30 septiembre, 2026

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La Europa de las encrucijadas

Raíces encendidas y alma en reconstrucción

La Europa de las encrucijadas

Europa no es una mera entelequia burocrática ni un conglomerado de tratados comerciales; su verdadera arquitectura se sostiene sobre cimientos espirituales y culturales.

En las horas más oscuras de la posguerra, figuras excepcionales de profunda fe y altura moral como Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi supieron traducir los valores perennes del Evangelio y el humanismo clásico en un proyecto político sin precedentes. Comprendieron con lucidez que la política, desprovista de una dimensión ética y trascendente, se reduce a una técnica de gestión o a una mera correlación de fuerzas.

Y sin embargo, Europa vuelve a tropezar hoy con los viejos demonios de la polarización, los nacionalismos excluyentes y el persistente ruido de sables. Ante este panorama, la ciudad de Metz —histórica tierra de fronteras y viejos desencuentros— ha acogido un llamamiento oportuno a través de las palabras del papa León XIV, recordándonos que el porvenir exige rescatar urgentemente las raíces que nos sustentan.

Una «obra en proceso» frente al rearme

Frente al desaliento que a menudo paraliza a nuestras sociedades, el Papa ha recordado con firmeza que construir una comunidad reconciliada no es el resultado automático de los mercados, sino el fruto paciente de una respuesta humana, exigente y valiente. Como recordaba el Santo Padre en tierras francesas, «la construcción de una casa requiere (…) una contribución más directa y más importante por parte del hombre, con el uso de fuerzas y competencias, a través de un esfuerzo común, una auténtica «obra en proceso»».

Esta reconstrucción comunitaria se halla hoy amenazada por la tentación recurrente de confiar la seguridad al rearme material y a la lógica de bloques. Frente a esta deriva, el magisterio pontificio advierte contra la ilusión de que más armas pueden garantizar una paz duradera; la verdadera seguridad europea nace del desarme de los corazones, de la diplomacia del diálogo y de la recuperación de la confianza mutua entre los pueblos.

El desafío migratorio y la integración profunda

Esta gran obra en proceso pasa ineludiblemente por afrontar con rigor moral y realismo el desafío de la presión migratoria, una de las grandes pruebas de fuego para la conciencia europea contemporánea. Lejos de caer en la demagogia de los extremos —que oscilan entre la indiferencia xenófoba y la acrítica ingenuidad—, la doctrina social de la Iglesia traza un camino exigente. Como advirtió el Santo Padre, la llegada de quienes huyen de la guerra, la miseria y la desesperanza exige la apertura de vías legales y seguras que corten de raíz el negocio infame de las mafias, pero requiere también, y de modo primordial, un proceso de integración profunda.

Acoger al forastero no se agota en la mera asistencia burocrática o en el subsidio estatal; implica un dinamismo mucho más ambicioso y humano. En palabras de León XIV, «acoger a una persona significa integrarla como en la propia familia, ofreciéndole la posibilidad de desarrollar sus talentos, sus capacidades y sensibilidades, pero también de entrar en el espíritu de la casa que la acoge».

Esta formulación supera tanto el asimilacionismo homogeneizador como el multiculturalismo disgregador. No se trata de exigir la renuncia a la propia identidad, ni tampoco de diluir el acervo histórico y cultural de las sociedades de acogida, sino de entender este encuentro inédito como una oportunidad fecunda para tejer una armonía de diferencias. La cohesión social se debilita cuando se renuncia a transmitir los valores propios por un falso respeto, del mismo modo que se quiebra cuando se cierra la puerta al reconocimiento del rostro del otro.

Crisis de sentido y laicidad positiva

A este reto se suma la profunda crisis de sentido y la asfixia de la laicidad mal entendida que padece el viejo continente. En demasiadas ocasiones se ha pretendido construir una Europa de espaldas a su tradición cristiana, relegando el hecho religioso al ámbito estrictamente privado o considerándolo un factor de división. Sin embargo, como ha subrayado el Papa en su reciente periplo, la verdadera laicidad no es la laicistista que pretende erradicar la trascendencia del espacio público, sino aquella que presupone una auténtica colaboración y el respeto recíproco del Estado hacia la libertad y autonomía de las Iglesias. Invocar el nombre de Dios para justificar la violencia, el integrismo o la opresión constituye una gravísima profanación; pero pretender extirpar la dimensión religiosa del alma europea equivale a amputar sus reservas morales más hondas, dejando a la sociedad a merced del relativismo y del nihilismo práctico.

El relevo de las nuevas generaciones

Para lograr enderezar este rumbo, la continuidad y la renovación de Europa descansan de manera decisiva sobre los hombros de las nuevas generaciones. Son los jóvenes quienes están llamados a tomar con audacia el testigo de los padres fundadores. Para ello, es menester que rechacen las falsas soluciones del enfrentamiento, la cultura del descarte y el economicismo imperante que reduce a la persona a un mero consumidor. Los jóvenes deben convertirse en auténticos artesanos de paz, capaces de sanar las heridas del rencor histórico.

Como resonó con renovada fuerza en el corazón de la catedral de San Esteban de Metz, la consigna sigue interpelando con urgencia el presente: «Tengan el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz (…). ¡Amen la vida en cada momento y no le teman al futuro! No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona».

Este llamamiento no es una enmienda a la totalidad del presente, sino una invitación gozosa a la responsabilidad histórica. En una época marcada por el invierno demográfico y el miedo al mañana, apostar por la familia y por la inviolabilidad de la vida humana —desde su inicio hasta su ocaso natural— constituye el acto político y cultural más revolucionario al alcance de la juventud.

Con su empeño cívico firme, su capacidad para la concordia y su fe arraigada en los valores que un día levantaron catedrales y universidades, corresponde a los jóvenes edificar esa casa común que Europa necesita con urgencia. Solo así el viejo continente podrá dejar atrás sus complejos y sus derivas centrífugas, para seguir siendo, con la fuerza discreta pero infatigable del espíritu, un faro de esperanza, libertad y reconciliación para el mundo entero.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.