La vida: Ese milagro asombroso
Un viaje desde la maravilla de la concepción y la genética hasta el desarrollo integral del ser humano a través del amor
Para cada ser humano, todo comienza desde el mismo momento en que sus padres, en un acto grandioso de amor, se entregan recíprocamente, y entregan una «síntesis de su ser» a la persona amada, por amor. La unión íntima de ambos, con la consiguiente unión de sus células germinales, puede conducir a crear un ser tan perfecto y maravilloso en potencialidades, único en el planeta tierra. A través del amor de los padres cada uno recibe el mayor don posible: la vida. Un regalo precioso, algo inimaginable.
Lo cual se debe proteger y custodiar con gran esmero…, debido a la dignidad de cada persona, creada para algo grande, con anhelos de infinito en su interior.
El desarrollo de ese ser ya está en potencia desde el mismo momento de su concepción: se despliega todo un proceso de desarrollo y crecimiento. Es como una energía concentrada que tiende a expandirse y a perfeccionar a esa persona, a hacerla más plena, a la vez que singular en características. Auténticamente humana.
Del mismo modo que para su concepción, para desarrollarse y hacerse más y más plena, precisa del cariño de sus padres, con un ambiente lleno de ternura y acogimiento… Sin él no se puede lograr un buen desarrollo. De este modo va desplegando sus capacidades, conquistando sus posibilidades. No sólo biológicas, con el crecimiento y diferenciación celular, y el desarrollo del cuerpo, cerebro y demás órganos, sino también psíquicas, afectivas, y espirituales, con todas las facultades superiores, en la base del estrato cerebral, como son la inteligencia, la voluntad, la imaginación y creatividad, la memoria y aprendizaje, tan propias de una persona.
Así como la libertad: su facultad «raíz» que denomina Carlos Cardona, esencial del ser humano, que posibilita todo lo demás. Es un largo proceso que conlleva muchos años, debido a su complejidad, pero es una auténtica maravilla.

Por tanto, para lograr el desarrollo armónico de cada hijo, debemos atender a todas sus facultades: la inteligencia y el pensamiento, la voluntad libre, con ese entrenamiento en pequeñas cosas cotidianas, la afectividad y los sentimientos, con ese ambiente cálido, y la espiritualidad, que integra y eleva esas capacidades. Y todo esto anclado en el corazón, «sede» de la persona.
En estas primeras etapas, la afectividad tiene gran relevancia: cada hijo necesita sentirse acogido y muy querido para desarrollarse sanamente. De esa forma se desbloquean los “genes antiestrés”, y el niño está a gusto en ese ambiente saturado del cariño y confianza de sus padres. Entonces puede desplegar sus virtualidades, y su desarrollo y aprendizaje en todos los campos.
Para ello es bueno tener en cuenta los distintos ámbitos personales…, que se pueden concretar en los “marcos del desarrollo”. Todos son importantes en la formación integral de cada persona, y debemos atender todos en armonía, para que permitan una buena y sana personalidad, partiendo de las propias cualidades y características. Y de ese modo sea capaz de ir construyéndose a sí misma, plantearse metas valiosas, nobles, y pilotar su vida teniendo en cuenta a los demás, pues nuestro corazón, y todo el ser, esta diseñado para amar, y en ello cada cual encuentra su plenitud, su mejor forma de ser, y por tanto la felicidad.
Como apuntara Hannah Arendt, cuando nace un niño, la humanidad vuelve a comenzar… Alguien distinto y original, único, con anhelos de belleza, y gran potencial transformador, capaz de amar. La máxima meta del ser humano, creado precisamente para amar.

