un interesante respaldo desde la investigación psicológica contemporánea. Adam Grant ha desarrollado durante años la noción de prosocial motivation: la motivación que surge cuando una persona desea que su trabajo produzca un efecto positivo en otras personas. Su teoría del relational job design muestra precisamente que la manera en que una persona comprende la relación entre su trabajo y quienes reciben sus consecuencias puede modificar su motivación, sus acciones e incluso la manera en que entiende su propia identidad profesional. Cuando el trabajador puede percibir a los beneficiarios y reconocer el efecto que su actividad tiene sobre ellos, aumenta la posibilidad de que quiera producir una diferencia positiva en sus vidas. La intuición es extraordinariamente cercana a lo que aquí estamos planteando: el destinatario del trabajo puede convertirse en fuente de motivación.

Grant y sus colaboradores comprobaron además experimentalmente que el contacto con los beneficiarios puede aumentar la persistencia laboral. En un estudio realizado con personas dedicadas a conseguir fondos para becas universitarias, el breve contacto con un estudiante beneficiario produjo posteriormente aumentos significativos en persistencia y desempeño respecto de los grupos de control. En otra serie de experimentos de campo, Grant encontró que hacer visible la importancia que el trabajo tenía para otras personas incrementaba el desempeño de trabajadores de captación de fondos y aumentaba la dedicación y las conductas de ayuda de socorristas. Los mecanismos estaban relacionados con la percepción del impacto social y del valor que el propio trabajo tenía para los demás. Estos resultados no demuestran ninguna tesis sobre la acción de la gracia: se encuentran en otro nivel de análisis, pero ayudan a identificar un mecanismo humano importante: cuando el trabajador percibe con mayor claridad a la persona que recibe los efectos de su esfuerzo, puede encontrar nuevas razones para persistir y desempeñarse mejor. Es precisamente lo que ocurre cuando el cristiano deja de ver delante de sí simplemente una tarea y descubre a un destinatario.

Ayudar libremente transforma también a quien ayuda

La investigación de Netta Weinstein y Richard Ryan añade otra dimensión. En cuatro estudios encontraron que los comportamientos de ayuda realizados desde una motivación autónoma; es decir, porque la persona realmente quiere ayudar y no simplemente porque se siente obligada, producen resultados positivos tanto para quien ayuda como para quien recibe la ayuda. El efecto está relacionado con la satisfacción de necesidades psicológicas básicas del propio agente. El hallazgo resulta relevante, porque confirma que no toda conducta aparentemente prosocial tiene el mismo significado psicológico. No basta cumplir; la motivación importa.

Esto coincide nuevamente con la transformación interior que estamos describiendo. El cristiano no debería limitarse a ejecutar técnicamente una tarea para alguien. La transformación de su corazón lo lleva a querer que aquello que hace produzca realmente un bien en esa persona. La excelencia profesional deja entonces de proceder únicamente de controles externos o incentivos. Encuentra una fuente interna mucho más poderosa: la responsabilidad hacia el destinatario.

Los estudios sobre meaningful work llegan desde otra dirección a una conclusión semejante. Michael Steger, Bryan Dik y Ryan Duffy identifican tres dimensiones del trabajo significativo. Una de ellas es precisamente la percepción de que el propio trabajo contribuye a un bien que trasciende al individuo. Esto permite comprender por qué el trabajo orientado al servicio puede transformar también al trabajador. Cuando una persona comprende que lo que hace responde a una necesidad real, estudiar deja de ser solo una obligación, perseverar deja de ser únicamente disciplina y mejorar una solución deja de ser mero perfeccionismo. Existe una razón exterior al propio yo; hay alguien al otro lado.

¿Dónde aparecen entonces los pobres?

