Maternidad, aborto, píldoras anticonceptivas
Del efecto abortivo a la vulneración de los derechos de la mujer
La maternidad es algo muy poético y de una gran belleza. Es una magnífica colaboración con el Creador. La Iglesia católica, que es la portadora del gran humanismo teocéntrico, nos indica que, en la excelsa madre de Dios, la maternidad no puede calificarse simplemente de “bella” o “muy bella”, sino de algo muy superior a esto, esto es, se trata de una realidad “sublime” e “inefable”, nunca se podrá decir suficientemente de la misma, siempre quedaremos cortos. La humanidad necesita girar sus ojos hacia ella y seguir las huellas de los pasos de sus pies benditos.
Desgraciadamente, en el tiempo presente, la radiante y bellísima luz de la maternidad es muy poco valorada, ya que el horizonte queda oscurecido por negros nubarrones, entre los que están, especialmente, el aborto y las píldoras anticonceptivas.
Una de las cosas más vergonzosas que pueden llegar a ocurrir en este mundo es querer introducir el aborto como un derecho en la Constitución de una nación, como se está intentando ahora en España, porque supone incorporar, en aquello que muchos suponen que es el techo de la legislación, el derecho a asesinar a personas humanas inocentes.
Al mismo tiempo, hace llorar que organismos internacionales de altísimo rango, mientras se llenan los bolsillos con el dinero que han recibido para poder hacer el bien a la sociedad, pasen el tiempo dedicándose a promover el aborto como si fuera un bien. Y, ello, aunque muchas de las personas a las que representan sean contrarias al aborto. Además, esto no es un hecho aislado, sino algo que últimamente se está repitiendo con mucha frecuencia. Así, por ejemplo, está ocurriendo en la ONU.
Con el proceso de descristianización de Europa, ¡se ha llegado, pues, a un inhumanismo extremo y a una ceguera verdaderamente prehistórica!
En la unión conyugal correcta lo que interesa son las personas humanas, reconocidas como tales, el bien de ellas. La donación entre las personas casadas ha de ser total, sin trampas.
La doctrina católica afirma, al igual que la razón humana, que, la unión sexual entre hombre y mujer ha de estar abierta a la vida. Ese es el criterio moral, ético, y, por consiguiente, la norma que ha de prevalecer sobre cualquier otro criterio. En consecuencia, no es lícito el uso de las píldoras anticonceptivas que separan unión placentera de estar abiertos a la vida.
Acabo de leer un artículo, muy interesante, de José María Simón Castellví, Presidente emérito de la Federación Internacional de las Asociaciones Médicas Católicas (FIAMC) y miembro de las Reales Academias Europea de Doctores y Catalana de Medicina, titulado “La anticoncepción hormonal desde la perspectiva de los derechos humanos”, que se acaba de publicar en la revista “Ave María”. Extraigo algunas ideas de ese escrito con la seguridad de que serán del interés del lector.
Primera idea sobre las píldoras anticonceptivas: “Aunque el mecanismo principal supuesto de la píldora es la inhibición de la ovulación, los prospectos médicos reconocen mecanismos secundarios que actúan sobre el endometrio. Al alterar la ventana de implantación, el fármaco puede impedir que el cigoto ya concebido se adhiera a la pared uterina. Las píldoras más modernas son más bien antiimplantatorias. Este efecto antiimplantatorio supondría una vulneración del derecho a la existencia del nasciturus, transformando un método preventivo en uno de carácter abortivo precocísimo”. Dicho en palabras más llanas, habiendo un óvulo fecundado, la píldora puede impedir que éste se adhiera a la pared uterina, con lo que se causaría la muerte del niño concebido.
Segunda idea: la píldora anticonceptiva puede causar efectos secundarios graves. Entre ellos, “riesgo incrementado de ciertos cánceres”.
Tercera idea: la píldora anticonceptiva suele ser propuesta sin informar ni sobre los peligros que ella conlleva, ni sobre alternativas naturales. Se vulnera así el derecho de la persona a ser informada.
Cuarta idea: en el uso de las píldoras anticonceptivas, únicamente la mujer tiene el riesgo de que se esté dañando la salud. Se establece, pues, aquí, una desigualdad entre el hombre y la mujer, ya que la única persona que tiene posibilidades de ser dañada en su salud es la mujer.
En definitiva, se ha de volver a los verdaderos derechos humanos, los cuales son reconocidos como tales por el cristianismo y por la verdadera razón humana.

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