Un poco de medicina
Gracias al amor incondicional de los padres, cuando un óvulo es fecundado por un espermatozoide, con esa preparación por parte del óvulo, y con un destello de luz increíble, se forma un nuevo ser. Ya no son células del padre, y de la madre, ni un nuevo “tejido” o cúmulo de células, sino una nueva persona, con un mar amplio y casi infinito de posibilidades. Y se le denomina “cigoto”. Algo muy valioso en sí mismo.
Y es curioso, porque se ha visto que el óvulo libera sustancias químicas que atraen a algunos espermatozoides específicos. Así hace una selección sobre los que cree son mejores para ese óvulo, en relación con la histocompatibilidad óptima con su propia carga genética.
En esta etapa de la vida del ser humano se experimenta el crecimiento más rápido. Se va dividiendo en dos células, luego en cuatro, luego en ocho, y así exponencialmente. Y es uno de los momentos más complicados para la supervivencia. Precisa un ambiente especial, muy rico para su acogida y posterior anidación en el útero materno. Esto último sucede a los 4-7 días de la fecundación. Entonces ya se le denomina “embrión”. Posteriormente, después de la semana novena se le llamará «feto». En esta fase ya se diferencia en masculino o femenino, según la dotación genética sea XY, o XX.
Desde la fecundación está presente toda la carga genética responsable de la formación de esa persona. En concreto, en los cromosomas de cada célula. Ahí está la esencia de toda ella: sólo tiene que desplegar esa maravilla, y aumentar de tamaño.
Respecto al tema de la fecundación, cuando parece que no llega, cabe destacar la naprotecnología, quizá poco conocida, que es una ayuda médica, respetando la naturaleza de la procreación. Significa «natural procreative technology», o tecnología de la reproducción natural. Los métodos de reconocimiento de los periodos fértiles y los avances de la medicina procreativa posibilitan diagnosticar muchos problemas que pueden causar infertilidad. Se centra en identificar las causas, e intentar sanar, no en paliar síntomas…, o suprimir los ciclos naturales. Y su tratamiento etiológico, es decir, de la causa, ayuda precisamente en su raíz a facilitar o permitir la fecundación.

Por ejemplo, es frecuente que ocurra en casos de ovario poliquístico, oligospermia, infecciones tubáricas y otros problemas de permeabilidad de las trompas, incluso la falta de concepción debido al estrés o la ansiedad de las primeras etapas. Esta nueva técnica logra muchos beneficios, sanando primero, sin alterar la naturaleza biológica ni antropológica de la intimidad sexual y la fecundación, en ese entrañable abrazo de los padres en el que se puede concebir una nueva vida: una persona humana, un regalo increíble y sorprendente, no un “derecho” que tengamos, con sus cualidades y talentos únicos, que acoger.
Es más, cada fecundación y posterior nacimiento deja una huella profunda en los padres, y en la familia entera. Es lo más grande, maravilloso y novedoso que puede suceder en el planeta. Algo “cuasi milagroso” que nos deja atónitos, sin palabras. Y a veces nos «acostumbramos» a tanta grandeza… Como señala G.K. Chesterton, «en cada niño, todas las cosas del mundo son hechas de nuevo, y el Universo se pone de nuevo a prueba.»