Este planteamiento permite comprender de manera más práctica la opción preferencial por los pobres. No sería preciso comenzar estableciendo una clasificación entre unas personas a quienes debo servir profesionalmente y otras, los pobres, a quienes debo ayudar caritativamente. La dinámica puede ser mucho más integrada. Primero aprendo a servir a quien tengo delante; aprendo a descubrir su necesidad; a asumir su problema; a utilizar mis capacidades para resolverlo. Y precisamente, porque la gracia ha ido transformando mi manera de mirar, comienzo también a advertir a otras personas que tienen necesidades semejantes, pero menos capacidad para conseguir una solución.

Allí aparece la preferencia; no, porque las demás personas dejen de importar, sino porque aquellas que disponen de menos recursos, menos conocimiento, menos relaciones, menos capacidad de negociación o menos posibilidades de acceder a mi servicio necesitan de un modo especial aquello que yo puedo proporcionar. La pobreza adquiere entonces una dimensión relacional: sin pretender sustituir las definiciones económicas o sociológicas de pobreza, puede decirse que existe una asimetría que resulta moralmente relevante: el otro necesita algo, y yo poseo una capacidad que puede ayudar a proporcionárselo.

Tengo algo que dar: tengo conocimiento, tengo experiencia, tengo contactos, tengo autoridad, tengo una organización, tengo capacidad para investigar, tengo capacidad para enseñar, tengo tiempo y tengo acceso a instituciones a las que esa persona difícilmente puede acceder. La opción preferencial comienza cuando advierto esa diferencia y me pregunto qué responsabilidad genera en mí.

Esta forma de plantear la cuestión hace que la opción preferencial sea considerablemente más exigente. Porque evita trasladarla inmediatamente a una actividad extraordinaria. Quien dirige una empresa podría preguntarse si entre sus propios trabajadores existen personas con problemas que sus capacidades directivas permiten ayudar a resolver. El profesor puede descubrir alumnos que necesitan más acompañamiento, porque parten de condiciones educativas inferiores. El médico puede encontrar entre sus pacientes a quienes tienen mayor dificultad para comprender un tratamiento. El empresario puede preguntarse si existen clientes potenciales cuyas necesidades siguen desatendidas, porque el sector nunca diseñó una solución apropiada para ellos. El directivo puede identificar pequeños proveedores que necesitan desarrollar capacidades para incorporarse de manera sostenible a la cadena de valor. El investigador puede descubrir problemas socialmente relevantes que reciben poca atención precisamente, porque quienes los padecen poseen poca capacidad para financiarlos o hacerlos visibles.

La opción preferencial por los pobres empieza entonces muchas veces con una pregunta muy concreta: ¿quién alrededor mío necesita algo que yo sé hacer y tiene menos posibilidades de conseguirlo?

La caridad obliga a estudiar los problemas

Esta perspectiva permite recuperar una de las formulaciones más profundas de Benedicto XVI en Caritas in veritate. Al hablar de la relación entre caridad y conocimiento afirma: «sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor». Y recuerda que quien está animado por una verdadera caridad intenta descubrir las causas de la miseria y encontrar los medios adecuados para combatirla. Por eso, insiste en que la caridad exige «conocer y entender», respetando la competencia específica de cada campo del saber. La consecuencia es muy fuerte: la opción preferencial por los pobres no disminuye las exigencias intelectuales; las aumenta. Si realmente quiero resolver el problema de otra persona, necesito comprenderlo con rigor.

La caridad puede llevar a estudiar economía; puede llevar a estudiar tecnología; puede llevar a analizar datos; puede exigir entender un territorio; puede reclamar conversar con expertos; puede obligar a revisar una solución que parecía evidente; puede llevar incluso a reconocer que aquello que inicialmente quería hacer por otra persona no era lo que esa persona necesitaba. El corazón transformado no sustituye a la inteligencia; le proporciona una razón para trabajar más intensamente.

De aquí se deriva una consecuencia particularmente importante. La opción preferencial por los pobres no significa ofrecer a quienes tienen menos una versión inferior de aquello que ofrecemos a quienes pueden pagar más. Al contrario, precisamente, porque tienen menos posibilidades de sustituir una solución defectuosa, una atención deficiente puede causarles un daño mayor. Por eso esta preferencia reclama profesionalidad.

