La ternura
“El estilo de Dios”
“La ternura es el estilo de Dios” Esta frase llegó a mi corazón un día y entendí que el amor si no es cercano y concreto, si no pasa de las ideas a los gestos, a las manos, especialmente con los heridos, no es amor.
Hoy hay muchas palabras que hemos vaciado de contenido semántico. Hay palabras que parecen haber perdido su “hogar.” Ternura es una de ellas. Se usa para casi todo: un gesto amable, una reacción emocional, una frase bonita en redes. Pero en el fondo, lo que hoy llamamos ternura es muchas veces pura reacción emotiva. Y así, sin darnos cuenta, hemos olvidado lo esencial:
La ternura es el modo en que Dios se hace próximo y toca las heridas humanas.
Todos estamos heridos, tenemos heridas en el cuerpo y en el alma. Solo los cadáveres son impasibles. Todos necesitamos ser curados, ser consolados. Todos somos pobres necesitados.
La ternura es al alma lo que el emotivismo es al cuerpo. Uno da vida, el otro la consume. Cuando abrazo un cuerpo, abrazo a una persona. A la totalidad de ese ser único y ese gesto se vuelve irrepetible.
Vivimos tiempos de sentimientos inflamados, pero vínculos debilitados. De piel hipersensible y corazones endurecidos. Con miedo al apego que nos hace dependientes. Tropezamos y nos convertimos en cuerpos que reaccionan y almas que no responden. Quizá por eso necesitamos volver a mirar despacio qué es realmente la ternura, ese lenguaje que Dios habla con preferencia; y contrastarla con el emotivismo, esa fuerza que, como describe Simone Weil, pertenece a la ley de la gravedad: arrastra hacia abajo, hacia lo inmediato, hacia lo que exige poco y vacía rápido.
TERNURA como MISERICORDIA
El encuentro con las heridas del otro
La ternura no es un sentimiento. Es la caridad hecha visible Es una manera de mirar y de estar “al estilo de Dios” Una disposición estable del alma que permite ver al otro en su valor y en su fragilidad, sin aprovecharse de ninguna de las dos. Por eso la ternura no invade ni exige: SOSTIENE.
El estilo de Dios lo resume el papa Francisco en tres palabras: cercanía, misericordia y ternura.
La cercanía es la primera forma de la ternura. Estar cerca, cerca con la palabra, el gesto, la mirada y, hasta con el silencio… Cerca en las diferencias personales, culturales y sociales. Es una acción concreta que afecta a cada persona y es voluntaria. Soy yo el que me acerco, el que habla primero, el que ofrece, el que acompaña, el que sostiene. El que inicia el diálogo respetuoso, paciente y personal…
La misericordia, esa segunda forma de la ternura. Etimológicamente “poner el corazón en las miserias” personales y ajenas. Besar la llaga que está podrida para que no desfigure el alma que la transporta. Compasión, como lenguaje que se deja afectar para sostener.
Y todo en el contexto de la ternura, entendida como el amor que se hace cercano y concreto. Ese amor que pasa del corazón a lo sensible, visible, audible…
Del corazón a los ojos, a los oídos, a las manos… Ante el dolor de Marta y María Jesús se conmueve y llora antes de resucitar a su amigo (Jn 11,33-36)
Es un Dios que se inclina, se aproxima, se abaja para levantar. Un Dios que entra en la historia no desde la fuerza, sino desde la “suave firmeza de un Niño que llega”. Benedicto XVI añadía que Dios actúa siempre “con un corazón que ve”.
La ternura configura la propia manera de mirar, escuchar y actuar, No es un “sentir” blando sino un modo de actuar que reconoce la dignidad del otro especialmente en su fragilidad. Es la manifestación visible de unas “entrañas” que reconocen en el otro “un tú” en su unicidad, no un objeto funcional a mi servicio.
EL EMOTIVISMO:
CUANDO EL CUERPO TOMA EL MANDO
En el extremo opuesto vive el emotivismo, esa corriente cultural que ha convertido las emociones en criterio moral. Ese sentimentalismo que se mueve al ritmo del estímulo momentáneo.
Alasdair MacIntyre lo denunció con lucidez: si lo bueno es “lo que me hace sentir bien”, la moral se reduce a impulsos.
Y si la emoción manda, la libertad calla.
El emotivismo tiene tres efectos devastadores:
- Enquista la inmadurez personal, nos volvemos infantes eternamente
- Nos vuelve narcisistas
- Nos vuelve frágiles y de barro
LA GRAVEDAD Y LAS ALAS
(SIMONE WEIL 1909-1943))
Simone Weil hablaba de dos fuerzas que rigen la vida humana: la gravedad y la gracia
La gravedad es lo que cae por sí mismo, lo que no demanda esfuerzo, lo que sigue la pendiente: así es el emotivismo.
La gracia es lo que nos da alas: la ternura que eleva, ilumina y libera.
Creo que es un buen ejemplo.
RECUPERAR LA TERNURA
Una urgencia de la caridad
Tres caminos:
- Mirar despacio que no es mirar fijamente ni de forma invasora. La ternura empieza en los ojos: detenerse, mirar con pausa y dejarse conmover sin pasar de largo, sin resbalar. Esto se traduce en gestos concretos: dejar el móvil, llamar a las personas por su nombre, mirar a los ojos al indigente, al desconocido, a los cercanos, a los más próximos.
- Acompasar el corazón Escuchar el corazón del otro… El grito y el silencio que, muchas veces, aúlla; no interrumpir, preguntar por el dolor, con más cariño cuanto mayor sea el dolor; cambiar planes cuando es necesario; pararme, descartando otras opciones previas.
- Dejarse tocar por Dios para aprender a “tocar la carne del otro”, la ternura se hace concreta en lo visible que es reflejo de lo invisible, de no ser así, se corrompe: abrazos oportunos, ayuda material, presencia junto al que necesita: en la soledad, en el duelo, en la enfermedad…
Todo esto en una saciedad que corre, esclava de la multitarea, reclamada por miles de asuntos, todos urgentes, puede significar, reordenar el tiempo, renunciar a una programación previa para servir al otro.
CONCLUSIÓN
La ternura es la fuerza de los que han ganado la batalla interior. Y esa batalla se libra en la oración, gozando de la ternura de Dios.
El emotivismo es la renuncia a ser libres. Es ese lodo en las alas, que nos impide levantar la mirada.
Solo la ternura —esa que Dios practica sin descanso hace posible el encuentro, repara lo roto y nos devuelve la capacidad de volar.
En una sociedad que “no ve ni al que tropieza” la ternura se vuelve revolución, un signo contracultural.
Introducir en el mundo la lógica del amor de un DIOS que es amor incondicional…
Que se hace Niño en un pesebre para que sea fácil abrazarle, besarle, sonreírle…

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