Algo de genética…
Ese nuevo ser, maravilloso, contiene 23 pares de cromosomas: todo el material genético de esa persona. Exactamente, la mitad de ese material genético es de la madre, y la otra mitad del padre. En esos 46 cromosomas se hallan todas sus características y posibilidades. Y entre ellas el carácter sexual: cromosomas XX, si se trata de una mujer, o, cromosomas XY, si se trata de un varón. Y todas las células del cuerpo, hasta las cerebrales…, llevan ese material genético diferenciado, es decir, específico. No sólo los órganos sexuales, como a veces se puede creer.
Los cromosomas están formados por dobles cadenas de DNA, formando hélices, que a su vez están compuestas por muchísimas bases de nucleótidos, donde se encuentran los genes, que ponen en marcha todo su ser, y hacen a esa persona singular, única. El gen es la unidad básica de información genética. Y en cada persona se expresan, o no, dependiendo de varias circunstancias.
Todo este tema lo investigó el «padre» del Proyecto Genoma Humano: el doctor Francis Collins, que dedicó muchos años a liderar este proyecto: entre los años 1990 y 2003. Se quería conocer cómo era ese inextricable funcionamiento de los genes.
Él era ateo, y refiere que empezó a investigar porque le parecía extraño que personas inteligentes creyeran que existía un Dios. Entonces, investigando y analizando las bases del DNA, tan diminutas y perfectamente organizadas, para su consternación, se dio cuenta de que el ateísmo era lo menos racional de todo. Tenía que estar equivocado. Y ante sus propios descubrimientos, con sencillez y humildad, pasó del ateísmo más ciego, a creer en un Dios creador, inteligente, sabio, magnánimo.
Percibe que «la ciencia no es más que la humanidad tratando de entender la grandeza del diseño de Dios».
La investigación científica le ayuda a ver más claro, al descubrir esa belleza y complejidad tan minúscula, llena de orden y perfección, contenida en cada una de las células, y del material genético nuclear del ser humano. La ciencia le acerca y le lleva necesariamente a Dios. Se da cuenta de que la creación es «el libro de las obras de Dios»…
Ese material genético de cada ser humano se concreta en un genotipo y un fenotipo personales, únicos, en cada nueva persona que viene a este mundo, fruto de ese don increíble y vivificante del amor.
El fenotipo de una persona se refiere a características más visibles, como su forma, el color de la piel, del pelo, de los ojos… Y el genotipo es algo más profundo, como determinaciones genéticas: grupo sanguíneo, rasgos del temperamento heredado, o características psicológicas de personalidad como pueden ser la tendencia a la ansiedad, al nerviosismo, a la calma, a la empatía, a la acción, al optimismo… etc.
Todo esto interactúa con el ambiente donde se desarrolla ese ser humano, pudiendo afectar en distinta medida según las circunstancias del entorno y las posibilidades y aspectos genéticos de esa persona. Es la llamada epigenética o expresión genética en función de esas variables, y también del estilo de vida de esa persona.
El material genético está en la base de la vida de ese ser: en su crecimiento y desarrollo, en sus funciones cardíacas y respiratorias, en el sistema inmunológico, sistema nervioso y cerebro, estrato de tantas capacidades superiores…, en los sentidos y rasgos psicológicos y temperamentales, a partir de los cuales construir su personalidad.
La grandeza de la vida, a la par que su fragilidad, disponen el corazón al cuidado, al cariño, a la ternura. De este modo preparar un ambiente adecuado donde pueda crecer y desarrollar sus mayores posibilidades, precisamente a la luz del cariño recíproco de sus padres, artífice de su buena personalidad y autoestima. Una maravilla tan delicada que cuidar y custodiar con ternura… Sentirse querido es el motor de todo desarrollo humano.
Sin embargo, los genes no son tan determinantes como se creía hace tiempo, pues intervienen muchos factores que interaccionan con ellos. Es más, los genes no son «egoístas» como decía algún autor populista, sino que se ha comprobado que actúan por tres principios: de comunicación, de cooperación con otras personas, y de creatividad. La persona es genuinamente el lugar de lo creativo, y de la ayuda desinteresada a los demás. Y a veces lo olvidamos…
Esto referido a los genes lo ha investigado el profesor Joachim Bauer con el sistema motivacional cerebral, que secreta sustancias neuroplásticas mensajeras, y está enfocado en las buenas relaciones personales: en familia, con amigos… Es decir, busca unas relaciones afectuosas con los demás, lo cual hace que el cerebro trabaje entusiasmado, y de la mejor forma y rendimiento. Y facilita ser feliz precisamente en esos vínculos y buenas relaciones personales. Todo el cerebro, no sólo los genes, nos animan a ello y reconfortan con las buenas relaciones, incluso también cuando hacemos algo desinteresado por los demás. Es la naturaleza humana, tan bien diseñada, por el “Inventor” de los amores, que apunta C.S. Lewis.

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