Una mala educación perjudica especialmente a quien no podrá compensarla después; un mal producto financiero afecta especialmente a quien dispone de poco patrimonio; una infraestructura deficiente perjudica especialmente a quien carece de alternativas; un procedimiento público incomprensible afecta especialmente a quien no puede contratar a alguien que lo ayude; una recomendación médica confusa resulta especialmente problemática para quien posee menos educación o menos recursos. Tomarse en serio al pobre significa también tomarse muy en serio la calidad de aquello que se le ofrece.

La opción preferencial empieza cerca y después ensancha el radio

Puede formularse entonces una secuencia distinta de la que suele imaginarse. No comienza simplemente con la pobreza, seguida de una obligación moral, y finalmente, de una actividad de ayuda. Comienza más profundamente en el encuentro con Cristo, que da paso a la acción de la gracia y a la transformación del corazón. Esa transformación dirige la atención hacia quien tengo delante, permite reconocer su necesidad y hace surgir la responsabilidad por encontrar una solución; esa responsabilidad reclama estudio y competencia, un trabajo excelente, y finalmente, un servicio efectivo. Desde allí surge además un movimiento adicional: el corazón transformado desarrolla una sensibilidad especial ante quienes tienen menos posibilidades y pone las propias capacidades a su disposición, concretando así la opción preferencial. La preferencia no sustituye el servicio ordinario; nace de haber aprendido verdaderamente a servir.

Una opción preferencial profesionalmente exigente

Esta podría ser una forma específicamente laical de comprender la opción preferencial por los pobres. No consiste principalmente en abandonar la profesión para hacer algo distinto. Consiste en permitir que la gracia penetre tan profundamente en nuestra actividad profesional que transforme el modo en que vemos al destinatario de nuestro trabajo. Primero aprendemos a descubrir al cliente. No simplemente a quien paga, sino a quien tiene una necesidad que nuestro trabajo pretende resolver. Su problema comienza a importarnos. Ese interés nos obliga a comprenderlo mejor. Para comprenderlo necesitamos estudiar; para resolverlo necesitamos competencia; para proporcionar una solución adecuada necesitamos orden, perseverancia, colaboración, humildad e innovación. La excelencia profesional aparece así como consecuencia del servicio.

Y cuando esa manera de mirar se convierte progresivamente en parte de nosotros, empezamos también a descubrir personas que poseen las mismas necesidades, pero menos posibilidades de conseguir una solución. Entonces aparece la opción preferencial. No como una actividad paralela; no como una obligación añadida desde fuera, sino como la expansión natural de un corazón que ha aprendido a hacerse responsable de las necesidades de los demás.

Quizá podría formularse finalmente de este modo: la opción preferencial por los pobres comienza cuando la gracia me hace capaz de mirar a la persona que tengo delante y preguntarme seriamente qué necesita de mí. Y mi trabajo profesional constituye el primer instrumento para responder. Por eso, servirla exige competencia y excelencia; y precisamente, cuando aprendo a servir de esta manera, descubro con mayor claridad a quienes tienen una necesidad que mis capacidades pueden atender pero disponen de menos medios para obtener una respuesta. Preferirlos significa entonces poner también a su alcance aquello que he aprendido a hacer bien.

Así entendida, la opción preferencial por los pobres no aleja al laico de su profesión: lo obliga a tomársela mucho más en serio, porque su competencia profesional se convierte en algo que tiene para dar. Y la excelencia de su trabajo, en una forma concreta de amar.

Referencias

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Alejandro Fontana

Profesor de Dirección General y Control Directivo. Consultor en Dirección General para empresas y organizaciones cívicas. Doctorado en Planificación y Desarrollo; Máster en Organizaciones y Comportamiento Humano; M.B.A. y M.E. en Ingeniería Civil. Miembro del grupo de investigación GESPLAN de la Universidad Politécnica de Madrid. Áreas de interés: cooperación horizontal; relación empresa-sociedad civil; negocios internacionales y análisis de estrategias empresariales.